León XIV nos ha visitado
«La caridad todo lo allana y lo lleva a los términos de la paz» (san Leandro).

La visita apostólica del Papa León XIV a España ha sido un momento de gracia y una llamada de Dios a seguir cada día en el camino de conversión que supone ser cristianos. Sus discursos y homilías nos pueden dar materia para la meditación y la reflexión personal y comunitaria.
En estos tiempos en los que tenemos la tendencia a la confrontación, a la división, incluso a la pelea, descalificando al que piensa o actúa distinto, hemos podido palpar la unidad del Pueblo de Dios, en torno al representante de Cristo, Buen Pastor.
Ya san Leandro, en su homilía del Concilio III de Toledo (año 589), publicada en este mismo blog, se alegraba de la unidad de los cristianos lograda por la conversión del rey Recaredo.
Cuando uno visita y lee artículos de opinión en páginas de información religiosa a veces tiene la sensación de que los católicos españoles somos pocos y muy mal avenidos. Críticas, descalificaciones, insultos, y actitudes por el estilo sobreabundan y alientan verdaderas barbaridades en los comentarios de los blogs.

En los actos de la visita papal en los que he participado y en los que he podido seguir por los medios de comunicación, he sentido la alegría de compartir una misma fe más allá de las diferencias. Hemos podido percibir la mentira de las posturas hipercríticas y su carácter minoritario. Aunque hagan ruido y resuenen sus voces en los altavoces digitales, son muy pocos en comparación con los muchos creyentes que hemos estado alrededor del sucesor de Pedro en estos días.
¡Y atención a las valoraciones que se hacen…! La soberbia infernal nos hace convertirnos en jueces de todos los actos organizados e incluso de las mismas palabras del Papa. Ya hay gente afirmando que tenía que haber dicho esto o lo otro, que sobraban estas palabras o que debía haber hecho o dejado de hacer… No es ese el camino de los santos de la época visigoda ni de ninguna otra. Con humildad y caridad, como nos dice san Leandro en la máxima que encabeza este artículo, con espíritu filial, acogemos las enseñanzas de León XIV y de sus predecesores para llevarlas a nuestra vida cotidiana.
Oremos por la unidad de los cristianos, por el Papa y por el fruto de su visita a nuestra patria. “¡Alza la mirada!“.

4 comentarios
Por un lado, tenemos a la izquierda más rancia, que llevaba años frotándose las manos pensando que la fe en España era cosa de cuatro gatos nostálgicos y que la Iglesia estaba arrinconada en el baúl de los recuerdos. Ver Madrid y Tenerife desbordados de jóvenes entusiasmados les ha sentado como un jarro de agua fría. Han tenido que tragarse sus propios manuales de sociología con patatas.
Pero es que, por el otro lado, el berrinche de nuestros 'puristas' locales no ha sido menor. Toda su narrativa tóxica y apocalíptica de que 'la Iglesia está destruida' y sus teorías de la conspiración de folletín se han desmoronado en tres días. Ver al Papa aclamado por el pueblo fiel, desbordando toda previsióm, , hablando de caridad con los inmigrantes y recordándonos el Evangelio puro y duro, les ha roto los esquemas. No saben ya qué inventar: que si el coche iba rápido, que si no miró a la grada derecha, que si los voluntarios tenían mejores sillas... ¡Unos niveles de pataleta infantil que rozan el arte cómico!
Al final, los extremos se tocan y se dan la mano: a ambos les molesta soberanamente que la Iglesia esté viva, que sea alegre y que no encaje en sus cuadriculados moldes ideológicos. Qué manera de ver cómo un tierno anciano de blanco, con un solo viaje, le ha dado un baño de realidad tanto a los que quieren sustituir la cruz por la hoz, como a los que confunden el altar con un club exclusivo de perfectos. ¡Menos vinagre en las venas y más alegría evangélica!!!
Si les soy sincero, yo también estoy soberanamente harto del relato de ciencia ficción que los enemigos sistemáticos del Novus Ordo intentan colarnos a diario. Nos venden una narrativa idílica y completamente falsa: según ellos, la misa de San Pablo VI está en decadencia absoluta mientras que las misas tridentinas desbordan un fervor brutal, con legiones de jóvenes desesperados por entrar a las que la 'malvada Roma' les cierra el paso. Es una mitología tan inflada como sus propios egos, y basta mirar la realidad para que el globo pinche por completo.
Menos lobos. Solo hay que darse una vuelta por las redes y los muros de los propios defensores de esta corriente para ver el baño de realidad. He estado observando las fotos que cuelga en Facebook uno de los comentaristas habituales de esta web sobre sus misas tradicionales: el aforo de la iglesia con suerte llega a un triste 20%. Lo mismo ocurre con el vídeo de la misa tridentina que el padre Ravasi acaba de subir a internet: en plena solemnidad dominical de Pentecostés, el templo no alcanzaba ni el 15% de su capacidad (vease el minuto 8 del video). Y si nos vamos a los testimonios de pueblos como Cadoz, los propios feligreses confirman que esas misas están crónicamente vacías.
¿Dónde están esas supuestas multitudes clandestinas? En ningún lado. Es una minoría ruidosa que utiliza la mentira y la manipulación estadística para buscar la confrontación constante dentro de la Iglesia y tratar de imponer sus ideas. La realidad de los bancos vacíos no miente. Ya basta de intoxicar y de inventar persecuciones épicas donde solo hay falta de público; la Iglesia real, viva y mayoritaria sigue rezando en paz sin necesidad de vuestras batallas culturales de teclado
Ese día no estaremos hablando de un evento humano más, sino de un estallido brutal de gracias sobrenaturales que desbordará por completo toda imaginación, tanto para España como para toda Hispanoamérica. Será el reencuentro definitivo de la Hispanidad con su raíz más sagrada.
Mientras algunos en este foro se ahogan en un vaso de agua, quejándose amargamente por los discursos de acogida, la Providencia sigue tejiendo su historia. La elevación a los altares de la Madre de la Hispanidad será un tsunami de fe tan inmenso que disipará de golpe toda esta narrativa tóxica, el pesimismo crónico y las ideologías baratas que intentan arrinconarnos. ¡Preparen los corazones, porque cuando el Cielo hable a través de Isabel, a muchos no les van a alcanzar las manos para taparse la boca!
"No me lo creo. No puede ser. Llevo diez años —diez años de tecleo incansable desde mi sofá, noches en vela desmenuzando cada coma de los documentos del Vaticano II— sosteniendo la misma verdad incontestable en mi blog. He escrito cientos de artículos argumentando que la Iglesia del Novus Ordo está clínicamente muerta, que la liturgia de Pablo VI es un páramo estéril que solo arrastra el vacío, y que la fe solo sobrevive en nuestro pequeño reducto, ese "resto fiel" que me lee religiosamente cada semana. Mis cien lectores habituales y yo éramos los guardianes del faro en mitad del naufragio total. Teníamos el diagnóstico perfecto.
Y entonces llega Roma a España, y todo mi armazón teórico se desmorona en tres días.
¿Cómo encajo esto en mis esquemas? Se se suponía que el colapso era inminente. Pero he visto las imágenes de Madrid y de Barcelona, y lo que he presenciado no ha sido el funeral de una Iglesia agonizante, sino un terremoto de fervor que me ha dejado paralizado frente a la pantalla. Millones de jóvenes —¡jóvenes, no ancianos nostálgicos!— llenando las calles, de rodillas ante la custodia, rezando con una piedad que no puedo negar sin mentirme a mí mismo. Y todo bajo esa misma liturgia que yo había decretado muerta y enterrada.
El zarandeo ha sido total. Mientras yo me ufanaba en mis posts de poseer la verdad en exclusiva desde mi trinchera marginal, la corriente viva de la Iglesia pasaba por mi puerta con la fuerza de un río desbocado. Esos jóvenes no parecían confundidos ni descarriados; estaban sedientos, fervientes y unidos en torno al Papa, ese mismo Papa del que llevo una década despotricando.
Me asoma un vértigo terrible. ¿Y si mi "resto fiel" no era la vanguardia de la resistencia, sino simplemente una torre aislada del mundo? Ver a esa juventud vibrar de esa manera me obliga a mirarme al espejo y hacerme la pregunta más dolorosa para un analista: ¿nos habremos equivocado? ¿Habremos confundido nuestra amargura y nuestros comentarios de apoyo con el latido real de la Iglesia de Cristo? El shock es inmenso, porque es el colapso de mi propia identidad digital.
¿Por qué la Providencia ha tenido latente, viva y escondida a esta ingente masa vital de jóvenes y familias, y por qué ha querido mantenerla rigurosamente a salvo de nuestras trincheras digitales?
Durante una década he intentado reclutar almas para mi cruzada de papel. Quería que se sumaran a mi indignación, que compartieran mi bilis contra la Roma actual, que engrosaran las filas de mi "resto fiel". Estaba convencido de que cualquiera que tuviera un mínimo de celo por la fe debía acabar firmando en la sección de comentarios de este blog.
Pero Dios tenía otros planes. Ha guardado a millones de jóvenes en un redil que yo despreciaba. Los ha mantenido puros, alegres, inmunes al virus de la amargura que a menudo infecta nuestros teclados. Mientras nosotros nos desgastábamos en la crítica destructiva y el aislamiento, el Espíritu Santo alimentaba en secreto un fuego gigantesco bajo la misma liturgia de Pablo VI que yo daba por estéril.
Es un misterio humillante. La Providencia no ha necesitado nuestros análisis apocalípticos para preservar la Iglesia en España. Al contrario: parece haber escondido a estos millones de almas de nuestros ojos para que no las contamináramos con nuestra tristeza. Ellos no han necesitado odiar el presente para amar a Cristo; les ha bastado con la obediencia, la comunión con el Papa y el fervor de los sacramentos.
Cierro esta entrada con el corazón encogido. Me toca admitir que la corriente viva de la Gracia es infinitamente más ancha, misteriosa y fecunda que los estrechos márgenes de mi blog. Dios escribe derecho con renglones que yo pretendía enmendar"
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