Concubinato y sacramentos
La unión por simple matrimonio civil tiene entre los católicos un apelativo que no es agradable: concubinarios, arrimados o amantes de la ilegalidad. Hay quienes evitan emplear el término concubinato y prefieren llamarlo situación matrimonial irregular. El Concilio Vaticano II lo llama amor libre.
El problema de la cohabitación es muy complejo, porque pueden intervenir muchos elementos, de diversa índole.
En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles situaciones —económicas, culturales y religiosas— en cuanto que, contrayendo matrimonio regular, quedarían expuestos a daños, a la pérdida de ventajas económicas, a discriminaciones, etc. En otros, por el contrario, se encuentra una actitud de desprecio, contestación o rechazo de la sociedad, de la institución familiar, de la organización socio-política o de la mera búsqueda del placer. Otros, finalmente, son empujados por la extrema ignorancia y pobreza, a veces por condicionamientos debidos a situaciones de verdadera injusticia, o también por una cierta inmadurez psicológica que les hace sentir la incertidumbre o el temor de atarse con un vínculo estable y definitivo. En algunos países las costumbres tradicionales prevén el matrimonio verdadero y propio solamente después de un período de cohabitación y después del nacimiento del primer hijo (Familiaris consortio, nº 81).

En el Continente descubierto por Colón, las expresiones religiosas, aunque no pueden universalizarse tenían algunas características que son ciertamente especiales:
Hay muchas personas que parecerían vivir en el Limbo, y se extrañan de que existan sectas diabólicas que tienen permanente contacto con el diablo, y que verifican funciones religiosas en las que invocan la presencia y la actividad de Satanás. Alguien me dijo lo siguiente: Es que yo pensaba de que todo lo que se refiere a Satanás es simplemente un argumento para mover a los cristianos a huir del pecado.



