Una mente brillante: el cardenal Tucho Fernández

Una mente brillante: el cardenal Tucho Fernández

1.- Introducción

El 12 de mayo de 2026, en la Pontificia Universidad Urbaniana, el actual Prefecto del Dicasterio de Doctrina de la Fe ofreció una conferencia de apertura titulada «Piedras miliares de la teología contextual hoy».

En dicha ocasión, el cardenal Fernández se ocupó, entre otras cosas, de criticar la posición que su antecesor Joseph Ratzinger expresó en su «Notificación sobre las obras de Jon Sobrino S.J.». A su entender, es equivocada la afirmación del cardenal Ratzinger cuando afirma que la fe de la Iglesia es el único lugar teológico. Recuerda Fernández que, apenas publicado ese documento, él mismo se ocupó de criticarlo señalando dicho error, el cual estaría excluyendo otros puntos de partida en la reflexión teológica. Sin embargo, expresa el mismo Fernández, dichos puntos de partida no serían alternativos a la revelación divina sino solo complementarios, si bien no dejan de interpelar «desde el inicio» toda reflexión.

No obstante, a medida que avanza la disertación en la Urbaniana, su posición cambia radicalmente. En efecto, de lugar complementario, la vida del pueblo de Dios pasa a ser un lugar teológico alternativo a la revelación divina contenida en la Tradición y en la Sagrada Escritura. El mismo cardenal Fernández lo expresa sin ambages:

A veces hace falta un loco, perdidamente enamorado de su tierra y de su gente, capaz de separar el Evangelio de algunas cáscaras culturales que se le han ido pegando y que no son parte esencial de su mensaje, y de releerlo a la luz de lo que vive hoy su pueblo. Entonces llega a provocar lo que llamaríamos no solo un ‘acontecimiento espiritual’, sino también un ‘acontecimiento cultural y lingüístico’ que permita al pueblo sentirse plenamente expresado en la propuesta del Evangelio.

Pero da el paso decisivo cuando, citando al Papa Francisco, afirma que, en realidad, la vida del pueblo de Dios es el único lugar teológico.

Ahora bien, hacer teología de este modo, ¿sería lo específico de la teología latinoamericana y no de otras teologías a las que hace referencia el Prelado, como son, por ejemplo, la romana o la nordeuropea? ¿O, más bien, sería lo propio de toda teología en tanto la teología debiera ser la expresión de la vida del Pueblo de Dios?

La respuesta no puede ser más que esta: el punto de partida asumido por la teología latinoamericana es el camino propio de toda teología en tanto teología: toda teología debe ser la expresión de la vivencia que el Pueblo de Dios tiene de la divinidad, de la muerte, del sentido de la vida, etc.

En realidad, desde esta perspectiva, toda teología debe ser expresión de un contexto, de la situación cambiante y dinámica de un pueblo, cuya vivencia primaria de lo real se expresa de una manera diversa a la de otros pueblos. Así, entonces, el contenido de la teología es esencialmente variable. Expresa el mismo prefecto:

Es en definitiva el Evangelio que, escrito en una cultura de la antigüedad, ahora adquiere otra ‘carne’ en ritos populares, imágenes veneradas, aforismos y costumbres, reflexiones, formas de vivir la fe, en músicas.

Nos preguntamos, pues, ¿cómo llegó el cardenal prefecto a afirmar tamaña tesis?, ¿qué filosofía se esconde detrás de esta nueva forma de hacer «teología?

2. La filosofía que anima la nueva «teología» contextual

Esta «teología» que propone el cardenal Fernández, evidentemente, está rechazando una forma de hacer teología que, aparentemente, resulta abstracta, universal, que desconoce la peculiaridad de la vida de los pueblos. Tanto para el cardenal como para el modernismo católico, resulta imprescindible abandonar de modo definitivo una filosofía del ser, que piensa que hay constantes en la trama intrínseca de lo real. Su propuesta es abrazar una filosofía de carácter esencialmente dinámico. Solo de esta manera, la «fe católica» será capaz de enarbolar, sostener y defender un pensamiento que le tiene alergia a toda permanencia, a toda universalidad, a toda realidad que posea núcleos invariables.

Para alcanzar este objetivo nada mejor que asumir una filosofía hermenéutica que navega por las inestables aguas del devenir histórico. Para esta filosofía, el acto primero del alma humana no es ver (teoría), no es conocer la esencia del ente corpóreo (lo universal). En el principio de todo se encuentra una vivencia, una situación en la que el hombre está inmerso. De allí que una auténtica «teología contextual» deba ser capaz de interpretar (no de conocer) las multifacéticas maneras en la que se expresa toda vivencia originaria.

Esta filosofía propone, contrariamente a la visión metafísica, no la existencia de un orden absolutamente objetivo (al que libertad humana debería adecuarse), sino un nuevo criterio de universalidad cuyo punto de partida se sitúa en la experiencia de los distintos pueblos. Este nuevo locus theologicus debe abandonar la universalidad del saber (considerada demasiado «impersonal») y debe desechar los principios necesarios. En su lugar, podrá abrazar una universalidad auténtica como resultado de una coincidencia histórica que proviene del encuentro entre los pueblos y de un lenguaje común a las naciones. Se trata de un proceso originado en la facticidad histórica y que converge, de modo simultáneo, tanto hacia la identidad de cada pueblo como a la universalidad consensuada.

Esta universalidad, como podemos advertir, es una universalidad que se hace, en construcción, dinámica, cuyos contenidos nunca pueden ser inamovibles. El vivir tiene una marcada prioridad sobre el pensar y es la fuente de la que debe nutrirse éste: el pensar tiene como tarea fundamental interpretar lo vivido. Se debe evitar partir de un orden eterno de las cosas, o de los datos revelados por Dios.

3. La «teología contextual»

El cardenal Fernández aboga por hacer teología desde los presupuestos referidos precedentemente, pues exige poner la «oreja» en la vivencia de un pueblo. Desde allí, se podrá leer e interpretar el contenido «sapiencial» a partir del cual significar a Dios, al hombre y al mundo. Precisamente, desde este contenido debe ser leído el Evangelio. En realidad, el contenido del Evangelio es también el producto de un contenido sapiencial más, formulado por la interpretación de la vivencia del Pueblo de Dios en los tiempos de Jesús.

Siguiendo las expresiones del mismo cardenal que custodia la recta doctrina católica, el contenido del Evangelio estaría en consonancia con la «carne» que asumió ese momento. Pero es una carne que en nuestro tiempo exige una profunda interpretación que la ponga en sintonía con la vivencia del actual Pueblo de Dios.

Una teología que pretenda formular un intellectus fidei desde una metafísica del ser es una teología descarnada, abstracta, situada al margen de la historia. Como diría el Papa Francisco, no se trata de importar «desde fuera una racionalidad ajena a la gente» (Evangelii gaudium, 232). El pueblo solo entiende aquello que vive, no un contenido revelado que le es completamente ajeno en tanto expresión de la vivencia de otro pueblo (el pueblo judío, por ejemplo). Un contenido que es distante en el tiempo y en el modo de comportarse con la divinidad, con los demás hombres y con el mundo. Si queremos una verdadera inculturación, la Iglesia debe presentar un mensaje que sea la expresión misma de la experiencia de cada pueblo. Solo así el pueblo se identificará con la fe católica cuyo contenido llegará a ser totalmente uno con el contenido de su propia práctica.

Uno de los más destacados cultores de esta pseudoteología del pueblo, el P. Juan Carlos Scannone, se hace una pregunta (a nuestro juicio, retórica), la cual pone de manifiesto su honestidad intelectual. Scannone señala que el pensamiento latinoamericano no ha dado respuesta a un interrogante capital, el que consiste en preguntarse acerca de la posibilidad de poder conciliar el decir (que tiene como horizonte el estar), por un lado, con la comprensión cristiana de la trascendencia de Dios, la creación, la historia de la salvación y la universalidad del pueblo de Dios en medio de los pueblos, por el otro. [Nuevo punto de partida en la filosofía latinoamericana, Guadalupe, Buenos Aires 1990, 36. Ver, además, Carlos Daniel Lasa. «Teología del pueblo»: ¿teología o ideología? En Anales de Teología, revista de Teología de la Universidad Católica de la Santísima Trinidad, Concepción Chile, 19.2, 2017, pp. 221-249].

Obviamente que la respuesta es absolutamente negativa.

4. Una nueva Iglesia

Nuestra tesis es que el intento del Papa Francisco fue el de refundar la Iglesia católica. Y refundarla exigía quitar aquel elemento que era el verdadero katejon: la metafísica del ser. A nuestro juicio, esta posición es la esencia del denominado «modernismo católico» y que tiene, a lo largo del tiempo, diversos cultores.

Quitada la filosofía del ser puede operarse la fluidificación del contenido de la revelación y, de esta manera, hacerla accesible a cualquier mentalidad de cualquier época. De acuerdo con la perspectiva del cardenal Fernández, ya no se trata de determinar cuál filosofía es la más apta para comprender la fe sin llegar a corromperla. El propósito es dar un nuevo contenido a la fe «católica», que sea esencialmente variable, para poder adaptarse a los distintos modos de pensar y actuar de cada pueblo.

Consideramos que recuperar y preservar la fe auténtica deberían ser dos de los deberes principales del Obispo de Roma. Precisamente, estamos esperando esto del Papa León XIV.

Y un signo claro en esa dirección sería cambiar, lo más pronto posible, al prefecto del dicasterio de Doctrina de la Fe, al que Francisco nombró para sentar estas bases de la refundación de la Iglesia católica.

La exposición de Fernández que hemos mencionado y comentado en este artículo es suficiente prueba de un hombre cuya mentalidad, esencialmente modernista, quiere convertir a la Iglesia de Cristo en una pseudoiglesia. Una Iglesia que se hace mundo, y que permite que la historia absorba por completo al Dios eterno, Creador y Salvador.

Este nuevo cristianismo se parece bastante a las diversas caras que Benito Mussolini, refiriéndose al camaleónico fascismo, describió en estos términos:

Nosotros no creemos en los programas dogmáticos… Nosotros nos permitimos el lujo de ser aristócratas y demócratas, conservadores y progresistas, reaccionarios y revolucionarios, legalistas y no legalistas, según las circunstancias de tiempo, de lugar, de ambiente (Mussolini, B. (1934) Scritti e discorsi. Milano: Hoelpi, vol. II.).

Quiera Dios que el Papa León XIV interrumpa este intento de refundar la Iglesia de Cristo, a la vez que ponga todas sus fuerzas en recuperar la verdadera esencia de la Iglesia católica. Una Iglesia que no desdeñe la auténtica tradición ya que la misma no equivale a inmovilismo, sino a la continuidad y profundización en su despliegue.

De este modo nos eximirá de expresar aquello que dijera San Policarpo de Esmirna, según nos narra San Ireneo de Lyon, en una carta dirigida a un cristiano que había abandonado la fe y se ocupaba de difundir errores, le expresaba:

«Esto no era lo que nos enseñaba nuestro venerable maestro San Policarpo. (…) Y te puedo jurar que, si San Policarpo oyera las herejías que ahora están diciendo algunos, se taparía los oídos y repetiría aquella frase que acostumbraba a decir: ‘Dios mío, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes horrores? ´».

 

Publicado originalmente en El Wanderer

7 comentarios

Dámaso
Pues que se quede el con su nuevo lugar teológico.Segun esto Cristo se tendría que reencarnar cada nuevo siglo.
29/06/26 10:56 AM
Redacción
Alvar, no publicamos comentarios en los que se tilda a los oponentes de soberbios. Ese juicio mejor se lo dejamos a Dios.
29/06/26 12:30 PM
Ricardo de Argentina
Esperar que León XIV tuerza el rumbo de su predecesor, luego de que lo confirmara clamorosamente dejando en su puesto a Fernandez, y declarado expresamente su propósito de darle continuidad al pontificado anterior, me parece absolutamente ilusorio.

El régimen político mundial actual está dominado por los liberales, por los comunistas y por los judeomasones, todos ellos enemigos viscerales de la Iglesia.
Cuando la Iglesia de Roma era perseguida, no tenía visibilidad y se amparaba en las catacumbas. Sólo salió a la luz pública cuando el poder le fue favorable.
Ahora el poder político hostil sólo va a permitir una Iglesia dócil, funcional, mundanizada y deformada, como lo era la Iglesia Juramentada de los franceses.
Si no, a las catacumbas. No hay otra opción.
Lamentablemente, una buena parte de la jerarquía está tratando de acomodarse a la opción mundana negociando la fe (el modernismo/progresismo es eso), buscando sobrevivir corporativamente y conservando como se pueda las propiedades y algunos privilegios.
Sospecho que les aterran las catacumbas.
¿Hasta cuándo Dios los tolerará?
29/06/26 2:07 PM
Isasa
Gracias por el artículo.
Humildemente quiero señalar que no es solo que tengan estas ideas sino que algo de lo más significativo es que coincidan en el tiempo de tenerlas con el tiempo en que los más ricos de la tierra y todos los gobernantes de los países del occidente antescristiano coaccionan a todo el mundo para que se someta a esas ideas.
29/06/26 2:40 PM
maru
Al mencionado cardenal Fernández (no sé qué méritos vio en él el Papa anterior, pero lo imagino), no es que le venga grande el cargo que ocupa,sino que le viene demasiado grande. El Papa León XIV , no debió haberlo mantenido en este puesto cuando accedió a la silla de Pedro.
29/06/26 5:14 PM
JaimeF
1- Me parece increíble que esa sea la manera de pensar de Tucho Fernández. Podría llevar a deducir que los términos del acuerdo con la República Popular China son estupendos, pues los acuerdos con el PCCh son expresión del modo en que el pueblo chino vive el pueblo chino. 2- Si el ser no es importante ya me contaran que hacemos con los versículos de la Biblia en que Dios dice a Moisés "yo soy el que soy". 3) La Iglesia lleva mucho tiempo luchando contra las ideologías o filosofías que pretenden destruir la metafísica, que prescinden del ser (p. ej., el existencialismo, el marxismo, el estructuralismo, el posmodernismo), pero ahora resulta que Tucho Fernández nos diría que lo importante es el sentir y, además, el sentir de los distintos pueblos, como si fuese una cuestión de etnias. Y como si las etnias (o razas, como se les llamaba antes) fuesen conceptos absolutos y no meras características externas, accidentes externos.
29/06/26 6:19 PM
Jaime
Suponiendo que haya entendido más o menos bien lo que dice Tucho Fernández ¿Es Tucho Fernández un etnicista o quizás nacionalista? ¿Piensa de verás que todos los católicos peruanos o argentinos piensan igual pero distinto que los católicos polacos? ¿Si la fe y la teología son cuestiones de nacionalidad o bien de etnia, que ocurre con el ser humano, ya no existe la culpa y tampoco la santidad individual? ¿O es que por ser una etnica o razón distinta tenemos que ver a Dios de manera distinta? ¿No puede un católico alemán coincidir con su visión teológica con la mayoría de polacos pero no con la de mayoría de sus obispos? ¿Que quedaría después de todo eso de la Verdad? ¿No estará Lucho Fernández refiriendo únicamente a la TEOLOGÍA DE LA PASTORAL que si que requiere de cierta inculturación?
29/06/26 7:01 PM

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