Homilía de Monseñor Sanz Montes en la Solemnidad de la Inmaculada
SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Queridos Hermanos sacerdotes,
Miembros de Vida Consagrada
Queridos Hermanos y Hermanas: Paz y Bien.
Habíamos iniciado este tiempo del Adviento que nos invita a preparar los caminos al Señor que llega. Ayer la liturgia nos alertaba precisamente de cómo hemos de enderezar nuestros entuertos, cómo allanar las altiveces y cómo desandar los caminos a ninguna parte, para que se haga posible el encuentro con Jesús, el Señor esperado, que se hace próximo y prójimo en la trama de nuestra edad.
Podría parecer que se interrumpe este itinerario cuando de sopetón nos ponemos a celebrar una festividad que aparentemente “distrae” en el camino apenas emprendido. Pero la festividad de la Inmaculada Concepción no es un desliz que se ha colado en el Adviento, sino una señal que nos permite mirar agradecidos a quien con su sí posibilitó el primer Adviento y coprotagonizar toda llegada del Señor a nuestras vidas. La solemnidad de la Inmaculada Concepción nos es presentada, precisamente en el corazón del Adviento, como una dulce invitación a fijar nuestra mirada en María, la llena de gracia y limpia de pecado ya en su misma concepción. Si el camino del Adviento nos prepara para recibir la Luz sin ocaso que representa y es el Hijo de Dios, María es la aurora que anuncia el nacimiento de esa Luz: Ella es el modelo acabado donde poder mirarnos y donde encontrar las actitudes propias de cómo esperar y acoger al Señor prometido. Mirar a María es mirar el modo con el que Dios nos enseña y nos quiere acompañar.
