Vaticano III o Trento II
No sé los años que algunos llevan pidiendo un Vaticano III. Tampoco sé muy bien para qué. Si de lo que se trata es de libertad para que cada uno haga lo que quiera y se organice como le parezca, eso ya lo tenemos. Estamos instalados en la Iglesia del “depende” en la que lo único fijo son los horarios de misas y casi que tampoco.
A mi modo de ver la Iglesia hoy padece dos gravísimos problemas, posiblemente más relacionados entre sí de lo que nos parezca.
Uno de ellos es el del acomodamiento al mundo. Nos hemos dejado comer la moral, vivimos pidiendo perdón por nuestras maldades y avergonzados de nuestra fe y nuestra historia. Basta que dos inútiles nos mienten las cruzadas o la evangelización de América y corremos a esconder las supuestas vergüenzas. Nos han soltado a la cara no sé cuántas veces que somos malos, muy malos, y nos lo tragamos sin anestesia.

Lo vemos y lo decimos todos, pero no cabe duda de que tiene especial importancia que lo afirme y reconozca nada menos que el obispo portavoz de la Conferencia Episcopal, monseñor Luis Argüello, durante un desayuno con el Nueva Economía Fórum.
Parece que aquí todo quisqui va mostrando las cartas, la patita, las intenciones y el traspuntín. Hasta ahora, con disimulo, ahora, a pecho descubierto y calzón quitado.
Hay que jorobarse lo que le hace pensar a uno algo tan simple como limpiar el coche. Esta mañana he dedicado un ratito a esta tan humilde como necesaria tarea de adecentar el vehículo ¡incluso por dentro!, que el polvo se mete por todos los rincones.





