Seminarios: No sólo es cuestión de número
A veces, leyendo determinadas noticias o informaciones, uno se siente perplejo. Parecería que, cuando se habla de los Seminarios, la clave, la piedra de toque, estaría casi exclusivamente en la cantidad de seminaristas con la que cuenta cada uno de estos centros. Es un error que se repite con demasiada frecuencia y que se aplica, con parecidos criterios, a conventos, órdenes o a cualquier tipo de entidad eclesiástica.
No estoy de acuerdo con ese baremo. La cantidad no equivale, por arte de magia, a la calidad. Ni a mayor cantidad, mayor calidad, ni viceversa. Un Seminario no es mejor sólo por tener más alumnos ni lo es, tampoco, sólo por tener menos. Cuantos más alumnos, mejor. Pero no a cualquier coste.
No deberíamos extrañarnos de que los Seminarios no estén repletos de candidatos al sacerdocio. En buena lógica, no pueden estarlo. Basta acudir a una iglesia el domingo para comprobar que hay, por regla general, muy pocos jóvenes que asistan a la celebración litúrgica. No hay crisis de vocaciones al ministerio presbiteral. Hay, sí, crisis de fe y de vivencia de la misma.
No pueden abundar los aspirantes al sacerdocio si no hay muchos niños que asistan a la catequesis, muchos jóvenes que se preparen para la confirmación, muchos universitarios que frecuenten las iglesias. No puede haber vocaciones si los confesonarios están desiertos, sea por falta de confesores o de penitentes. De donde no hay no se puede sacar.

Los católicos de Galicia, y muchos más del resto de España, esperamos con gran ilusión
Homilía para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo C)
Quien haya visitado Florencia, esa ciudad donde todo es arte, habrá podido ver, en el convento de San Marcos, la celda que habitó Girolamo Savonarola (1452-1498). Entre las pertenencias del fraile dominico que allí se conservan destacan sus instrumentos de penitencia, entre ellos un severo cilicio.
Joaquín de Fiore (1132-1202) ingresó, después de una fuerte experiencia interior, en la Orden del Císter. Años más tarde, fundó un monasterio propio en Fiore (Calabria). Se opuso con todas sus fuerzas a la teología de Pedro Lombardo. A pesar de su afán reformista, antes de morir pidió a sus seguidores que buscaran la aprobación de sus obras y se sometiesen a la decisión de la Iglesia.












