San Braulio de Zaragoza, consejero espiritual

San Braulio y san Isidoro

Braulio nació hacia el año 585 en el seno una familia hispano-romana de la provincia tarraconense, que era profundamente católica. Su hermano mayor, Juan, fue el primero en tomar el camino de la vocación religiosa, profesando los votos en el monasterio de “Santa Engracia y los Innumerables Mártires de Zaragoza”. Sus hermanos Fronimiano, Pomponia y Braulio siguieron su ejemplo. Basila, la hermana pequeña, contrajo matrimonio, pero al enviudar también marchó al monasterio del que su hermana era abadesa. Sus padres decidieron terminar los días de su vida entregados a Dios, como hacían algunos fervorosos cristianos en aquella época, y entraron en sendos monasterios, pero quiso la providencia llamar a Gregorio, el padre, a responsabilidades mayores, siendo primero ordenado sacerdote, y después elegido como obispo de Osma.

En la escuela aneja al monasterio de Santa Engracia, en la misma Zaragoza, ingresaron Fronimiano y Braulio. Recibió su primera formación de su hermano Juan, su maestro en la vida común, en la piedad y en la doctrina, que era el abad. Juan era un gran maestro tanto en las materias eclesiásticas como en las letras clásicas, y puso en práctica esta formación componiendo himnos y otros textos litúrgicos, y enseñando a los monjes y novicios, entre los que estaban sus hermanos. Con tan competente maestro logró Braulio adquirir una amplia formación, que se refleja en sus cartas, y como su hermano y maestro y su amigo Eugenio de Toledo, compuso himnos sagrados para la liturgia de la Iglesia visigótica.

La formación de Braulio llegó a plenitud en la escuela de san Isidoro de Sevilla. De alumno pasó a ayudante y amigo del anciano y renombrado obispo, al que sugirió que escribiera sus famosas Etimologías, a las que él mismo puso títulos y dividió en capítulos. Se conservan muchas de las cartas que intercambiaron a lo largo de los años en las que se enviaban o solicitaban copias de libros y algún otro obsequio, y planteaban situaciones de la Iglesia de su época o cuestiones teológicas.

Cuando Juan fue nombrado obispo de Zaragoza en el año 620, llamó junto a sí a su hermano para que le ayudara y acompañara, nombrándole algún tiempo después arcediano. Juan fue un gran conocedor y predicador de la Palabra de Dios, que prefería enseñar oralmente más que por escrito. Compuso melodías musicales para algunos textos del oficio divino, y su generosidad y caridad quedó en la memoria de los cristianos de su diócesis. En el año 631, al morir el obispo Juan, Braulio fue elegido como sucesor suyo y continuador de su tarea.

No habían transcurrido dos años desde que recibiera la mitra, cuando Braulio fue convocado al Concilio IV de Toledo. Allí tuvo la dicha de coincidir con su antiguo maestro. Debió ser la última vez que se encontraron el anciano Isidoro, en la cumbre de su prestigio y autoridad, presidente de la asamblea conciliar, y el recién nombrado y aún poco conocido obispo de Zaragoza. Al fallecer, tres años más tarde, el arzobispo de Sevilla, Braulio recogió, por sucesión natural, la herencia moral y el prestigio de san Isidoro, convirtiéndose en la primera figura de la Iglesia española.

Ya en el Concilio V de Toledo, tres meses después de la muerte de san Isidoro, fue el obispo de Zaragoza quien dirigió las deliberaciones y redactó los cánones acerca de la elección pacífica y segura de los reyes. Y, sobre todo, en el Concilio siguiente, VI de Toledo (año 638), el prestigio de Braulio brilló especialmente. No era metropolitano de ninguna provincia eclesiástica, y a pesar de hallarse presentes cinco de estos (Narbona, Braga, Toledo, Sevilla y Tarragona), él fue comisionado para contestar, en nombre de la asamblea de obispos de las Españas y de las Galias, a la queja del papa Honorio I contra los obispos españoles, por supuesta negligencia en la defensa de la fe.

El Concilio IV de Toledo había censurado en uno de sus cánones las conversiones de los judíos obtenidas por coacción. Esto provocó la queja del Papa, motivada quizás por una mala información o por una interpretación inexacta de la norma. Como portavoz de los obispos, Braulio respondió con decisión y libertad, a la vez que, con respeto y veneración al Pontífice, reconociendo el primado de la Cátedra romana. El prelado cesaraugustano afirmaba el derecho del Papa a interesarse por la actividad de todas las iglesias, pero alegaba que las propuestas que presentaba ya habían sido planteadas por el rey Chintila. Continuaba afirmando que los obispos hispanos no habían descuidado sus deberes, que la lentitud en las conversiones no era debida a descuido o miedo, sino que la causa era que a los judíos se les debía convencer mediante la predicación, y por tanto no eran justas las críticas. Braulio remitía al Papa copias de las actas del Concilio y de los diez cánones dedicados a los judíos en el IV Concilio Toledano. Aconsejaba al sucesor de Pedro no dejarse engañar por falsos rumores, y explicaba que los obispos hispanos no habían dado crédito al rumor de que el Papa autorizaba a los judíos conversos a volver a su religión. También exponía que ningún hombre, por grande que fuera su delito, debía ser castigado con penas tan severas como las que proponía el Papa, que además eran contrarias a las leyes existentes en la Hispania visigoda, a los cánones de los Concilios y al mensaje del Nuevo Testamento.

Probablemente por enfermedad, san Braulio no asistió al Concilio VII de Toledo, que fue presidido por Eugenio, arzobispo de Toledo, amigo suyo y su antiguo arcediano en Zaragoza.

La posición e influencia preeminentes de san Braulio en la Iglesia visigótica española perdurarán ya hasta su muerte. A él acudirán de todas partes, y las personas más ilustres, en busca de consuelo, de consejo y en demanda de soluciones para dudas o cuestiones teológicas, bíblicas, canónicas y litúrgicas. Además de su correspondencia, se conserva la Vida y milagros de san Millán1 que escribió sobre este santo ermitaño.

En sus últimas cartas hablaba con frecuencia de la debilidad de sus fuerzas, de su inutilidad, de sus preocupaciones y contrariedades, compañeras inseparables del cargo pastoral, pero más sensibles cuando las energías corporales se van perdiendo, de sus achaques, especialmente su falta de vista, cansada por la lectura asidua de códices. En su última carta dice: «esperando estoy cada día el fin de mi doliente condición mortal», cosa que se cumplió el 18 de marzo del año 651, cuando fue llamado a la Gloria celestial.

Su fiesta se celebra el 26 de marzo.


1) https://www.vallenajerilla.com/berceo/braulio/braulio.htm

1 comentario

  
M. V. Mena
Gracias, me ha encantado el artículo.
En la actual basílica parroquia de Santa Engracia, en Zaragoza, se celebra la misa en Rito Hispánico en honor de San Braulio el día de su fiesta.
También se celebran en el rito Hispánico la fiesta de Santa Engracia y sus dieciocho Compañeros Mártires el 3 de noviembre, y la Fiesta de Santa María el 18 de diciembre. No he encontrado otra liturgia que eleve tanto el espíritu como esta, bellísima y profunda.
Demos gracias a Dios por todos aquellos que nos la dejaron como legado.
05/11/23 11:04 PM

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