Los santos del Cielo
La fiesta de Todos los Santos es una buena oportunidad para recordar algunos puntos esenciales de nuestra fe cristiana. No siempre lo más importante es lo que más tenemos en cuenta; ni siempre lo que más nos ocupa o nos preocupa es lo más importante.
Una primera consideración es pensar que la vida eterna es lo verdaderamente valioso y definitivo de nuestra vida. Esta vida, con todas sus maravillas y complejidades, no deja de ser la preparación para la vida eterna de después de la muerte. Somos ciudadanos del Cielo, como dice San Pablo, hijos de Dios, herederos de su gloria. La tendencia natural, favorecida desde muchos centros de poder, es considerar esta vida terrestre como centro de nuestra vida, como aspiración suprema de nuestro deseo de vivir. La fe cristiana nos dice que no es así. Los cristianos deberíamos vivir con el corazón puesto en la vida eterna, con los ojos siempre levantados hacia el más allá de la muerte, que es tanto como decir hacia el encuentro con el Dios verdadero y nuestra convivencia con El por toda la eternidad. Este es el centro de nuestra fe y la raíz viva de toda vida cristiana verdadera.

Esta tarde he seguido la gran manifestación por la vida que se ha celebrado en Madrid, gracias a los servicios de las televisiones libres que hay en España. Y a continuación no puedo menos de escribir este comentario. He visto levantarse un pueblo libre y soberano que dice NO a un gobierno que pretende abusar de la autoridad que el pueblo le confió para que hiciera otras cosas. Diciendo NO cuando el gobierno quiere actuar como si fuera el dueño de la sociedad, el dueño de nuestras vidas, comenzamos a ser democracia de verdad. No queremos dejarnos llevar por ese despeñadero de la degradación moral que fascina a nuestro gobierno.