30.04.20

Yo soy la puerta de las ovejas

IV Domingo de Pascua (Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones)

Jesús se define a sí mismo como la puerta que conduce a la vida: “Yo soy la puerta de las ovejas: quien entre por mí se salvará” (Jn 10,9). “Él se llama puerta por ser el que nos conduce al Padre”, dice San Juan Crisóstomo. La súplica de los profetas: “Ojalá rasgases el cielo y descendieses” (Is 63,19) ha sido escuchada. Jesús es el Verbo encarnado, la verdadera puerta del cielo descendida a la tierra (cf Jn 1,51), el único Mediador por el cual los hombres tienen acceso al Padre.

Por su Pasión y su Resurrección, Cristo ha cruzado ya los umbrales de la muerte. Él es el Viviente, el Santo y el Verdadero que, como dice el Apocalipsis, tiene la llave de David que da acceso a la nueva Jerusalén, al cielo, “de forma que si él abre, nadie cierra, y si él cierra, nadie abre” (Ap 3,7). En la tierra, el germen y el principio del reino de los cielos es la Iglesia, el redil “cuya puerta única y necesaria es Cristo” (Lumen gentium 6).

¿Cómo se entra por esta puerta? Sabemos que es estrecha (cf Mt 7, 14) y que no se puede traspasar sin la humildad: “Cristo es una puerta humilde; el que entra por esta puerta debe bajar su cabeza para que pueda entrar con ella sana”, comenta San Agustín. Y en otro pasaje añade el Santo Doctor: “Entra por la puerta el que entra por Cristo, el que imita la pasión de Cristo, el que conoce la humildad de Cristo, que siendo Dios se ha hecho hombre por nosotros”.

El apóstol San Pedro incide en la humildad como elemento esencial del testimonio cristiano; un testimonio que incluye la disponibilidad a sufrir con paciencia penas injustas. Se trata de seguir las huellas de Cristo, el Pastor y Guardián de nuestras almas, que en su pasión “no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente” (1 Pe 2,23). La vía de la humildad es el camino que nos permite acercarnos a Cristo, adherirnos a Él, seguirle y atenernos a su mensaje.

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28.04.20

¿Catolicismo? La tontería se va a acabar

Estas semanas de desdichado confinamiento me están ayudando a ver más claramente lo que ya intuía. Sostener con alfileres un edificio en ruinas es absurdo. La idea de una Iglesia supuestamente coextensiva con la población del barrio en el que está una parroquia es un sinsentido.

La Iglesia está para anunciar el Evangelio. Una tarea –el anuncio - que se ha hecho, sí, pero que exige hoy hacerla mejor. Ya no podemos pensar que ese anuncio será bien recibido. No va a serlo. No tiene que serlo. El anuncio del Evangelio es paradójico. Será, para muchos, lo más racional – lo es, realmente - . Será, para otros, lo más absurdo.

La Iglesia celebra el Evangelio. La santa Misa es algo tan serio que sorprende – gracias a Dios empieza a sorprendernos – que la celebración de la Misa fuera considerado como algo así como el horario de una farmacia de guardia o de una gasolinera. ¿Para qué está una Parroquia? Para ofrecer la Santa Misa. Como si lo de menos fuera calibrar si hay católicos que, de verdad, pueden valorar la Misa.

La celebración de la fe lleva años siendo devaluada, reducida a un producto de consumo, a una especie de “el que paga, manda”. Realmente el que paga, el que marca la “X”, en el escaso ejercicio de soberanía que Hacienda permite sobre nuestros impuestos, no arriesga nada. No le cuesta nada. Pero algunos, muy católicos ellos, esgrimen esa “X” como una advertencia al clero, a sus capellanes: “O hacéis lo que queremos, o se os acaba la X”.

No hay vocaciones, se dice. No puede haberlas. El desprecio a los sacerdotes ha llegado a límites insospechables. Para cualquiera es penoso renunciar a una profesión y vivir como de limosna. Para los sacerdotes, también. Pero los que van de muy fieles, algunos de ellos, nos recuerdan a cada paso que vivimos de las limosnas que ellos, en su liberalidad de señores feudales, nos dan.

La Iglesia anima cómo se ha de regir el mundo. Y esa regla, de como deseamos que sea el mundo, es muy difícil en la práctica, pero no lo es tanto en el deseo: “Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no solo comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre, a su historia” (GS 40).

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Mayo y el procurador

El mes de mayo está aquí, muy cerca. Para los católicos es un mes muy especial, dedicado a María. En este mismo blog nació, hace ya años, un “Mayo virtual” que se plasmó en un libro “Treinta y un días de mayo” (CCS, Madrid 2010).

Sé, por testimonio directo, que esta iniciativa y este texto sirvió como instrumento para que alguna persona se acercase a la Santísima Virgen, al ayudarle a comprender el papel que Nuestra Señora desempeña en el misterio de la fe, en el plan de salvación.

Me decía esa persona, una mujer muy creyente, que le había ayudado la evocación que el librito hacía del concilio de Éfeso, en 431. Cuando los obispos reunidos en concilio proclamaron solemnemente la maternidad divina de María, el pueblo cristiano reaccionó con enorme entusiasmo. San Cirilo, que lo vivió, relata: “Nos llevaron en medio de antorchas a nuestras residencias. Era de noche. La alegría era general y toda la ciudad se iluminó. Las mujeres iban con incensarios delante de nosotros”.

Otra lectora, muy comprometida con la causa de la vida – y ¡qué necesario es no bajar la guardia en ese compromiso! –, me hizo saber que ella se identificaba con el monje-procurador de “Blanquerna”, obra de Ramón Llull. Este monje tenía un oficio: dirigir, tres veces al día, una salutación a Nuestra Señora en nombre de toda la creación y de toda la humanidad: “Todos ellos y muchos otros infieles te saludan por ministerio mío, cuyo procurador soy…”.

Otros me dicen que se aproxima mayo y que lo seguirán con la ayuda del librito. Cualquier cosa, por muy pequeña que sea, que se haga para acercar a las gentes a la Virgen siempre tiene recompensa.

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27.04.20

¿Asintomáticos?

En estos días de pandemia he recibido un “meme” que, a mi juicio, es gracioso. Aparecen dos personajes como de dibujos animados, un niño y un perro, y el primero de ellos, el niño, dice: “Hay por ahí muchas personas inteligentes”. El perro añade: “muchos, pero la mayoría son asintomáticos”.

Creo que es un reflejo de la realidad. Un “meme” muy en la línea de don Quijote y Sancho, representativo del idealismo y del realismo. ¿Hay muchas personas inteligentes? Sin duda. ¿Hay muchas personas, quizá la mayoría, “asintomáticas"? Pues también.

No voy a centrarme en los “asintomáticos”, en sus incapacidades, en sus “campañitas". Ni siquiera en los asintomáticos de la Iglesia. Todos, yo el primero, podemos ser muy “asintomáticos”.

Prefiero fijarme en aquellos que, a mi juicio, y en lo que me ha llegado, han dado señales de fe y de racionalidad. Son la mayoría de los católicos, a pesar de que no todos, o casi ninguno, pueden lograr que lo que creen o sienten se convierta en tendencia en los medios.

Un ejemplo de actividad cerebral positiva se debe a Olegario González de Cardedal. Tiene, este teólogo, tantos méritos que yo no podré añadirle ninguno. En la página web de la diócesis de Ávila se recoge un artículo suyo de gran profundidad y belleza: “Junto al curar e interpretar el origen de esta pandemia tenemos que corresponder a otra responsabilidad como personas, como sociedad para con esos más de 22.000 hermanos que han muerto. Tenemos el sagrado deber de hacer duelo público y de llevar luto por ellos. Por dignidad de hombres, por fidelidad de hijos y por solidaridad de ciudadanos de la misma ciudad no podemos dejar que se vayan de este mundo sin más, sin despedirles, sin rendirles honor, sin agradecer sus vidas, sin lamentar sus muertes públicamente en un acto sincronizado de toda la nación sin que pronunciemos su nombre en despedida, sin ponerlos en las amorosas manos creadoras de Dios, a quien han vuelto”.

Tiene razón don Olegario. Yo, cada día, en la santa Misa, pido por los difuntos. Por los de ese día también, hayan muerto por el coronavirus o por otras causas. Quizá, a nivel nacional, tendremos que esperar un poco, ojalá que sea muy poco, para una gran despedida que sea una sincronía de pequeñas despedidas. Un funeral en las catedrales, y en las parroquias, y en las pequeñas capillas de nuestros pueblos. Una gran despedida. Un luto no reprimido, no inhumano, sino plenamente cristiano.

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La coherencia de los obispos de Italia

En un comunicado, la Conferencia Episcopal Italiana ha afirmado que «la Iglesia aceptó, con sufrimiento y sentido de responsabilidad, las limitaciones gubernamentales asumidas para afrontar la emergencia de salud», pero ahora, «cuando se reducen las limitaciones asumidas para enfrentar la pandemia, la Iglesia exige poder reanudar su acción pastoral».

Es un posicionamiento puramente lógico: 

  1. «La Iglesia aceptó, con sufrimiento y sentido de responsabilidad, las limitaciones gubernamentales asumidas para afrontar la emergencia de salud». Con sufrimiento, porque renunciar a la celebración pública de la santa Misa comporta pesar para todos los católicos; también, y no en último lugar, para los pastores. Con sentido de responsabilidad, porque lo que estaba en juego era la vida de las personas, y con docilidad a lo ordenado por las autoridades civiles.
  2. La aceptación de estas limitaciones es admisible en la medida en que la situación de peligro se mantenga. Y es aceptable si no se discrimina injustamente, permitiendo – arbitrariamente - unas actividades públicas y prohibiendo otras.
  3. En consecuencia, «cuando se reducen las limitaciones asumidas para enfrentar la pandemia, la Iglesia exige poder reanudar su acción pastoral».

Una coherencia semejante hemos de esperar, de modo razonable, de las demás conferencias episcopales. Así creo que se deben de hacer las cosas, con racionalidad, con sentido común, ya que la razón no es enemiga de la fe, sino una dimensión interna de la misma. Sin racionalidad, la fe deriva en fanatismo. Sin coherencia, la Iglesia se convertiría en una secta apartada del mundo real.

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