El añadido posterior, el papiro copto y ahora el sermón anónimo
La doctrina de la Iglesia es la que es, la tradición es la que es, y lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos es lo que es. Y punto. Pero hay gente que no se resigna, y ante la solidez del evangelio, la unanimidad de los padres, la claridad del catecismo y la ausencia de nada sólido en contra, no encuentran otra forma de sostenella y no enmendalla que inventar añadidos, descubrir documentos secretos, reinventar palabras y manipular textos.
En este momento lo que más molesta en un amplio, amplio sí, sector de la Iglesia, es la divinidad de Jesucristo. Evidente. Si Cristo no es Dios, su palabra es relativa, los preceptos opinables, el evangelio una intención, el cielo algo para construirse en la tierra, y la vida eterna una nebulosa entre nirvana oriental, reencarnación probable, fusión con el infinito y disolución energética. Sin problemas. Toca diluir la divinidad de Cristo. Negarla abiertamente no, que se nota mucho. Basta diluir, sí pero bueno… y ya tenemos el resquicio.

Algo estudié de pedagogía y algo de programación por objetivos. Tengo entendido que lo interesante es tener un gran objetivo general, y luego objetivos parciales, medios, estrategias, evaluación y corrección de errores. No sé si técnicamente es muy perfecto, pero yo creo que se me entiende.
Me contaban no hace mucho que, en una diócesis española, de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque me acuerdo muy bien, ha sido vetado por la superioridad un sacerdote como predicador de una novena por el hecho de que ese sacerdote “no respeta al papa, habla en contra del papa”. Al sacerdote, por cierto, no se le puede reprochar nada en ortodoxia o liturgia. Todo lo contrario. Si acaso, demasiado ortodoxo. Pero… parece ser que no es entusiasta “francisquista”, y eso hoy se lleva mal.
NOTA PREVIA:
No me gusta cuantificar el trabajo en la parroquia por horas. Alguna vez he contado que, cuando me viene un compañero nuevo para incorporarse al trabajo pastoral, me lo llevo al parque, que está en un alto, le enseño el territorio de la parroquia y le digo: toda esa gente que vive ahí, nuestros feligreses, es cosa nuestra que vivan en este mundo con dignidad material y moral y que después de esta vida lleguen al cielo. Dicho esto, no me preguntes por horarios.





