Homilía de Monseñor Sanz Montes en la Solemnidad de la Inmaculada

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Queridos Hermanos sacerdotes,
Miembros de Vida Consagrada
Queridos Hermanos y Hermanas: Paz y Bien.

Habíamos iniciado este tiempo del Adviento que nos invita a preparar los caminos al Señor que llega. Ayer la liturgia nos alertaba precisamente de cómo hemos de enderezar nuestros entuertos, cómo allanar las altiveces y cómo desandar los caminos a ninguna parte, para que se haga posible el encuentro con Jesús, el Señor esperado, que se hace próximo y prójimo en la trama de nuestra edad.

Podría parecer que se interrumpe este itinerario cuando de sopetón nos ponemos a celebrar una festividad que aparentemente “distrae” en el camino apenas emprendido. Pero la festividad de la Inmaculada Concepción no es un desliz que se ha colado en el Adviento, sino una señal que nos permite mirar agradecidos a quien con su sí posibilitó el primer Adviento y coprotagonizar toda llegada del Señor a nuestras vidas. La solemnidad de la Inmaculada Concepción nos es presentada, precisamente en el corazón del Adviento, como una dulce invitación a fijar nuestra mirada en María, la llena de gracia y limpia de pecado ya en su misma concepción. Si el camino del Adviento nos prepara para recibir la Luz sin ocaso que representa y es el Hijo de Dios, María es la aurora que anuncia el nacimiento de esa Luz: Ella es el modelo acabado donde poder mirarnos y donde encontrar las actitudes propias de cómo esperar y acoger al Señor prometido. Mirar a María es mirar el modo con el que Dios nos enseña y nos quiere acompañar.

El pasado 14 de septiembre de 2008, en la pequeña localidad pirenaica de Lourdes, tuvo lugar una visita especial de un peregrino también especial: Benedicto XVI. La efemérides venía motivada por la celebración del 150 aniversario de las apariciones de María a la pequeña Bernardette Soubirous. Allí pronunció el Papa unas palabras en la homilía que son una verdadera síntesis de la fe de la Iglesia al mirar a Santa María en el misterio de su Inmaculada Concepción: «la “Hermosa Señora” revela su nombre a Bernadette: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. María le desvela de este modo la gracia extraordinaria que Ella recibió de Dios, la de ser concebida sin pecado, porque “ha mirado la humillación de su esclava” (cf. Lc 1,48). María es la mujer de nuestra tierra que se entregó por completo a Dios y que recibió de Él el privilegio de dar la vida humana a su eterno Hijo. “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Ella es la hermosura transfigurada, la imagen de la nueva humanidad. De esta forma, al presentarse en una dependencia total de Dios, María expresa en realidad una actitud de plena libertad, cimentada en el completo reconocimiento de su genuina dignidad. Este privilegio nos concierne también a nosotros, porque nos desvela nuestra propia dignidad de hombres y mujeres, marcados ciertamente por el pecado, pero salvados en la esperanza, una esperanza que nos permite afrontar nuestra vida cotidiana. Es el camino que María abre también al hombre. Ponerse completamente en manos de Dios, es encontrar el camino de la verdadera libertad. Porque, volviéndose hacia Dios, el hombre llega a ser él mismo. Encuentra su vocación original de persona creada a su imagen y semejanza» (BENEDICTO XVI, «Homilía de la Santa Misa en el 150 aniversario de las apariciones en la Prairie en Lourdes (14-09-2008)», Ecclesia 3433 (2008) 26-27).

Como bellamente ha resaltado el profesor Geiselmann, los dos últimos dogmas marianos se presentan claramente como un «acto de culto», es decir, la motivación inmediata no es tener que responder a una herejía particular, o dirimir una controversia inmediata, sino más bien dar testimonio de la verdad glorificando a Dios en la maravillas que Él ha realizado por nosotros.
Así, la contemplación del Misterio de María que la Iglesia ha venido realizando a través de los veinte siglos de cristianismo, está ofreciéndonos un cuadro completo del designio salvador que para nuestro bien Dios ha querido darnos en esta mujer describiéndonos en cuatro rasgos su biografía vocacional: Inmaculada Concepción, Virginidad, Maternidad y Asunción, representan la fe de la Iglesia ante el misterio de la santísima Virgen. Quiere decirse que María, preservada del pecado original en su Inmaculada Concepción, fue siempre Virgen, y sin perder esta perpetua Virginidad fue llamada a ser Madre del Mesías esperado, y concluyendo el curso de su vida terrestre, ser Asunta a los cielos en cuerpo y alma.
Aquí estamos ante la infinita creatividad de Dios. Porque en el misterio de la Inmaculada Concepción se manifiesta el hecho de que María fue no ya perdonada de pecados contraídos, sino preservada de caer en ellos en previsión de los méritos de Cristo. En esto ella es el testigo más radical de la misericordia de Dios, de su capacidad de regenerar a la humanidad pecadora de forma preveniente, de recoger al pueblo adúltero para hacerlo como una novia sin mancha, según la desconcertante teología bíblica que se desarrolla desde el profeta Oseas hasta el libro del Cantar de los Cantares.

Como ha ocurrido en otros momentos de la historia cristiana para otras verdades de la fe católica, esa comprensión del misterio de María como llena de gracia desde el primer instante de su concepción se desarrolla primero a nivel de la fe del pueblo que asistido por el Espíritu de Dios intuye como algo creíble lo que todavía no se explica desde la teología ni se define desde el Magisterio. De este modo el pueblo cristiano entiende la Concepción sin mancha de la Virgen María como un momento de gracia que particularmente se le concede a Ella, pero que luego redundará en todos los cristianos que forman parte de la historia que precisamente en María tiene un punto de partida por estricto designio providencial de Dios.
Todos nosotros hemos sido perdonados de la culpa que a María se le evitó por la misma Redención de Cristo, y por eso con ella compartimos la gracia para responder con idéntica fidelidad al plan que para nuestra felicidad quiso el Señor trazar. Ella «antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza y de consuelo» (Lumen Gentium, 68). Lo antecede nada más: no lo suple, pero lo enardece cuando se presenta ante nosotros con esa certeza que nos llena de consuelo y de esperanza.

Todos tenemos en nuestra vida esa experiencia del límite, de tantas cosas que no logramos encauzar, ni que salgan a la luz desde todas nuestras tinieblas. Hay también límites que no están en nuestro interior, allí en donde el corazón y la libertad se deciden, sino más bien en las afueras de nuestra vida, en una sociedad que nos mira y nos escruta, y no siempre nos lo pone fácil para poder vivir en coherencia y en paz.

La Inmaculada no es un alibí que nos distrae de esta batalla interna y externa, sino el reclamo para seguir caminando con la humilde certeza de que la palabra última sólo le pertenecerá al triunfo de la bondad, de la belleza y de la verdad, es decir, al eterno proyecto de Dios que escribió pensando en nuestra felicidad.

Pero, además de esa última palabra y mientras llega, se nos ha querido confiar a nosotros esa otra penúltima que nos corresponde pronunciar. Debemos decir como mejor sepamos, una palabra de verdad, tanto más claramente cuando de la mentira se hace herramienta política y cultural, sembrando por doquier la confusión. Debemos decir una palabra de bondad, máxime cuando quienes quizás nunca la han conocido se empeñan en sembrar insidias, arrancar raíces de un pueblo, desenterrar viejos rencores, o imponer un modelo educativo con indebido intervencionismo aun a costa de mermar la libertad. Debemos decir también una palabra de belleza, porque es la que salvará el mundo, como decía el gran pensador ruso Pavel Evdokimov; una belleza que es gusto por la vida y respeto de todos sus tramos (desde la vida de los no nacidos a la vida terminal, pasando por la vida de quienes sufren mil agobios para sacarla adelante con dignidad), una belleza que es custodia del amor y la familia en sus verdaderas expresiones según el proyecto de quien somos imagen y semejanza, según el proyecto de Dios.

La verdad, la bondad y la belleza, que vemos realizadas en la fidelidad de María Inmaculada como una parábola sencilla de la nueva creación, esa que Dios ha soñado desde siempre para regalarnos como camino y como don. A María nos encomendamos en esta hora, que no sean nuestras pesadillas sino el mejor de los sueños de Dios, lo que nos permita vivir y convivir unidos, en este pueblo del que formamos parte de viejas raíces cristianas cuya unidad sin fisuras es no sólo un derecho que muchos reclamamos sino también un bien moral.

Pido al Señor que por intercesión de María Inmaculada nos ayude a ser preservados de cuanto pueda deshacer en y entre nosotros la verdad, la bondad y la belleza para las que hemos nacido. Que sea esto el precioso trabajo en este Adviento, para preparar con María y como Ella los caminos que frecuenta en nuestro tiempo, Dios.

El Señor os bendiga con el don de la Paz,

+ Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Jaca y de Huesca

1 comentario

  
JMPG
Gracias, D. Jesús. Una preciosa provocación para vivir la realidad cotidiana como adviento del Señor, como María, con María.
11/12/08 11:07 PM

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