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22.12.08

Diálogo sobre la memoria histórica

El Papa admira a los arqueólogos cristianos, que estudian los restos de la vida eclesial. Me parece muy interesante este discurso de Benedicto XVI dirigido el pasado sábado a los profesores y alumnos de la Escuela Pontificia de Arqueología. He pasado el día en una biblioteca monástica. Buscaba una obra difícil de encontrar en el mundo editorial. En el silencio oí que hablaban dos personas en un tono poco habitual en una biblioteca. Levanté los ojos uno era el hermano encargado del servicio a los visitantes a aquel templo del saber. El otro era un profesor de una universidad catalana, de origen madrileño, con quien me una vieja amistad.

Me acerco, le saludo, y le invito a dialogar en el pasillo. Le destaco estas palabras pontificias: “El estudio arqueológico se propone hacer conocer los monumentos paleocristianos, en especial de Roma pero también de las otras regiones de la antigüedad cristiana y de sus memorias históricas”.

El profesor Ruiz Soler responde que está de acuerdo con Benedicto XVI, pero que aprecia mucho más las palabras que después dijo a los investigadores de la arqueología cristiana. Insiste en cómo el Papa habla de la arqueología sin alma y la arqueología con alma teológica. Es decir, la ciencia que sabe leer los vestigios puramente históricos y nada más; y la ciencia que sabe tener ver los restos y su mensaje teológico para todos los tiempos.

Este amigo aporta las mismas palabras de Benedicto XVI: “En efecto, como bien sabéis, no es posible una visión completa de la realidad de una comunidad cristiana antigua o reciente que sea, si no tiene en cuenta que la Iglesia se compone de un elemento humano y de un elemento divino. Cristo, su Señor, habita en ella y la ha querido como comunidad de fe, esperanza y de caridad en este mundo como organismo visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia”.

A partir de aquí hemos concluido nuestro diálogo cómo los cristianos y los investigadores de la arqueología cristiana siempre disponen para el estudio de la memoria histórica de la Iglesia primitiva la capacidad de transmitirnos o la existencia de unas piedras, unas ruinas, unos yacimientos, desde donde se lee la vida de la comunidad eclesial de aquellos siglos remotos en toda su riqueza de expresión teológica, moral y comunitaria.

Mi amigo y yo sentimos recelo de los tantos investigadores de la memoria histórica amparados en la ley española de esta índole, aprobada hace unos meses atrás, que buscan y rebuscan datos, científicamente difíciles de comprobar y de un alto coste económico salido de lo bolsillos de todos nosotros, para no llegar a ninguna conclusión. O como mucho para seguir enfrentando a los españoles de un bando y otro de aquella guerra incivil de los años treinta del siglo pasado.

Seguimos creyendo que en vísperas navideñas es mejor zambullirse en el silencio de las obras monacales de una bellísima biblioteca, que perder el tiempo en algo pasajero fruto de la ignorancia histórica.

Tomás de la Torre Lendínez

Un niño busca familia

Me encuentro con un grupo de catequistas de una parroquia de fuera de Andalucía. Por la cercanía de la Navidad tienen en una pequeña fiesta. Uno no de los catequistas de origen andaluz me cuenta cómo un niño de su grupo le narraba su experiencia familiar. Le dijo el niño por escrito lo siguiente:

“Hasta hace poco vivía con mi padre y mi madre, mis dos hermanos y mi hermana. Formábamos una familia. Pero todo se rompió, mi padre nos dejó. Ahora hay un hombre que acaba de llegar a casa y con frecuencia vienen otros dos niños, que mi madre se empeña en que son mis hermanos, pero, ni los conozco ni me caen bien, porque me revuelven todas mis cosas y se meten en todo.

Este hombre empieza a dar órgenes y gritos, por lo que mi hermano el mayor se fue de casa, y tanto mis hermanos como yo andamos asustados. Ya nadie se quiere y todos comienzan a vivir para su provecho y su antojo. Yo recuerdo lo que hace tiempo fue mi familia y ésto no se parece en nada.

Allí solo hay voces, peleas y música a todo gas y quieren que estudie y se empeñan en que sea aplicado en la escuela. Mi maestro siempre me pregunta si he estudiado, si he dormido, si como bien, y yo siempre procuro darle largas a sus preguntas. No sé que decirle.

El otro día hablábamos en la catequesis sobre la familia. Cómo hay un padre y una madre que se aman, que se quieren y se preocupan de sus hijos. Que hogar significa alegría, unión, donde todo se comparte y todos se ayudan.

Si la familia es esto,¿por qué yo no tengo familia?. Me gusgaría tener mi casa y mi familia como antes.".

Tras, el diálogo mantenido con el catequista, me quedo pensando la cantidad de familias rotas que estas fechas navideñas hacen por aparentar, sonríen de compromiso, y solamente saben pasar estas solemnidades como la etapa más triste del año.

Y más, todo esto y muchos motivos nos obligar a estar el domingo próximo en la plaza de Colón para rezar juntos por todas las familias de España.

Tomás de la Torre Lendínez