La Cruz de Cristo y la seriedad de la Redención
En su primera Audiencia General, el papa Francisco explicó, el 27 de marzo de 2013, el significado de la Semana Santa. Decía el Papa: “Vivir la Semana Santa es entrar cada vez más en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es ante todo aquella del dolor y de la muerte, sino la del amor y del don de sí que trae vida”.
La “lógica de Dios” es el pensamiento divino, su modo de razonar, por decirlo de algún modo. Y esta lógica no siempre coincide con la de los hombres. A Pedro, que muy humanamente rehuía la posibilidad de la Pasión del Señor, Jesús le contesta de una manera tajante: “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” (Mc 8, 33).
A los hombres nos repugna el dolor, nos aflige el dolor, nos asusta la Cruz. ¿Por qué nuestro rescate, nuestra redención, pasó de hecho por la Cruz? Porque el abismo del que teníamos que ser rescatados era demasiado profundo. No parece “posible”, coherentemente, un rescate más simple.
Si hay un naufragio, un incendio o cualquier otra catástrofe, el salvamento de los afectados no es sencillo. Si el mal es muy grande, el rescate de ese mal entraña un riesgo literalmente de muerte.
Quizá tendemos a minimizar el pecado, a no darle demasiada importancia. Pero esta reducción del peso y de la trascendencia del pecado contradice la observación del mundo. Banalizar el pecado equivale a mofarse de las víctimas del mismo.
El lastre del mal, del pecado, es evidente; se impone con una patencia absolutamente indiscutible. Basta abrir los ojos para constatar, como lo hizo Pascal en uno de sus “Pensamientos”, que “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo”. El mal, el pecado, no es una magnitud puramente “metafísica”, de segundo nivel, alcanzable casi solamente mediante una reflexión abstractiva.
No. El mal, el pecado, y las consecuencias del pecado cuestan sangre y dolor y sufrimiento. Niños matados antes de nacer. Niños privados de la inocencia. Niños asesinados. Y jóvenes y adultos y ancianos. Un periódico es todo un tratado sobre el hilo de sangre que dejan, como secuela, el mal y el pecado.

Homilía para el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Nosotros, y cuando digo “nosotros” digo los pastores de la Iglesia y, en un sentido más amplio, los demás miembros de la misma, no somos dueños de los sacramentos. Somos “ministros”, servidores”, pero no dueños.
Homilía para el V Domingo de Cuaresma (A)
La expresión, tan oída estos días, de “funeral de Estado” resulta un tanto ambigua. La palabra “funeral” hace referencia a las exequias y a la solemnidad con la que se celebran. ¿Puede el Estado celebrar las honras fúnebres de un mandatario o de las víctimas de un accidente o de un atentado? Sí, claro que puede. El Estado tiene su propio ritual para llevar a cabo un acto solemne de despedida de una personalidad significativa. Lo hemos visto con ocasión de la muerte del presidente Adolfo Suárez: la capilla ardiente en el Congreso, en el llamado “Salón de los Pasos Perdidos”, las salvas militares, etc.












