Homilía de Mons. Rouco para la Jornada de la Vida
Mis queridos hermanos y amigos
La vida es el don más precioso que ha recibido el hombre. Si se entiende esta palabra –vida– en toda la riqueza que contiene su significado, es el don sin el cual nuestra existencia –la existencia humana– no tiene el menor sentido. Sin vida y sin la vida el hombre quedaría condenado al absurdo. Sin vida el hombre se queda sin presente; pero, sobre todo, se queda sin futuro. Por ello, la vida plena se inicia en el tiempo cuando somos engendrados en el vientre de nuestra madre y tiende a durar más allá de la muerte, en la eternidad. Sólo cuando se vive en el espacio y en el tiempo, las coordenadas propias de este mundo, buscando y esperando la eternidad, la vida es la premisa “sine qua non” –sin la cual– no es posible hablar de felicidad. ¡Una vida a la vez física y espiritual! ¡Una vida, que aún pasando por el trance de la destrucción física del cuerpo humano, perdura en la feliz eternidad! La única vida verdadera es pues la que lleva en lo más íntimo de sí misma el fundamento y la garantía de esa eternidad: nuestro espíritu –el alma–, por una parte, y el Espíritu Santo, por otra, el que nos ha sido dado por la Resurrección de Jesucristo y que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Por el Bautismo hemos sido “sepultados con Cristo”, nos dice San Pablo, para “resucitar con Él”.
Hoy, III Domingo de Pascua, la Iglesia en España celebra la Jornada de la Vida, ya que la Solemnidad a la que los Obispos españoles han unido este día de la Vida, la Asunción del Señor el 25 de marzo, ha caído este año dentro de la Octava de Pascua providencialmente, porque nos permite comprenderla y valorarla en el marco celebrativo del Tiempo Pascual, el que más luminosamente nos recuerda y más íntimamente actualiza la verdad de la vida al hacer presente simultáneamente al protagonista único y al momento cumbre de la victoria definitiva de la vida sobre la muerte –sobre la muerte del alma, primero, y, sobre la muerte del cuerpo, después–, a saber: a Jesucristo, resucitado de entre los muertos verdaderamente con toda su humanidad, y a “su paso” por la terrible pasión y la muerte crudelísima de la Cruz, convirtiéndose de este modo por la oblación de su Cuerpo y de su Sangre en el autor definitivo de la vida plena y feliz: la vida eterna en la gloria del Padre por el don del Espíritu del Amor, el Espíritu Santo. Sí, Jesucristo es el Autor y Maestro de la Vida, el Autor y Defensor del mandamiento de la Vida, el Autor y Dador de la Gracia de la Vida. Su Evangelio es “el Evangelio de la Vida” como nos enseñó y proclamó nuestro inolvidable Siervo de Dios, Juan Pablo II, ante la dolorosa y dramática constatación de que en la sociedad de nuestros días había comenzado a propagarse una inhumana y desalmada cultura de la muerte, promovida por las fuerzas más poderosas del mundo, turbando y enturbiando la conciencia de muchos y a costa de la vida de los más débiles e indefensos.






