Nuevos tiempos, nuevo ardor. Por Mons del Río Martín
El primer tercio del siglo XX, en el orden del pensamiento, estuvo marcado por el existencialismo, que llevaba en sí la huella del drama humano vivido durante las guerras mundiales. En el segundo tercio hacen su aparición el nacionalsocialismo alemán y el totalitarismo comunista del Este, que luego se exportará a otras naciones europeas. Los años posteriores serán los de la guerra fría y el miedo a la amenaza nuclear. Con la caída del muro de Berlín en 1989 y la crisis ideológica que conlleva, toma cuerpo la postmodernidad, con ella surge una sociedad no ya postcristiana, sino anticristiana, como lo demuestra el fenómeno de la cristofobia, al que venimos últimamente asistiendo
Si el existencialismo se preguntaba ¿qué es el hombre? El marxismo indagará en saber ¿para qué sirve el hombre? En cambio, la postmodernidad ni se interroga sobre el hombre, ni le interesa las respuestas que puedan ofrecerle los que ella, despectivamente, llama metarrelatos. Esta actitud supone la consagración del pensamiento de Nietzsche y su falta de esperanza, tras constatar el fracaso de Marx y la superación del análisis freudiano.
Para la Iglesia Católica, el s. XX lleva el sello de la sangre de los mártires y del acontecimiento que supuso el Vaticano II. Los primeros años del postconcilio se centran en la reforma exterior, con la ilusión de que, de ésta, nos viniera también la reforma interior. El Sínodo extraordinario de 1985 constató que dicho proceso no se había verificado de forma satisfactoria y animó, en la línea de los grandes reformadores de la tradición eclesial, a hacer una reforma de dentro hacia afuera.






