Homilía. Domingo XXI A: Rezar por el papa
Nos movemos, la gente se mueve, entre la más absoluta papolatría según la cual todo lo que dice el papa es la Palabra de Dios y el desprecio a la figura del pontífice convirtiéndolo en uno más dentro de la Iglesia, cuando no un sospechoso de un antievangélico vivir.
Cambian las tornas. Los más relativistas de papados anteriores hoy son francisquitas y papistas más que nadie. A su vez, se acusa a los grandes defensores de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI de ir hoy contra Francisco. Mal asunto en uno y otro caso, porque no se trata de si soy de Francisco, de Benedicto, de Juan Pablo, de Pablo, de Juan, de Pío, de Leon… sino de comprender qué es la figura del papa y cuál su misión.

Mantener un blog para escribir cada mañana que Dios es bueno, que es un gozo saludar la novedad novedosa de la creación en el amanecer cotidiano, que la solidaridad con el hermano nos hace libres, que la misericordia ha de guiar nuestros pasos y que es necesario apostar por la libertad y la creatividad en el seguimiento de Cristo, no solo es inútil, es una gilipulluá y, peor aún, un engañabobos que puede hacer creer a la gente que el camino de Cristo es algo así como una comuna hippie rediviva que se abraza entre “Imagine” y “Yo tengo un amigo que me ama”.
Parece ser que con el rey Fernando III, el santo, san Fernando, hubo un lugarteniente llamado Alonso Guadalix y que él solito acabó con cinco moros. De ahí que el escudo del apellido Guadalix vaya orlado con cinco cabezas de moro, las mismas que cortó en su día don Alonso.
No hay duda de que las lecturas de este domingo apuntan a la necesidad de comprender que la fe en Cristo no es algo exclusivo de una raza, una cultura, una forma de entender la vida. La clave de la fe no es el lugar de nacimiento, la descendencia de Abraham, la tierra de Israel. Judíos y gentiles llamados a ser de Cristo.