20.04.20

"Todo" sobre San Telmo

Me han preguntado, en estos días, mil y una cosas sobre san Telmo.

He reencontrado una entrevista que, en su día, me hizo Luis Fernando.Es, con diferencia, la mejor entrevista que me han hecho sobre ese tema. La copio a continuación:

(Luis F. Pérez/InfoCatólica) Entrevista al padre Guillermo Juan Morado, párroco de la parroquia de San Pablo en Vigo, autor de “San Telmo, el beato Pedro González", publicado por la editorial Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona:

- ¿Cómo surgió la idea de escribir esta breve biografía sobre el Beato Pedro González, más conocido como San Telmo?

Mire, como en otras ocasiones la idea no surgió de mí, sino que se presentó la ocasión adecuada. Un día me llamó el responsable de la colección “Santos y Santas” del CPL (Centro de Pastoral Litúrgica, de Barcelona). Me preguntaba quién podría encargarse de elaborar la biografía de dos santos muy vinculados a Galicia: San Froilán y San Rosendo. Le di el nombre de un autor que podría hacer la de San Rosendo y le propuse publicar una biografía de San Telmo. Aceptó la oferta. Y me puse a escribir el libro. Este mismo año había publicado, en la editorial CCS, una “Novena a San Telmo”. Tenía, pues, el tema muy fresco en mi memoria.

- ¿Le ha costado mucho discernir cuáles son los datos realmente históricos sobre su vida de los que pueden ser meramente legendarios?

No he intentado aportar nada decisivo, ni cerrar ningún debate. San Telmo (1190-1246) es un hombre del siglo XIII. Los datos de su biografía son imprecisos, pero eso no significa que sean legendarios. Se conservan documentos de la época, como un códice manuscrito de comienzos del siglo XIII, el “Pasionario Tudense”, que nos habla del Beato Pedro, así como una recolección de milagros a él atribuidos, compilados, también en el siglo XIII, por el obispo de Tui D. Gil de Cerveira. Hay, pues, material suficiente para encuadrar la vida del Santo. Igualmente, he contado con la biografía escrita por el P. Lorenzo Galmés, O.P., “San Telmo”, publicada por la Editorial San Esteban, de Salamanca, en 1991, así como con otros estudios más recientes.

- La pregunta es obligada y usted le dedica el último capítulo del libro, pero ¿puede resumirnos por qué se le conoce como “San Telmo”?

En efecto, el Beato Pedro González es conocido popularmente como San Telmo. Parece que el nombre de “Telmo” se retrotrae al de San Erasmo, un obispo mártir, de época de Diocleciano, venerado por los marineros italianos. Tanto al Beato Pedro como a San Erasmo se encomendaban los marineros. De una identidad de funciones – la protección de los hombres del mar – se pasó, probablemente, a una identidad de nombres: “Sant Ermo”, que derivaría en “San Telmo”. La causa de esa fusión tendría que ver con el intercambio comercial y cultural entre España e Italia.

Pedro González estuvo destinado desde niño al estado clerical, ¿era ello algo normal en la Europa católica de los siglos XII y XIII?

Sí, era frecuente en una sociedad estamental. Un niño de una familia ilustre sólo tenía dos opciones de cara al futuro: o dedicarse a las armas o servir a la Iglesia. No es extraño que los padres de San Telmo pensasen que su hijo sería un candidato idóneo para el estado clerical. En el siglo XIII, por ejemplo, nació Santo Tomás de Aquino, de una familia noble, y, aún niño, fue llevado a la Abadía de Montecasino, quizá con el propósito de que, en el futuro, llegase a ser abad de la misma. Ya sabemos que Santo Tomás “frustró” este proyecto, haciéndose dominico.

El beato, imbuido ya de la vocación a la vida religiosa, decide abandonar una carrera eclesiástica prometedora cuando le hicieron deán de Palencia. ¿Se puede hablar de que en él se produjo una verdadera conversión al dar ese paso? ¿era incompatible la carrera eclesiástica con la santidad en aquellos tiempos?

No, la carrera eclesiástica no era incompatible con la santidad. Muchos eclesiásticos del llamado “alto clero” han llegado a santos. Más que de una “conversión”, creo que se debe hablar de una “vocación”; de una llamada a abrazar un estado de vida muy concreto, el de fraile mendicante, en la entonces joven Orden de Predicadores. Suponía, sin duda, un cambio de perspectivas, al profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia. Los clérigos seculares, y eso era San Telmo antes de recibir esa vocación a la vida religiosa, tenían la obligación de vivir el celibato y de obedecer a su obispo, pero no habían hecho votos y seguían vinculados “al mundo”.

- Como buen fraile de la orden fundada por Santo Domingo de Guzmán, San Telmo tuvo el carisma de la predicación. A ello contribuyó la buena preparación intelectual y teológica recibida pero, ¿no cree que fue esencial en su éxito como predicador el hecho de que dedicara gran parte de su vida a la oración?

Sin duda. San Telmo era como una imagen de Santo Domingo. Y consta perfectamente el espíritu contemplativo de Santo Domingo. Decían del fundador de la Orden de Predicadores que sólo hablaba con Dios o de Dios y que dedicaba muchas horas del día y de la noche a orar. El Beato Pedro hacía lo mismo, buscando lugares retirados para dedicarse a la meditación y a la contemplación. No se puede predicar lo que no se cree, lo que no se ama, lo que no se vive. Y el conocimiento de Dios proviene, en gran medida, del trato con Él, del diálogo íntimo que tiene lugar en la oración.

- Fray Pedro era incansable a la hora de escuchar confesiones y administrar el sacramento del perdón, ¿no le convierte tal hecho en un ejemplo más a seguir por los sacerdotes en este el Año Sacerdotal?

Pues sí, en esa dedicación a las confesiones destacó mucho San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars. E igualmente el Beato Pedro González, San Telmo. Recuerdo, a este respecto, un texto del, entonces, Cardenal Ratzinger que hablaba de la confesión como el ámbito de la máxima “personalización” de lo cristiano. San Telmo combinaba, de modo admirable, la atención a la comunidad, en la predicación, y a cada individuo, en la confesión. No es una mala estrategia pastoral.

- En su libro habla de la etapa en la que el beato fue capellán militar y confesor de San Fernando. Su empeño en acabar con los vicios de los soldados llevó a ser objeto de una tentación similar a la sufrida por otros grandes santos. ¿Puede explicarnos el suceso brevemente?

Se ve que San Telmo era exigente en su predicación. Y respaldaba esa exigencia con la integridad de su vida. Cuando el predicador molesta, la tentación es siempre la misma: cuestionar su credibilidad. Algunos soldados urdieron una trama, con la complicidad de una mujer de costumbres licenciosas, para desacreditarlo. Cuando pensaban que iban a ser testigos de la debilidad de su capellán, se sorprendieron al poder comprobar su fortaleza. Es una lección siempre válida: la autoridad moral de un mensajero del Evangelio depende mucho de su observancia de la virtud de la castidad.

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18.04.20

A los ocho días...

El Señor Resucitado se aparece a los suyos al anochecer del “día primero de la semana” y, de nuevo, “a los ocho días” (cf Jn 20,19-31). El día primero de la semana, el primer día después del sábado, pasó a llamarse “domingo”, “día del Señor”, porque en ese día tuvo lugar la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. San Agustín comenta que “el Señor imprimió también su sello a su día, que es el tercero después de la pasión. Este, sin embargo, en el ciclo semanal es el octavo después del séptimo, es decir, después del sábado hebraico y el primer día de la semana”.

El Señor, con su resurrección, inaugura la nueva creación y la nueva alianza y abre asimismo el día que no tendrá ocaso; es decir, la vida eterna. El domingo, primer día de la semana, recuerda el primer día de la creación, cuando Dios dijo: “Exista la luz” (Gén 1,3). Pero el domingo, como día octavo, ya que sigue al sábado, simboliza “el día verdaderamente único que seguirá al tiempo actual, el día sin término que no conocerá ni tarde ni mañana, el siglo imperecedero que no podrá envejecer; el domingo es el preanuncio incesante de la vida sin fin que reanima la esperanza de los cristianos y los alienta en su camino” (Juan Pablo II, Dies Domini 26).

Jesucristo vivo se hace presente en medio de los discípulos, que estaban ocultos y encerrados, dominados por el miedo. Sólo la presencia del Señor puede infundirles la paz y la alegría, eliminando el temor y la incertidumbre. Jesús, mostrando sus manos y el costado, se da a conocer mediante los signos de su amor y su victoria: las señales de la cruz, de su amor hasta el extremo. Con este gesto es como si dijese: “Soy yo, no tengáis miedo” (Jn 6,20).

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17.04.20

Leo en "Faro de Vigo": Que ¿dónde está la Iglesia?

Mons.Alberto Cuevas Fdez.* 16.04.2020 

Me cuentan que con estas o semejantes palabras se están preguntando retóricamente algunos cínicos comunicadores, disfrazados de predicadores laicistas, ahora aún más activos que siempre, en el televisivo ente público y en los ahora canales gemelos acampados en los números que van del cuatro al seis. Quienes como profesionales honestos deberían dedicarse a informar imparcialmente a todos, aunque les mandasen como es el caso, orientarse a distraer con otros asuntos la disparatada actuación gubernamental, se están dedicando, me cuentan, que a eso, a preguntarse que a ver ¿qué está haciendo la Iglesia en esta crítica situación social de pandemia y desesperación?

¿Serán hipócritas y repito el apelativo de condecorados cínicos? Silencian, callan, esconden o manipulan cuantas noticias e informaciones se les remiten referidas a la Iglesia; no captan ni difunden el ejemplar comportamiento de obediencia y prudencia de su jerarquía, la incansable entrega de los sacerdotes, de tantas personas consagradas a servir, ni la magnífica y ejemplar acción de tantos seglares católicos, activos hasta la heroicidad como tantos otros colegas, en las distintas tareas de la vida social, para después, que es ahora mismo, levantar la voz simulando ignorancia y preguntar acusatoriamente que ¿dónde estamos?

Pues estamos donde siempre estuvimos, desde el principio y hasta el fin de los siglos, donde hay que estar cuando alguien nos necesite. Porque cuando alguna vez hemos estado donde no debiéramos estar -y avergonzados pedimos perdón cuando alguno de los nuestros se enfangó-, ya os encargasteis vosotros, y seguiréis haciéndolo, de proclamarlo a los cuatro vientos, para hacer creer que la infame conducta es lo habitual en nosotros y por ello merece el caché de importante noticia.

Pues no, eso es y será siempre lo raro, lo excepcional, que por eso tendrá que ser noticia faltaría más; pero también debieran serlo, si fuerais profesionales al servicio de la verdad, las innumerables acciones de personas e instituciones eclesiales, en tantas ciudades y pueblos de España: la atención y el mimo a los desconocidos ancianos que estarían solos sin la cercanía de las parroquias y los sacerdotes; los comedores sociales, que tienen que reinventar fórmulas para seguir cumpliendo su cometido a la vez que observan la necesaria normativa sanitaria; la poco reconocida presencia y labor de los capellanes de los Hospitales -"médicos del alma” reconfortando y fortaleciendo, supliendo muchas veces a la familia-, y que como el resto del personal sanitario del que forman parte, debieran recoger cada tarde, nuestro reconocimiento y aplauso, sin olvidar el número de los muchos contagiados y algunos fallecidos.

Y qué preciosos reportajes os habéis perdido y de ellos nos habéis privado -por ser profesionales sectarios- al no habernos informado de la labor de cuántos conventos de clausura han mutado esta temporada de reposteras a mascarilleras o a lo que hizo falta en el pueblo en que se ubican, ofreciendo y dejando los espacios de sus seculares monasterios para albergar a quien hubiere menester.

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14.04.20

La tribulación y el escándalo. Los paganos y los malos cristianos

Vivimos un momento de tribulación. El mundo que hemos conocido parece venirse abajo y no sabemos aún cómo será el de mañana. Nuestra fe pequeña, raquítica tantas veces, puede inducirnos a pensar que, con el mundo, caerá también la Iglesia de Cristo – acaso lo que queda de ella - y, entonces, a la tribulación añadimos la zozobra más grave, la quiebra de la esperanza.

San Agustín predicó a sus diocesanos un sermón, el 81, con motivo de la caída de Roma. El 24 de agosto de 410 entraron en Roma las tropas de Alarico, saqueándola a hierro y fuego. El mundo antiguo, en el que se había sembrado el Evangelio de Cristo, se desmoronaba. Roma era no solo la capital del Imperio, sino asimismo la ciudad santa de Pedro y Pablo. Dos decenios después, Genserico asedió Hipona, donde su obispo, san Agustín, murió en el 430.

San Agustín les dice a sus oyentes que no teman la tribulación, pero que, sin embargo, huyan del escándalo. La tribulación es la prueba, la purificación que puede sacar lo mejor de nosotros mismos. El escándalo es, por el contrario, la invitación a blasfemar de Cristo, a apartarnos de él para, así, falsamente, pretender evadir la prueba.

¿En qué consiste la prueba, la tribulación? En la ruina del mundo: “El mundo es devastado, se estruja como el aceite en la almazara”. No se niega la realidad, que es adversa. Pero ese estrujamiento puede ser la ocasión que haga emerger lo más valioso de cada uno; dependerá de nuestra disposición con relación a Dios: “Llega la tribulación; será lo que tú quieras, o una prueba o la condenación. Será una cosa u otra según te encuentre. La tribulación es un fuego. ¿Te encuentra siendo oro? Elimina tus impurezas. ¿Te encuentra siendo paja? Te reduce a cenizas”.

¿En qué consiste el escándalo? En no guardarse de la seducción de aquellos que, desde fuera o desde dentro, nos incitan al mal; nos inducen a renegar de Dios, a desconfiar de él. En tiempos de san Agustín, esta incitación provenía de muchos paganos, que culpaban a los cristianos del hundimiento de Roma: La ciudad es devastada porque se había abandonado el culto a los dioses paganos. Pero esta queja provenía también de los que san Agustín llama “malos cristianos” que, para evitar la confrontación, estaban dispuestos a no disentir de esta visión errónea: “Mira lo que nos dicen los paganos, lo que nos dicen —y esto es más grave— los malos cristianos”.

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13.04.20

El fuego de San Telmo

El fuego de San Telmo es un meteoro ígneo que suele dejarse ver en los palos de las embarcaciones, especialmente después de la tempestad. Este fenómeno eléctrico puede ser interpretado como una señal de esperanza – que se refuerza con la tempestad calmada – y como un signo de protección del patrono de las gentes del mar, San Telmo.

Muchos poetas se comparan a sí mismos con un piloto en una mar sin referencias, que se dejan iluminar por el brillo del fuego que presagia la orientación y la llegada a puerto de la nave: “cuando sin esperanza, de espanto medio muerto/ ve el fuego de San Telmo lucir sobre la antena,/ y, adorando su lumbre, de gozo el alma llena,/ halla su nao cascada surgida en dulce puerto”, escribe el antequerano Pedro de Espinosa.

La fiesta de San Telmo se celebra en la diócesis de Tui-Vigo - en la ciudad de Tui con rango de solemnidad - , el lunes posterior al segundo domingo de Pascua. Es San Telmo, el beato Pedro González, un santo amable y próximo a nosotros. Su “Cuerpo Santo” – sus reliquias - reposa en una preciosa capilla que construyó el obispo Diego de Torquemada en la catedral tudense.

Ya durante su vida terrena, cuando predicaba como misionero por tierras de Galicia y de Portugal, fray Pedro, nuestro santo, resultaba simpático a quienes lo trataban: Era – recoge el padre Flórez de un documento antiguo – “pequeño de cuerpo, agradable a la vista, dulce en palabras, alegre en el rostro, y tan compuesto en lo interior y en lo exterior” que suscitaba el aprecio de aquellos con los que se encontraba. No nos vienen mal, en estos días de tempestad, la dulzura de las palabras y el fuego y la luz de la esperanza.

En San Telmo encontramos reflejadas las tres luces de las que habla la tradición cristiana. La primera de ellas es la luz de la razón, la capacidad que Dios nos ha dado de situarnos juiciosamente en la realidad. San Telmo la poseía en grado más que notable. Se mostraba atento a las necesidades de los hombres y trataba de solventarlas del mejor modo posible. Por ejemplo, impulsando la construcción de un puente en Castrelo de Miño que permitiese atravesar de un lado a otro el más caudaloso de los ríos de Galicia.

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