24.04.20

El pan de la Eucaristía, anhelado en la comunión espiritual. Y a saber qué quieren quienes piden lo que piden...

III DOMINGO DE PASCUA

Lo reconocieron al partir el pan

La fe pascual tiene su origen en la acción de la gracia divina en los corazones de los creyentes y en la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado (cf Catecismo 644). Es el Señor quien se acerca a los discípulos que se dirigían a Emaús, se pone a caminar con ellos y, finalmente, despierta su fe (cf Lc 24,13-35).

No había bastado con ver morir a Jesús para creer en Él como Mesías e Hijo de Dios. Es verdad que se había mostrado como “un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo”, pero esa esperanza parecía quedar definitivamente defraudada por la muerte. “¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto. Y han permanecido muertos”, comenta Benedicto XVI.

La Resurrección es la prueba segura que demuestra la identidad y la misión de Jesús. Sí, Él es el Hijo de Dios, vencedor de la muerte. Él es el salvador del mundo, que puede darnos la vida verdadera. Es esta certeza la que mueve el testimonio de la Iglesia desde sus orígenes: “matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos”, proclama San Pedro (cf Hch 3,15).

El Señor escucha a los caminantes de Emaús que, decepcionados, no acaban de creer los rumores que hablaban de que Cristo estaba vivo, pues su sepulcro había sido encontrado vacío. Con gran paciencia, el Señor “les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura”. La Resurrección es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, la realización de esas predicciones.

Leer más... »

23.04.20

El Sr. Marqués

En la historia ha habido célebres personajes con este sonoro título nobiliario,“marqués”: Un representante del despotismo ilustrado, como el marqués de Pombal; un literato loco y escandaloso, el marqués de Sade, preocupado por los infortunios de la virtud o, ya en nuestro país, personas destinatarias de títulos otorgados por los reyes. Entre los bastante recientes, el “marqués de Bradomín”, el “marqués de Iria Flavia” o el “marqués de la Ría de Ribadeo”.

Pero me cuentan, yo no lo sé con certeza, que ha emergido un marqués aun más conocido. No sé si por conocedor de infortunios, por afinidad con el despotismo o por ser mencionado con el nombre – eso dicen – de la localidad donde tiene su villa y su peculiar corte. Desde hace un tiempo, corto, pero que muchos perciben como casi eterno, el Sr. Marqués gusta de pontificar sobre todo lo humano y hasta lo divino.

Es posible que, acostumbrado a mandar y a ser obedecido, en su villa y fuera de ella, no conciba que alguien pueda discrepar de sus sabias sentencias. Él, me dicen, ha nacido para mandar; los demás para obedecerle. Él, para ser el oráculo de la verdad; el resto para seguir sus consignas.

No cabe duda que hay una cierta “virtus”, un cierto poderío, en esa autoconciencia de creerse destinado por la historia – ay, el hado – para ser el conductor, el guía de “la larga marcha” que los países y las sociedades – pobres de ellas – han de atravesar hasta poder asaltar el cielo del delirio y de la ambición (para unos pocos), del desencanto y de la miseria (para casi todos).

No conozco al Sr. Marqués. Posiblemente no sea real, igual se trata solo de un bulo, de una quimera, de un mal sueño que las fuerzas del orden harán desaparecer de las redes corrompidas por la libertad – jamás una buena aliada, esta última - .

Sea como fuera, al tal Sr. Marqués le atribuyen una nueva sentencia – supongo que sus leales, inquebrantables, seguidores las irán compilando todas para provecho de nuestras almas - ; una sentencia que deja entre mantillas los concilios de la historia. Ni Trento. Ni los dos concilios vaticanos. Nada de eso. La última definición eclesiológica se la atribuyen al Sr. Marqués: “Hasta nueva orden, el papa es el jefe de la Iglesia católica”.

Leer más... »

21.04.20

Volveremos a celebrar juntos la Santa Misa: ¡Claro que sí!

Hoy he repasado los textos bíblicos, y las homilías que tengo escritas, de los domingos III, IV, V y VI de Pascua. Me ha hecho bien este repaso.

El III domingo de Pascua nos dice que los discípulos de Emaús reconocieron al Señor “al partir el pan”. Los caminantes de Emaús estaban hartos, decepcionados. Habían oído rumores, pero, a ciencia cierta, no sabían nada. Solo Jesús, al “partir el pan”, disipa sus dudas. Jesús sigue, hoy, disipando nuestras dudas. Lo hace con el fuego de su palabra y con el deseo ardiente, que él siembra en nuestra alma, de recibirlo en la Eucaristía. “Quien coma de este pan vivirá para siempre”. Cristo nos alimenta uniéndonos a él, haciéndonos partícipes de su vida. Su pan es “remedio de inmortalidad, antídoto para no morir”.

El IV domingo de Pascua se resume, esencialmente, en una frase: “Yo soy la puerta”. Una puerta estrecha y humilde: “el que entra por esa puerta debe bajar su cabeza para que pueda entrar con ella sana”, comenta san Agustín. El que entre por la puerta de Cristo se salvará. Es Cristo quien nos “guía por el sendero justo, por el honor de su nombre”.

El V domingo de Pascua: “El camino, la verdad y la vida”. Cristo se hizo camino por su Encarnación. Un camino elocuente: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Unidos a Cristo, también nosotros seremos para los demás signos que indican el camino seguro, la verdad iluminante y la auténtica vida.

Leer más... »

20.04.20

"Todo" sobre San Telmo

Me han preguntado, en estos días, mil y una cosas sobre san Telmo.

He reencontrado una entrevista que, en su día, me hizo Luis Fernando.Es, con diferencia, la mejor entrevista que me han hecho sobre ese tema. La copio a continuación:

(Luis F. Pérez/InfoCatólica) Entrevista al padre Guillermo Juan Morado, párroco de la parroquia de San Pablo en Vigo, autor de “San Telmo, el beato Pedro González", publicado por la editorial Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona:

- ¿Cómo surgió la idea de escribir esta breve biografía sobre el Beato Pedro González, más conocido como San Telmo?

Mire, como en otras ocasiones la idea no surgió de mí, sino que se presentó la ocasión adecuada. Un día me llamó el responsable de la colección “Santos y Santas” del CPL (Centro de Pastoral Litúrgica, de Barcelona). Me preguntaba quién podría encargarse de elaborar la biografía de dos santos muy vinculados a Galicia: San Froilán y San Rosendo. Le di el nombre de un autor que podría hacer la de San Rosendo y le propuse publicar una biografía de San Telmo. Aceptó la oferta. Y me puse a escribir el libro. Este mismo año había publicado, en la editorial CCS, una “Novena a San Telmo”. Tenía, pues, el tema muy fresco en mi memoria.

- ¿Le ha costado mucho discernir cuáles son los datos realmente históricos sobre su vida de los que pueden ser meramente legendarios?

No he intentado aportar nada decisivo, ni cerrar ningún debate. San Telmo (1190-1246) es un hombre del siglo XIII. Los datos de su biografía son imprecisos, pero eso no significa que sean legendarios. Se conservan documentos de la época, como un códice manuscrito de comienzos del siglo XIII, el “Pasionario Tudense”, que nos habla del Beato Pedro, así como una recolección de milagros a él atribuidos, compilados, también en el siglo XIII, por el obispo de Tui D. Gil de Cerveira. Hay, pues, material suficiente para encuadrar la vida del Santo. Igualmente, he contado con la biografía escrita por el P. Lorenzo Galmés, O.P., “San Telmo”, publicada por la Editorial San Esteban, de Salamanca, en 1991, así como con otros estudios más recientes.

- La pregunta es obligada y usted le dedica el último capítulo del libro, pero ¿puede resumirnos por qué se le conoce como “San Telmo”?

En efecto, el Beato Pedro González es conocido popularmente como San Telmo. Parece que el nombre de “Telmo” se retrotrae al de San Erasmo, un obispo mártir, de época de Diocleciano, venerado por los marineros italianos. Tanto al Beato Pedro como a San Erasmo se encomendaban los marineros. De una identidad de funciones – la protección de los hombres del mar – se pasó, probablemente, a una identidad de nombres: “Sant Ermo”, que derivaría en “San Telmo”. La causa de esa fusión tendría que ver con el intercambio comercial y cultural entre España e Italia.

Pedro González estuvo destinado desde niño al estado clerical, ¿era ello algo normal en la Europa católica de los siglos XII y XIII?

Sí, era frecuente en una sociedad estamental. Un niño de una familia ilustre sólo tenía dos opciones de cara al futuro: o dedicarse a las armas o servir a la Iglesia. No es extraño que los padres de San Telmo pensasen que su hijo sería un candidato idóneo para el estado clerical. En el siglo XIII, por ejemplo, nació Santo Tomás de Aquino, de una familia noble, y, aún niño, fue llevado a la Abadía de Montecasino, quizá con el propósito de que, en el futuro, llegase a ser abad de la misma. Ya sabemos que Santo Tomás “frustró” este proyecto, haciéndose dominico.

El beato, imbuido ya de la vocación a la vida religiosa, decide abandonar una carrera eclesiástica prometedora cuando le hicieron deán de Palencia. ¿Se puede hablar de que en él se produjo una verdadera conversión al dar ese paso? ¿era incompatible la carrera eclesiástica con la santidad en aquellos tiempos?

No, la carrera eclesiástica no era incompatible con la santidad. Muchos eclesiásticos del llamado “alto clero” han llegado a santos. Más que de una “conversión”, creo que se debe hablar de una “vocación”; de una llamada a abrazar un estado de vida muy concreto, el de fraile mendicante, en la entonces joven Orden de Predicadores. Suponía, sin duda, un cambio de perspectivas, al profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia. Los clérigos seculares, y eso era San Telmo antes de recibir esa vocación a la vida religiosa, tenían la obligación de vivir el celibato y de obedecer a su obispo, pero no habían hecho votos y seguían vinculados “al mundo”.

- Como buen fraile de la orden fundada por Santo Domingo de Guzmán, San Telmo tuvo el carisma de la predicación. A ello contribuyó la buena preparación intelectual y teológica recibida pero, ¿no cree que fue esencial en su éxito como predicador el hecho de que dedicara gran parte de su vida a la oración?

Sin duda. San Telmo era como una imagen de Santo Domingo. Y consta perfectamente el espíritu contemplativo de Santo Domingo. Decían del fundador de la Orden de Predicadores que sólo hablaba con Dios o de Dios y que dedicaba muchas horas del día y de la noche a orar. El Beato Pedro hacía lo mismo, buscando lugares retirados para dedicarse a la meditación y a la contemplación. No se puede predicar lo que no se cree, lo que no se ama, lo que no se vive. Y el conocimiento de Dios proviene, en gran medida, del trato con Él, del diálogo íntimo que tiene lugar en la oración.

- Fray Pedro era incansable a la hora de escuchar confesiones y administrar el sacramento del perdón, ¿no le convierte tal hecho en un ejemplo más a seguir por los sacerdotes en este el Año Sacerdotal?

Pues sí, en esa dedicación a las confesiones destacó mucho San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars. E igualmente el Beato Pedro González, San Telmo. Recuerdo, a este respecto, un texto del, entonces, Cardenal Ratzinger que hablaba de la confesión como el ámbito de la máxima “personalización” de lo cristiano. San Telmo combinaba, de modo admirable, la atención a la comunidad, en la predicación, y a cada individuo, en la confesión. No es una mala estrategia pastoral.

- En su libro habla de la etapa en la que el beato fue capellán militar y confesor de San Fernando. Su empeño en acabar con los vicios de los soldados llevó a ser objeto de una tentación similar a la sufrida por otros grandes santos. ¿Puede explicarnos el suceso brevemente?

Se ve que San Telmo era exigente en su predicación. Y respaldaba esa exigencia con la integridad de su vida. Cuando el predicador molesta, la tentación es siempre la misma: cuestionar su credibilidad. Algunos soldados urdieron una trama, con la complicidad de una mujer de costumbres licenciosas, para desacreditarlo. Cuando pensaban que iban a ser testigos de la debilidad de su capellán, se sorprendieron al poder comprobar su fortaleza. Es una lección siempre válida: la autoridad moral de un mensajero del Evangelio depende mucho de su observancia de la virtud de la castidad.

Leer más... »

18.04.20

A los ocho días...

El Señor Resucitado se aparece a los suyos al anochecer del “día primero de la semana” y, de nuevo, “a los ocho días” (cf Jn 20,19-31). El día primero de la semana, el primer día después del sábado, pasó a llamarse “domingo”, “día del Señor”, porque en ese día tuvo lugar la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. San Agustín comenta que “el Señor imprimió también su sello a su día, que es el tercero después de la pasión. Este, sin embargo, en el ciclo semanal es el octavo después del séptimo, es decir, después del sábado hebraico y el primer día de la semana”.

El Señor, con su resurrección, inaugura la nueva creación y la nueva alianza y abre asimismo el día que no tendrá ocaso; es decir, la vida eterna. El domingo, primer día de la semana, recuerda el primer día de la creación, cuando Dios dijo: “Exista la luz” (Gén 1,3). Pero el domingo, como día octavo, ya que sigue al sábado, simboliza “el día verdaderamente único que seguirá al tiempo actual, el día sin término que no conocerá ni tarde ni mañana, el siglo imperecedero que no podrá envejecer; el domingo es el preanuncio incesante de la vida sin fin que reanima la esperanza de los cristianos y los alienta en su camino” (Juan Pablo II, Dies Domini 26).

Jesucristo vivo se hace presente en medio de los discípulos, que estaban ocultos y encerrados, dominados por el miedo. Sólo la presencia del Señor puede infundirles la paz y la alegría, eliminando el temor y la incertidumbre. Jesús, mostrando sus manos y el costado, se da a conocer mediante los signos de su amor y su victoria: las señales de la cruz, de su amor hasta el extremo. Con este gesto es como si dijese: “Soy yo, no tengáis miedo” (Jn 6,20).

Leer más... »