Dos peticiones al Apóstol

Con mayor exactitud, más que de dos peticiones al Apóstol, deberíamos hablar de dos peticiones a Dios por intercesión del apóstol Santiago. Las tomo, ambas, de la oración colecta de la misa de hoy: que sea fortalecida la Iglesia y que España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos.

Pueden parecer dos intenciones muy diferentes, pero yo creo que, en el fondo, no lo son tanto. La primera de ellas implora el fortalecimiento de la Iglesia. ¿En qué consiste esta fortaleza? Pues, ante todo, en la pureza, en la autenticidad, del testimonio de los miembros de la Iglesia. La Iglesia, siempre débil ante el mundo, es fuerte, con la fortaleza que viene de Dios, si los fieles cristianos intentan que no exista separación entre la fe y la vida. Solo esa coherencia martirial confiere a la Iglesia credibilidad.

Decía esta mañana el arzobispo de Santiago, don Julián Barrio: “Necesitamos coraje moral para salir de la irresponsabilidad, del escepticismo y de la inmoralidad. No faltan testimonios valientes y humildes”. Y añadía: “Solo puede predicarse [el Evangelio] con credibilidad desde la cruz, desde la pobreza y desde la libertad, redescubriendo la necesidad de Dios en la vida del hombre, y la exigencia de la espiritualidad para superar una visión puramente material de nuestra existencia”.

El fortalecimiento de la Iglesia o, dicho de otra manera, la santidad de los cristianos, no es una amenaza para la sociedad. Muy al contrario, “el cristianismo favorece la vida espiritual de las personas y de los pueblos, iluminando la dimensión cultural, social, económica y política para volver a la verdad del hombre”, añadía el arzobispo. De ese modo se transforma la sociedad.

¿Cómo entra hoy Dios en el mundo? Hans Urs von Balthasar decía en su Teología de la historia que Dios renueva su presencia en el mundo generando santos. Y los santos son los testigos creíbles que hacen fuerte a la Iglesia.

¿Cómo se mantendrá España fiel a Cristo? Pues solo hay una posibilidad: España, como nación, será fiel a Cristo si busca, ante todo, el bien común y el respeto de los derechos fundamentales de la persona humana. España se mantendrá fiel a Cristo si los católicos españoles, que no son ni todos los católicos del mundo ni tampoco todos los españoles, contribuyen a crear una sociedad conforme con el querer de Dios; es decir, una sociedad en la que el culto a Dios sea inseparable del cuidado por el hombre.

España, nuestra sociedad, no pierde nada si considera con simpatía, con afecto, a Jesucristo. Él no es un extraño para ningún hombre. Y menos aún, si cabe, para un europeo. El Delegado regio, el presidente de la Xunta de Galicia, don Alberto Núñez Feijóo, recordaba en su bello discurso de ofrenda al Apóstol una verdad elemental, pero no por ello menos digna de ser recordada: “Santiago no sería Santiago sin Santiago”.

Tiene razón. No solo Santiago de Compostela, sino España, Europa y el mundo perderían mucho y no ganarían nada si tratasen de ignorar el cristianismo. Los gobernantes harían bien en escuchar, decía el Delegado regio, a “los peregrinos innominados, humildes en su mayoría, que escribieron y escriben en Santiago una epopeya que nos reconcilia con el género humano”.

Fortaleza y fidelidad. No es un mal programa. Un programa humilde que se inclina por el servicio a los demás y por la escucha de los que, aparentemente, no cuentan pero que pueden cambiar, para bien, el curso de la historia.

 

 

Guillermo Juan Morado.

 

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