11.01.26

Sres. Obispos, no puede haber concordia con Satanás

Queridos lectores, debo confesarles que todavía no he cerrado la boca del asombro que me ha producido el acuerdo a que han llegado los obispos españoles con el infame Gobierno de España en relación a las “indemnizaciones” que se pretende que la Iglesia pague a supuestas víctimas de supuestos abusos sexuales no comprobados, ni declarados, ni condenados en vía judicial (y que, por lo visto, ya ha empezado a pagar, en parte). A mí esto me parece una aberración jurídica y, si se va a realizar con el dinero que los fieles aportan a la Iglesia, me parece, además, una grave equivocación moral. Comparto plenamente el espléndido análisis que, al respecto, realizó, en su día, Bruno Moreno.

Viendo esta noticia y teniendo presentes, además, noticias previas del tipo de las referentes a los tristes “enjuagues” eclesiales respecto al Valle de los Caídos, uno puede sentir la tentación de pensar que, lamentablemente, la Iglesia en España se halla bajo el control de una pléyade de prelados carentes de razón y del más básico sentido de la justicia. ¿Es así, realmente? Yo no lo creo. Escribiendo claro, no creo que los obispos españoles sean, ni mucho menos, tan necios como, seguramente a su pesar, pueden aparentar en ocasiones. Lo que sí creo, en cambio, es que, demasiadas veces, los obispos no nos explican nada a los fieles y nos tratan como si los necios fuéramos nosotros, en relación a asuntos muy dolorosos y de enorme gravedad. Y no me llamo a engaño: Puede ser que la falta de explicaciones episcopales no proceda de los propios obispos españoles, sino de la misma Roma, que les imponga silencio. Tampoco me sorprendería, la verdad, que la CEE, o bien Roma, hayan pactado algo con el Gobierno español a cambio del pago de esas indemnizaciones, sin que se nos diga a los fieles el qué. A estas alturas, todo me parece posible, siento decirlo. Lo que, desde luego, no me creo, como ya he dicho, es que los obispos españoles hayan pactado esos pagos infames porque sí y porque “pobrecitas las víctimas” de unos supuestos abusos no declarados probados judicialmente. 

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24.12.25

Queridos todos, ¡Feliz y Santa Navidad!

Queridos lectores, les deseo a todos ustedes y a sus familias una muy Feliz y Santa Navidad y un próspero Año Nuevo 2026, lleno de muchas alegrías.

Si me permiten una reflexión sobre el gran Misterio que vamos a celebrar esta Nochebuena y mañana, día 25 de enero, considero que la Navidad es la fiesta más entrañable y gozosa que existe. Solo puede rivalizar con ella, en alegría, la fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, tras su sagrada y amarga Pasión y Muerte por todos nosotros. Quiero remarcar el gozo propio de estas fiestas, pues soy consciente de que hay personas a quienes la Navidad no les agrada. Ciertamente, la Navidad es, también, la fiesta más marcadamente familiar del año, sin lugar a dudas; de forma que no es extraño que quienes hayan perdido seres queridos experimenten una profunda nostalgia de ellos precisamente en estas fechas. También pueden sentir un dolor especial las personas que no pueden celebrar la Navidad como quisieran, por distintas circunstancias: Enfermedad, guerras, dificultades económicas, lejanía de la familia o del propio país, etc.

Todo esto es muy comprensible. Sin embargo, pese a todo ello, la alegría tiene que ser el sentimiento predominante en la Fiesta de la Navidad. No me refiero a que tengamos que estar dando, continuamente, saltos de alegría a lo largo de las Navidades (aunque, si llegan, bienvenidos sean, claro que sí); sino a una profunda alegría espiritual, que ilumine nuestra alma y la llene de esperanza y de paz. Debemos permitir y procurar que sean éstos los sentimientos que nos dominen y prevalezcan durante la Navidad, pues toda la Humanidad tenemos motivos sobrados para ello. No en vano, el Evangelio es llamado “la Buena Noticia”. A fe que lo es.

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24.11.25

Francisco Franco: No es el siervo mayor que su señor

Queridos lectores, como todos ustedes sabrán, el pasado 20 de noviembre se cumplieron cincuenta años del fallecimiento del Generalísimo, Francisco Franco Bahamonde. En España, el actual Gobierno ya lleva tiempo recordándonos esta efeméride y repitiéndonos, a diestro y siniestro (sobre todo, siniestro), lo malo, malísimo, malisisísimo que, en su opinión, fue Franco. Por supuesto, ese mismo Gobierno y sus socios parlamentarios ya se han encargado de impedir que se pueda responder a las mentiras sobre Franco y su Régimen, por medio de la liberticida y tiránica Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática. Mucho “rollo” sobre la democracia y demás, pero ya saben: Una cosa es predicar y, otra, dar trigo. Dime de qué presumes… De este modo, dada la opresión que supone esa ley nefanda sobre quienes discrepamos del actual Gobierno y sus socios respecto a Franco y su Régimen, debo comunicarles que me he visto obligada a modificar seriamente este post respecto a la versión que, en principio, había escrito y que es la que me hubiera gustado poder publicar. Así estamos en España. ¿“Democracia”? ¡Ja! Este término no constituye más que una enorme tomadura de pelo.

Pese a todo, la efeméride, desde luego, resulta demasiado importante como para dejarla pasar sin decir algo sobre ella. Respecto a las acciones de Franco no puedo escribir apenas nada, puesto que veo gravemente amenazado mi derecho fundamental a la libertad de expresión, como ya he expuesto. Sin embargo, creo que sí puedo y debo decir otras cosas que considero ciertas. Así, en mi opinión, en Franco se cumplen, con creces, las siguientes palabras de Nuestro Señor Jesucristo:

“No es el siervo mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15, 20)

“No está el discípulo sobre el maestro, ni el siervo sobre su amo; bástele al discípulo ser como su maestro y al siervo como su señor. Si al amo le llamaron Beelzebul, ¡Cuánto más a sus domésticos!” (Mt 10, 24, 25)

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10.11.25

"Todo el que es de la verdad escucha mi voz"

Queridos lectores, lo primero de todo, debo pedirles disculpas por mi demora en atender mi blog adecuadamente en los últimos meses. Circunstancias personales mías me lo han impedido. No obstante, a no tardar mucho, espero poder mejorar mi ritmo de publicación de artículos. Dios lo quiera.

En esta ocasión, traigo al blog unas palabras que, a buen seguro, muchos de ustedes conocen bien: Fueron dichas por Jesucristo a Pilato, durante su primer diálogo. La respuesta completa del Señor a Pilato, cuando éste le preguntó si era rey, fue la siguiente:

“Tú lo dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37)

En estos tiempos recientes en que en la Iglesia Católica se habla mucho sobre escuchar, escuchar, escuchar… me han venido a la memoria, con frecuencia, estas palabras de Jesús. Por lo visto, en nuestra época, hay voces dentro de la Iglesia que proclaman que los católicos tenemos que escuchar; no concretan con exactitud a quién debemos escuchar, pero lo, por lo visto, tenemos que hacerlo. Mi impresión es que, a lo que parece, tenemos que escuchar la voz de los hombres y no precisamente de los más santos. Como si, hasta hace poco tiempo, la Iglesia hubiera sido insensible y dura a esas voces, pobrecitas voces de pobrecitos hombres y ahora eso tiene que cambiar; porque una Iglesia verdaderamente misericordiosa y sinodal tiene que estar en permanente escucha. Por lo que yo he percibido, hay que escuchar a los líderes de otras religiones, a los colectivos LGTB, a los divorciados y vueltos a casar, a las mujeres que quieren ser curas, a los masones, a los “progresistas", etc. De forma que, según parece, sea la Iglesia quien trate de amoldarse a los deseos proclamados por esas voces y no a la inversa.

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28.09.25

"Honrarás a tu padre y a tu madre"

Queridos lectores, como pueden observar, el título del artículo de hoy consiste en la formulación del Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios. He querido referirme a él, pues, en los tiempos que corren, me parece más que pertinente traerlo a consideración; no tanto en relación a los hijos menores de edad, sino, sobre todo, en cuanto a los hijos mayores de edad, respecto a sus padres ya entrados en la ancianidad. Ello es así, porque, aunque sé que existen hijos muy buenos, que asisten con solicitud a sus padres ya ancianos, velan por ellos y les tratan con cariño, también soy consciente de que se dan abundantes casos, extraordinariamente lamentables, de hijos adultos que se desentienden por completo de sus padres y, no solamente no miran por ellos, sino que ni siquiera mantienen con ellos el menor trato; o tienen un trato francamente escaso. Y esto, incluso, en el momento de la muerte del progenitor y aun después, respecto a sus restos. Conozco ejemplos desgarradores, en este sentido. No sé cómo estarán las cosas en Hispanoamérica, en relación a este asunto; pero, en España, no es difícil encontrar casos de flagrante abandono de los ancianos por parte de sus hijos y nietos (a mi modo de ver, con menor culpa de los nietos que de sus padres; sobre todo, si los nietos son menores de edad). Y esto, tanto si el padre o la madre ancianos se encuentran viviendo en su casa, como si se hallan ingresados en una residencia de ancianos. De hecho, es conocido cómo, durante la pandemia del tristemente famoso virus COVID-19, se dieron abundantes casos de personas mayores dispuestas a desheredar a sus hijos, por la indiferencia y el abandono de éstos respecto a la suerte de sus padres en tan difícil trance. Sin ni tan siquiera llamarles por teléfono.

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