Desde la perplejidad

Sería un hipócrita si dijese que la controversia que acompaña a las palabras del Papa, sobre el recurso a los profilácticos para prevenir el SIDA, me ha dejado indiferente. No me ha dejado indiferente en absoluto. Eso sí, la prudencia aconseja esperar: Hay que leer el texto completo, hay que intentar saber exactamente qué ha dicho el Papa, hay que intentar ver cómo encaja todo dentro del edificio de la moral católica.

No hace falta que yo reitere mi adhesión al Papa, que es plena. Tampoco es preciso que resalte la estima que me merece Joseph Ratzinger – ahora Benedicto XVI – como pensador y como teólogo. Tal vez esta condición de hombre de pensamiento, una característica intrínseca del actual Papa, resulte “peligrosa”. Me explico: Da la sensación de que el Papa cree que todos los demás estamos a su altura, que sabemos tanto como él, que comprendemos, como si fuésemos teólogos que participan en un seminario científico, los porqués últimos de cada cosa.

No es así. El Papa expone, muchas veces, razonamientos complejos. Hace falta seguirlos desde la “a” a la “z”. Pero los medios de comunicación no entran en sutilezas. Para los medios – para la percepción común, en realidad – lo sutil ha de reducirse a lo simple: “O cero o diez”, “o verdadero o falso”, “o a favor o en contra”. Y esto, el Papa, debe saberlo. Y, si no él personalmente, sí quienes lo aconsejan y asesoran.

Ya sé que un libro de entrevistas no es un acto de magisterio. Es obvio que si el Papa cree que es oportuno desarrollar tal o cual aspecto de la doctrina ha de emplear un medio proporcionado: una constitución apostólica, una encíclica, un “motu proprio”, por ejemplo. Una entrevista es algo vivo y no despreciable a la hora de hacer llegar, a muchos destinatarios, el contenido del mensaje cristiano.

Resulta evidente, por todo ello, que el Papa, con sus declaraciones, no ha pretendido cambiar, ni modificar en nada, la doctrina católica. Los mandamientos siguen siendo diez. Y no han variado ni el quinto ni el sexto. Sigue estando vigente que las fuentes de la moralidad de los actos humanos son tres: el objeto del acto, la intención y las circunstancias.

Un fin bueno no hace bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado. Yo no puedo mentir para lograr un bien, porque mentir es, independientemente de la intención por la que mienta, algo malo.

Es verdad que las circunstancias que rodean una acción pueden agravar o disminuir la bondad o la malicia de los actos humanos, pero no pueden convertir en bueno lo que en sí mismo es malo. No es lo mismo robar un euro que robar mil euros, pero el robo no deja de ser un mal.

Cuando se habla de la sexualidad y del SIDA entran en juego dos mandamientos: el sexto y el quinto. No es moralmente legítimo ni cometer actos impuros ni matar. ¿Que es preferible que, si se peca contra la castidad, no se mate al cómplice? El sentido común nos dice que sí. No hay razón convincente que aconseje añadir al pecado de fornicación o de adulterio el de homicidio. Pero, entre mal y mal, nunca se puede aconsejar uno de los males, aunque sea menor. Sí se puede, a quien ya está decidido a hacer el mal, intentar disuadirlo de no hacer todo el mal, sino parte de él. Es decir, pedirle que no haga más mal todavía.

Quizá en esta línea vayan las palabras del Papa. Pero se agradecería una argumentación más amplia y explícita. No están los tiempos como para esperar que cada católico sea, de la noche a la mañana, un experto en Teología Moral.

Guillermo Juan Morado.

1 comentario

  
Guillermo Juan Morado
Como no dispongo de tiempo para moderar comentarios, los cerraré.

21/11/10 9:26 PM

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