No molesta el IBI, molesta la Iglesia
Y conviene que lo tengamos claro. De los enemigos no hay que esperar gran cosa. Ya se sabe: la Iglesia es un mal, es casi “el” mal. Y el mal, así en general - estaría de acuerdo con eso - , hay que eliminarlo.
La Iglesia no se justifica, no encuentra su razón de ser, en aliviar la situación de los pobres. En un Estado moderno, en un Estado del bienestar, esa tarea le corresponde al Estado. Si este Estado es viable o inviable es una cuestión de otro tipo. Obviamente, no solo técnica, sino también moral.
Pero que en un momento de crisis - cuando estamos dando, los que formamos la Iglesia, más de lo que podemos dar - se nos agobie apretando sobre nuestras gargantas la bota de la hipocresía – la hipocresía de los opresores - es insoportable.
La Iglesia no es una entelequia. La Iglesia es, en la práctica, una red, un conjunto, de comunidades de cristianos. No hablo desde una perspectiva teológica, sino meramente sociológica.
Sobre los que vienen a Misa cada domingo recae todo: El mantenimiento del templo; los gastos de calefacción, teléfono, luz y agua; y, en una medida mucho mayor, la atención a los necesitados del barrio, de la zona más inmediata.
¿Quién paga estos gastos? ¿De dónde salen los recursos? Por lo que se me alcanza, de los feligreses de cada semana, de cada domingo. ¿Quiénes son estos feligreses? Yo, entre ellos, no reconozco a ningún magnate. A nadie poderosísimo. Las limosnas que llegan son, en su mayoría, inferiores a un euro – muy inferiores – y solo en una o en dos ocasiones he recibido –como párroco – un donativo, para fines muy concretos, la “escandalosa” cantidad de 1.000 euros.
¿Quiénes son los feligreses del día a día, del domingo a domingo? Son, en buena parte, pensionistas. Si ellos son generosos, la Iglesia no hace “más que lo que tiene que hacer”. Si ellos pueden dar menos, entonces la Iglesia se convierte en “egoísta”.
Lo que, de modo voluntario, destinan los contribuyentes a la Iglesia Católica a través del IRPF garantiza, asegura, que los sacerdotes con cargo parroquial cobren un mínimo subsidio – unos 750 euros al mes - . Si los sacerdotes dependiésemos de las aportaciones de los fieles para vivir, quizá lográsemos vivir, pero no se pagarían los recibos de la luz.
Que, con estas cifras de miseria, se ayude al Tercer Mundo y se palíen, en la medida en que se puede, las urgencias de tantas personas, cada vez más personas, es llamativo. Que se pida a la Iglesia tributar más es inconsciente.
A la Iglesia, como tal, no le iría peor. Debería hacer lo mismo que hacen otras instituciones: pasar de 50 sucursales a una. O a ninguna. Y ese vacío nadie lo iba a llenar.

RINO FISICHELLA, La nueva evangelización, Sal Terrae, Colección “Presencia Teológica” 187, Santander 2012, 150 páginas, ISBN 978-84-293-2003-9, 15 euros.
La solemnidad de la Ascensión del Señor se sitúa en la dinámica de la Pascua, del paso o éxodo de Cristo de este mundo al Padre. Jesucristo, vencedor de la muerte, entra para siempre con su humanidad glorificada en la esfera de Dios; en ese ámbito divino simbolizado en la Escritura por la nube y por el cielo (cf Catecismo 659).
En su día la editorial CPL de Barcelona me propuso escribir una breve biografía del beato Juan Pablo II. Por razones personales tardé un poco en cumplir ese encargo. No por falta de ganas. Yo le debo mucho a Juan Pablo II. Para mí ha sido una ayuda esencial en el plano de la fe, en el de la vocación al sacerdocio, y hasta en la percepción de la belleza y de la actualidad de la propuesta cristiana para el mundo.
Me remito a un blog de un amigo, en el que que explica esta nueva canción:












