Dejar que la Iglesia sea la Iglesia.
“Hay que dejar que Dios sea Dios". Así clamaba, a caballo entre los siglos XIII y XIV, el Maestro Erckhart -dominico, filósofo, teólogo y místico alemán-, desde su cátedra de Teología en París -la Universidad más prestigiosa de su época-, que ocupó durante varios periodos. Era el consejo de un verdadero sabio, humana y espiritualmente hablando.
“Tenemos que dejar” que Dios sea Dios, y que su Iglesia sea su Iglesia, si queremos reconducir esta situación por la que está atravesando desde hace ya más de 50 años. Y que la pone en un dilema de extrema gravedad: o “ser” o “no ser".
Con san Juan Pablo II podríamos gritarle -como lo hizo él a toda Europa-: ¡Iglesia, “sé tu misma", “recupera tus raíces", “vuelve a ser tú misma"!
Que se ha perdido el norte, que es Cristo -su Palabra y su Vida- es algo tan evidente que no necesitaría ni comentario. Pero, para pisar sobre seguro, señalaremos algunos apuntes.
La descristianización del Occidente -del primer mundo- es ya casi, casi, un lugar común; pero no por eso deja de ser menos cierto.

En el horizonte de la “nueva pastoral” llevada a cabo por los “nuevos profetas” de la “nueva iglesia", el “fracaso matrimonial” -auténtico “caballo de Troya” para los “nuevos católicos venidos de más allá de las periferias", venidos del frío del “plan B” como vulgares espías, tras el divorcio del primer y único matrimonio-, se convierte en una “nueva categoría moral” -nunca vista por cierto hasta ahora en más de 2015 años de historia de la Iglesia- que, sobrepasando con mucho la norma que nace del mismo Cristo de la necesidad de la Confesión para acceder a la Comunión, “da", por sí misma, el “derecho a comulgar".
El «fracaso matrimonial» se ha convertido en «derecho a comulgar». Bueno, aún no se ha convertido; pero, por parte de algunos -Cardenal Martínez Sistach, padre Costadoat, etc.,- se está en ello, se «trabaja» para ello, y se quiere así. Incluso no dudan en afirmar, públicamente, que el Papa le va a dar el visto bueno: el «via», que dicen en italiano.
Decepcionante y trágico. Son los calificativos que, a vuela pluma, me suscita el no-comunicado de la Conferencia Episcopal Española (CEE), con su Presidente al frente y su vocero “el portavoz” de cara a las Elecciones Generales que acabamos de tener en España. El Presidente, ni una palabra al respecto; y su portavoz remitiéndose a anteriores y aviejados comunicados; con el añadido de que “hay partidos y partidos” -¡nivelón, Marañón!-: o sea que cada uno haga lo que le dé la gana, que da igual.






