El sabroso saber: “Gustad y ved”

El gusto es, en general, un contacto entre el sujeto y lo real que se caracteriza – ese contacto – por la inmediatez entre subjetividad y realidad. La distancia se supera y el objeto, en cierto modo, pasa a ser – al gustarlo – algo “mío”, algo que ingresa en mi mundo, en mi yo. En el gusto, el sabor es inmediato, contiguo, cercano.

El sabor se asimila al saber y la revalorización del gusto reivindica una sabiduría integral, que apuesta no solo por el ámbito de las ideas, sino también por el del cuerpo y el del mundo. El sabor y el saber establecen una especie de comunión entre el que saborea y lo saboreado.

Leer un libro que nos agrada equivale a saber nuevas cosas que no sabíamos, y a adquirir ese conocimiento con satisfacción, con deleite, disfrutando de su sabor. Con deleite o con sufrimiento, pero nunca con indiferencia. Nada es tan inhumano, y tan cerril, como la indiferencia.

Las máquinas pueden ser indiferentes. Los hombres, no, al menos en el plano del deber ser. En el plano del ser casi cualquier cosa es posible. Y no porque lo creado esté mal hecho, sino porque podemos estropearlo casi todo.

Al saber algo nuevo, el que sabe se asimila a lo conocido, a lo nuevo. Hace que lo nuevo forme ya parte de su vida. “Conocer es ser y ser lo que se conoce”, decía Maurice Blondel. Y creo que tenía razón. Lo nocional es muy importante, pero no lo es tanto como lo real, decía Newman. Y creo, asimismo, que tenía razón.

En el vocabulario de la teología y de la espiritualidad, en un territorio más transitado de lo que pensamos, ya que la doctrina de los “sentidos espirituales” – según la cual las imágenes de la experiencia de los cinco sentidos pueden ser metáforas de la experiencia de la relación del hombre con Dios – es una doctrina tradicional, el gusto se asocia, como ya hemos apuntado, al sabroso saber.

La experiencia íntima, profunda, de Dios no está lejos, según este criterio, del conocimiento experiencial de lo divino. “Gustad y ved”, dice el Salmo. La mística y los sentidos, la mística y los sacramentos, la mística y la mediación de la Iglesia no deberían, en principio, ser realidades contrapuestas.

“Gustad y ved”. ¿Gustad y ved, qué? “Qué bueno es el Señor”. La bondad de Dios, la Bondad que es Dios, se deja gustar y ver. Guillermo de St. Thierry comenta: “A Dios se le ve a través del gusto”. Es necesario “gustar” su bondad – experimentarla en cierto modo – para tener la certeza del ser y del existir de Dios. En el fondo, solo vemos lo que nos gusta, o, en el extremo contrario, lo que nos disgusta. Pasamos de largo ante lo que nos resulta indiferente.

Para Guillermo de St. Thierry, la Iglesia universal es el cuerpo de Cristo. En la Cabeza de ese cuerpo hay cuatro sentidos: los ojos (que son los ángeles con su profunda visión), los oídos (los patriarcas con su profunda escucha – y hay al respecto una magnífica homilía, valga la redundancia, de Benedicto XVI, comparando a Abraham con San Benito, fijándose en la escucha de uno y de otro - ), la nariz ( los profetas que olfatearon la venida de Cristo) y el tacto, que es el sentido común del pueblo.

Pero antes de la venida del Salvador faltaba el gusto, que solamente lo proporciona Cristo. Antes de Él, Dios y el hombre estaban lejos. Antes de Él el hombre no podía conocer inmediatamente a Dios, ya que Dios no era hombre ni el hombre era Dios. Y no he dicho que Dios sea el hombre, ni que el hombre sea Dios.

Cristo es el que “ha gustado todo y nos lo ha hecho gustable en virtud del gusto interno de su divinidad, del sapor que se convirtió para nosotros en sapientia” (Guillermo de St. Thierry).

La Eucaristía es el sabor y el saber, es el gustar que abre el paso al ver. Es el Camino que da acceso a la Verdad y a la Vida. El cristiano, al comulgar, sabe de lo que habla. No habla de oídas, habla de lo que ha gustado, de lo que ya es suyo. O, con más exactitud, se sabe no solo un “yo” – en la sempiterna y aburrida declinación del “ego” – sino que se sabe de Otro, de Cristo, que, sin despersonalizarnos, nos hace suyos, nos introduce en su grandeza y en su gloria. En su sabor de lo divino y en su saber de eternidad.

¡Gustad y ved!

 

Guillermo Juan Morado.

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