La oposición

La Iglesia ni debe, ni quiere, ni puede callar. Pero su palabra debe ser, ante todo, un «sí», un anuncio del mensaje positivo del Evangelio, una proclamación de los valores contenidos en él y que se resumen en una palabra maravillosa y atractiva: amor.

«No somos la oposición, sino la Iglesia de Jesús». Es una frase de ese «jubilado de lujo» en que se ha convertido monseñor Sebastián, al cual la edad no le ha restado ni un ápice de lucidez. Esa frase contiene todo un programa de trabajo para el devenir de la Iglesia en una sociedad que se aleja de ella porque prefiere oír la voz de los que le animan a no tener «otro Dios que su vientre y otra gloria que sus vergüenzas» (Flp 3, 20).

Las cosas están mal. Están mal en lo concerniente a la defensa de la vida, a la defensa de la familia, a la distribución de la riqueza, a la libertad religiosa. Y peor que se van a poner. Ante esto, la Iglesia se encuentra ante una disyuntiva: callar para no convertirse en una vieja gruñona y antipática que sólo sabe ser «profeta de desventuras», o hablar con una voz profética que señale valientemente el camino. Sin embargo, esta dualidad podría encerrar en sí misma una trampa, porque hay un tercer camino. Entre el silencio cómplice y la denuncia reiterada debe abrirse paso una tercera vía: la del anuncio esperanzado.

La Iglesia ni debe, ni quiere, ni puede callar. Pero su palabra debe ser, ante todo, un «sí», un anuncio del mensaje positivo del Evangelio, una proclamación de los valores contenidos en él y que se resumen en una palabra maravillosa y atractiva: amor. Más que un «no» a la muerte debemos cantar un «sí» a la vida. Más que «no» a la comodidad hedonista, debemos ensalzar el «sí» a la generosidad y al sacrificio. Podrá parecer cuestión de acentos, de semántica, de palabras en definitiva, pero detrás hay toda una actitud que suponen grandes cambios. También habrá que denunciar -¿cómo no, cuando se comenten tantas tropelías?-, pero insistiendo más en el anuncio. Dos tercios de «sí» y un tercio de «no». Esa podría ser una buena fórmula para los tiempos que corren y para los que vendrán. Fe y razón

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