Jacopo de Benedetti (II)



Jacopo de Benedetti nació en 1228 en la ciudad de Todi, en Perugia, Umbría, en el Ducado de Spoletto que Otto de Brunswick había entregado a Inocencio III en 1213. Desde entonces fue gobernado por cardenales en nombre de los Estados Pontificios.

Jacopo pertenecía a la noble y acomodada familia de los Benedetti. Fue un muchacho de inteligencia despierta e inquieta. Estudió Derecho en la Universidad de Bolonia y ejerció con gran éxito, aunque algunos dicen que con notable avaricia, como notario en su ciudad natal. Todi contaba en 1290 con unos 40.000 habitantes.

Su vida de soltero, llena de lujo y fiestas, terminó el día que se enamoró apasionadamente de Vanna, la joven y piadosa hija de Bernardino de Guidone, conde de Coldimezzo. Su amor fue felizmente correspondido. La pareja se casó en 1267 en “il Duomo”, la catedral gótica de planta de cruz latina “Santa Maria Assunta” de Todi, reconstruida a causa del pavoroso incendio que en 1190 la había destruido casi por completo.

Una año después, en 1268, se celebró una gran fiesta en Todi. Entre los espectadores estaba la mujer de Jacopo ricamente ataviada. De repente, la plataforma elevada desde la que estaba presenciando el espectáculo, deteriorada por la lluvia que había estado cayendo los días anteriores, se derrumbó, aplastándola fatalmente. Cuando Jacopo llegó a su lado, Vanna ya estaba agonizando. Al abrir su vestido para facilitarle la respiración, vio que llevaba un cilicio.

La piadosa Vanna no le había dicho nunca nada. Jamás le había hecho un solo reproche. Pero Jacopo sabía perfectamente que lo único que había impedido a su mujer ser totalmente feliz durante aquel año de matrimonio era su falta de piedad, su cínico rechazo de cualquier asunto relacionado con la Iglesia y con la fe. Como notario, conocía perfectamente los enredos terrenales de una parte del clero.

Llegaron y pasaron en tropel los gritos y los llantos, el duelo y el entierro. Al final, llegó el silencio.

Ahora Jacopo se daba cuenta de todo. De cómo Vanna había ofrecido sus sufrimientos para lograr su conversión. De cómo, quizá, la petición de su esposa, la misericordia de Dios y su propia testarrudez habían “provocado”, a través de la Divina Providencia, la desgracia.

No le cupo la menor duda de que ella le estaba viendo desde el Cielo. Tampoco le debió caber la más mínima duda de que para ella no existiría el verdadero cielo hasta que él eligiera el camino de la Salvación. Debió ser entonces cuando comprendió que la única forma de poder volver a estar junto a ella era yendo donde estaba. Yendo al Cielo.

Algo se había “roto” dentro de Jacopo. Nada volvería a ser igual. No le había quedado ni siquiera el consuelo de un hijo o de una hija. ¿Para qué servían todas sus riquezas y honores? Para nada. ¿Qué sentido tenía ya la vida para él? Ser para la muerte. Pero la muerte no le iba a devolver a Vanna. Así que se preparó para ir a buscarla a la Vida.

¿Cómo?

Esa es una historia que contaré otro día.


TODI:
Vista general (1)
Vista general (2)
Vista general (3)


IL DUOMO DI “SANTA MARIA ASSUNTA” DI TODI:
Fachada y “Piazza dei Poppoli", s. XVI
Altar mayor, s. XIII (1)
Altar mayor, s. XIII (2)
Entrada, s. XVI (1)
Entrada, s. XVI (2)

5 comentarios

  
Camino
Interesa, interesa. A ver cuándo aparece "el hato" de Jacopone.
17/11/08 8:40 AM
  
Bruno
Interesantísimo. Sucedió hace más de mil años, pero, en lo esencial, podría haber sucedido ayer. El ser humano sigue siendo el mismo.
17/11/08 11:07 AM
  
Apolinar
podría haber sucedido ayer... excepto por lo del cilicio, estimado Bruno. Por desgracia, no tiene precisamente buena prensa la mortificación entre muchos católicos. La mayoría de las veces es vista como una práctica exagerada, oscura y degradante, en vez de como un pobre intento de manifestar al Señor el dolor por nuestros pecados. De hecho, sólo cuando se quiere denigrar a una orden o a un movimiento cristiano se hace alusión a cilicios o disciplinas en determinado periodismo religioso. Claro que, si ni siquiera tiene buena prensa una recta vida de piedad, no es nada extraño que la mortificación sea vista como un síntoma de alienación religiosa humillante.
Eso sí, si el tipo que se mortifica es budista o tiene cierto rollo oriental, la mortificación es entonces vista como una manifestación de elevada espiritualidad, de abnegado y sabio seguimiento del tao o de pericia en las artes marciales, que mola más.
17/11/08 12:02 PM
  
fernando
Preciosa historia y llena de amor.
Cierto lo pendular que es la historia, y como no, influye en el hecho religioso, a mayor laxitud moral, menor "calor espiritual", lo sencillo que es ver el Amor en la cruel pero real imagén de Cristo en la cruz, que muere para rescate de los que le hemos llevado a esa cruz.
De abortistas, etarras, pedófilos,violadores,asesinos... y yo mismo.
O viendola te remueve las entrañas y te conviertes o te parece una necedad o un escándalo.
Que sigamos mareando la perdiz, sobre como mostrar que somos cristianos, como evangelizar...
Acaso la Cruz no es el Sacrificio Supremo, y los sacrificios no son politicamente correctos ahora.(que listo es Sátanas)
17/11/08 3:05 PM
  
Miguel Serrano Cabeza
_Camino:

Gracias por tu comentario.

El "hato" de Jacopone es pura invención. Aunque, con toda seguridad, Jacopo lo usó. Y aparecer, Dios mediante, aparecerá.

_Bruno:

El ser humano siempre es el mismo.

La "fuente" Yahwista del Pentateuco narró 10 siglos antes de Cristo la "evolución" de la fe de Abraham 20 siglos antes de Cristo.

Dios es el mismo. Sigue saliendo a nuestro encuentro. Sigue esperando que nos convirtamos a Él. Y nosotros, ahora como entonces, nos seguimos resistiendo.

_Apolinar:

¡Cuánta razón tienes!

La mortificación está muy bien vista cuando se trata de lograr un objetivo "estético" como perder peso o ganar músculos, cuando se trata de entrenar o competir en celebraciones deportivas, o cuando se trata conseguir dinero, poder, o ambas cosas a la vez.

No está del todo mal vista cuando budistas, árabes o hebreos realizan sus respectivos ayunos o comidas rituales.

Sin embargo está muy mal visto que un cristiano ayune, haga penitencia o se mortifique para humillarse ante Dios Todopoderoso. E, increíblemente, donde peor visto está es entre ciertos grupos de creyentes y pastores.

_Fernando:

La Historia, más que sometida a movimientos cíclicos o pendulares, creo que va dando bandazos. Y la Historia de la Iglesia no es una excepción.

El último bandazo ha llegado con el hábito intelectual de expresar "à la Nouvelle Théologie" el Magisterio de la Iglesia. Se trata de un estilo adoptado para adaptar la forma, que no el contenido, del mensaje de Cristo al Pueblo de Dios en estos tiempos "modernos".

El problema es que no todo el Pueblo de Dios está doctorado en Teología por la Gregoriana y, claro, "tendemos" a interpretar un poco demasiado "al pie de la letra" las expresiones usadas en este estilo "moderno".

Vamos, que hay muchos fieles que, por más que leen, sólo entienden lo que leen. No entienden lo que debe entenderse a la luz de una recta interpretación hermenéutica de continuidad con la Tradición, tal y como tantas veces nos ha advertido ya su santidad el Papa Benedicto XVI.

Malo es que la Teología parezca accesible pero que, contrariamente a esa apariencia, siga siendo tan difícil de entender como lo ha sido siempre. Pero peor aún es empeñarse en sostener doctrinas heréticas a causa de la falta de humildad necesaria para reconocer que no se sabe qué es exactamente lo que dicen algunos textos.

Con el "olvido" de doctrinas por parte de aquellos empeñados en lecturas demasiado "literales", ha llegado también el "olvido" de las prácticas de piedad con las que solían ir asociadas.

Una de ellas es la mortificación.
17/11/08 5:23 PM

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