Horas de confesionario
Una experiencia nueva, porque en los pequeños pueblos de la Sierra el tiempo era justo y los penitentes más bien escasos. Ahora en Miraflores estamos dos sacerdotes y la asistencia a las misas es mucho más que aceptable. El párroco me ha pedido que los fines de semana celebre las misas de la tarde del sábado y domingo. Perfecto. Las dos misas de la mañana del domingo suele celebrarlas él y un servidor aprovecha para pasar la mañana en el confesionario.
Cosas que uno va constatando:
La primera es que la gente se confiesa, y se confiesa más en la medida que hay facilidades para ello. No me aburro en el confesionario. No faltan penitentes.
Es muy interesante descubrir un cierto retorno a las cosas de la fe. Personas alejadas por el motivo que sea, a veces hablamos de años, y que un día dan el paso de acercarse al sacramento de la reconciliación.
También estoy descubriendo cuánta sed de Dios hay en el mundo. Sed de Dios y sed de volver a lo de siempre. Personas que se acercan, en confesión o fuera de ella y que te preguntan por cosas tan sencillas como dónde conseguir un rosario y si podemos enseñar a rezarlo -en la parroquia se reza cada tarde-, si podemos facilitar las oraciones básicas o qué es eso de la adoración al Santísimo.
Dicen que se está dando una vuelta hacia el catolicismo. Es la impresión que yo tengo, pero lo que me resulta especialmenter interesante no son los casos de jóvenes, que de hecho se dan también en Miraflores, sino adultos que vivieron la fe de niños, la abandonaron durante años y hoy, miren por dónde, la están redescubriendo con una fuerza increíble.
El estar no solo disponible para confesar, sino físicamente en el confesionario, es una llamada: “hace tanto que no me confieso, pero le he visto aquí y me he dicho…” Para mí es una gracia poder estar tiempo en el confesionario. Los días laborables suelo llegar a la iglesia con mucho tiempo de antelación a la hora de misa y también es un tiempo de disponiblidad. Es oportunidad para la gente y es una magnífica escuela sacerdotal para uno mismo.
15 comentarios
La muerte del redentorista Patricio Sánchez --aplastado durante la oración de los fieles por el crucifijo del ábside, después de una homilía sencilla en la que recordó lo inevitable de morir-- me ha dado mala noche. ¿Puede alguno de ustedes decir algo?
No es para echar la bronca a nadie, pero quizá una corrección fraterna por parte del señor obispo vendría bien en algunos casos. Echo de menos buzones en el atrio del templo donde los fieles que lo deseen, o que lo necesiten puedan manifestar al obispo algunas cosas que ellos consideren oportunas en temas variados. ¿Se puede hacer directamente? Si, con nombre y apellidos. Para el resto de opciones estaría el buzón al obispo.
Tengan en cuenta que los fieles podemos cambiar de confesor, incluso podemos cambiar de parroquia, el beneficio del buzón no sería solo para los fieles. Algún voluntario que colabore con el obispo para discernir aquello que crea importante poner en consideración del obispo. Creo que no es difícil. Recordemos que al que mucho se le dio, mucho se le pedirá.
Una anécdota. Hace años fui a la catedral, reinando Rouco, en busca de confesión. No había nadie confesando. Fui a la sacristía. Y quien me atendió, muy amablemente me dijo que fuera a San Miguel o a Caballero de Gracia. O sea, dos lugares en los que los curas (del Opus Dei) tienen HORARIO de confesión.
Fastuoso. La mayoría de las parroquias tiene en sus webs que se confiesa media hora antes de la misa. Es casi siempre mentira. Además, en la mayoría de los casos en que eso se cumple, los curas confesadores suelen tener más peligro que una piraña en un bidé.
Lo dicho. Confesión y comunión: penitencia y misa. No hay más. Ni sinodalidad ni leches.
El sacerdote no me dejó exponer mis pecados sino que me hizo un interrogatorio sobre un mandamiento concreto.
¡Malditos sacerdotes que desprecian este santísimo sacramento que el amor de Dios nos entregó por la pasión y muerte de Jesucristo!
Así de sencillo es, pater.
Dios le bendiga.
Ave María.
No es usted el único que ha tenido una experiencia espantosa al confesarse.
Ahora ya menos
Pero hace años ir a confesarse era frecuentemente someterse a un interrogatorio incomodísimo y duro
El Papa Francisco ( muchos de los que escriben aquí no lo admiran; lo sé. Pero yo le tengo cariño y mucho respeto. Pero eso no viene a cuento) decía que el sacerdote no debe convertir la Confesión en una tortura . Lo primero que tiene que hacer un buen sacerdote, es saber que él mismo es muy probable que haya hecho muchos pecados. No es un ángel inmaculado. Es humano.
Pero en ese momento, es el representante de Jesús que no era precisamente duro y frío con el pecador.
También debe el buen sacerdote despojarse del papel de juez frío implacable y hostil y antipático
Las instrucciones que dio Francisco a los "confesores de la misericordia"....creo deben ser la manera de actuar de cualquier sacerdote cuando un pobre infeliz ( todos lo somos ) se acerca a reconciliarse con el Señor
1)Numero
2)Especie
3)Circunstancia.
Suelo confesar entre 13 a 14 horas semanales y se porque lo digo.
13 - 14 horas confesando a la semana. Eso no le da vía libre a usted para decir que escribo desde la ignorancia.
¿ Juicio y no terapia ??? JUCIO SÍ ; ¿pero qué tipo de juicio? Creo que el sacerdote que confiesa debe tener presente la actitud que tuvo el padre del hijo pródigo
¿ Jucio ? Llamele usted como crea oportuno. Yo le llamo actitud del pecador de saber sus fallos y actitud del sacerdote ( representante de Cristo ) de perdonar con el afecto y delicadeza con que Jesús trató a pecadores.
¿Tortura la Confesión? Creo que así lo han sentido muchos y como esa sensación es subjetiva, si así lo han experimentado y lo ha sabido el confesor, me pregunto si no sería bueno que el sacerdote confesor leyera con atención todo lo que el Santo Padre Francisco dijo sobre el sacramento de la Reconciliación. TODO.
No son las "formalidades" las que salvan. La confesión no es para poner obstáculos sino para ayudar a quitarlos. Eso pienso yo. Y la parábola del hijo pródigo está al fondo del asunto.
Ave María
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