La hora de los laicos (2) - Grandeza del laico

A la luz de la Exhortación apostólica Christifideles laici

Los padres sinodales después de haberlo discutido, tanto en el aula como en los círculos menores, presentaron al Sumo Pontífice, los documentos utilizados durante la preparación del Sínodo, y en los trabajos sinodales, a saber, lineamentos, instrumentos de trabajo, relación introductoria, intervenciones de cada uno de los obispos y de los auditores seglares, así como las síntesis de las ponencias y discusiones en los círculos menores, junto a una lista de proposiciones.  Quince meses después de la verificación del Sínodo, el Papa recogiendo todas las propuestas y conclusiones promulgó la Exhortación apostólica Christifideles laici, en la que se anunciaba la constitución de una comisión para examinar todas las cuestiones referentes a los ministerios laicos (n 23) y la preparación a cargo del pontificio Consejo para los laicos de un elenco de las asociaciones que tienen la aprobación oficial de la Santa Sede (n 31).

Tres claves de lectura emergen de la Exhortación apostólica:

  1. Clave bíblica: la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20, 1ss), que se refiere a la misión en el mundo, y la comparación de la viña (Jn 15, 1-9) en relación con la dimensión interna y mistérica de la identidad de los fieles cristianos.
  2. Clave teológica: la eclesiología de comunión, que constituye el “nudo gordiano” del documento.
  3. Clave pastoral: una nueva evangelización destinada a la formación de comunidades eclesiales maduras.

EL LAICO CATÓLICO: DIGNIDAD, URGENCIA, POTENCIA

OBREROS CONTRATADOS

Vino el dueño de la mies, Cristo, a buscar operarios. Los halló en diversas ocasiones, y los envió a su parcela. Peones con una mi­sión recolectora, como antes habían verificado la siembra y la planta­ción. Obreros imprescindibles, so pena de que se marchiten y pudran los frutos. Ya el Concilio Vaticano II habla conminado a los laicos, a que respondieran con ánimo generoso y prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con mayor insistencia.

En el Sínodo, los laicos participantes cantaron su cada vez más estrecha colaboración con la Jerarquía:

por el nuevo estilo de colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por la partici­pación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis; por los múltiples oficios y tareas confiados a los fieles laicos y asumidos por ellos; por el lozano florecer de grupos, asocia­ciones y movimientos de espiritualidad y de compromiso laicales; por la participación más amplia y significativa de la mujer en la vida de la Iglesia y en el desarrollo de la sociedad.

Son logros positivos que patentizan una mayor apertura en la Jerarquía y sacerdocio para la responsabilidad propia de los laicos, y una más viva conciencia de los laicos para pertenecer substancialmente a la savia.

No fue fácil obviar los dos abismos que insinúan engullir al lai­co:

la tentación de reservar un  interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuente­mente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilida­des específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político, lo que significa que se han pasado de raya en su entu­siasmo, con el absentismo de sus propios fundamentales deberes de ciudadanos; mientras la otra sutil tentación desea legitimar la in­debida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evan­gelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas (n° 2):

el peligro latente de la mentira de la vida con la conducta doble de la bella del día y de la noche.

SITUACIONES Y TAREAS PROPIAS

La viña del Señor no es estática: crece, se desarrolla, está amenazada de padriscos y animales destructores. El laico tiene su propia labor:

Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, redaman hoy, con fuerza muy par­ticular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpa­ble. A nadie le es lícito permanecer ocioso.

La situación del mundo se ha complicada y agravado desde las soluciones del Vaticano II. Jesús urge su llamada al laico, desea comprometerle, ya que las amenazas a la viña son temibles: 1) indi­ferencia religiosa y ateísmo; 2) desprecio de Dios: el hombre se olvi­da de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar a los más diversos ídolos; 3) secularismo personal y comunitario; 4) descristianización de los ambientes de antigua tradición cristiana.

Como paradoja,

el mundo actual testifica, siempre de manera más amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y trascendente de la vida, al despertar de una búsqueda religiosa, el retorno al senti­do de 4o sacro y a la oración, la voluntad de ser libres en el invocar el nombre del Señor (4).

En este caldo de cultivo se precisa la figura investigadora, orientadora, impulsora, edificadora del laico.

DIGNIDAD DE TODA PERSONA

Es la base de todo proyecto divino. Pero dicha dignidad es vio­lada, al no ser reconocida y amada en su dignidad de imagen vi­viente de Dios. Violaciones multiplicadas de la vida, de la integridad física, de la casa, del derecho al trabajo, de la procreación, de la par­ticipación en la vida pública, de las nuevas vidas criminalmente evita­das y atropelladas. Toda persona es sagrada, y no debe ser aniquila­da, ni despreciada ni violada. Surgen actualmente corrientes de hu­manismo, de protesta contra los abusos y de favorecimiento de los derechos: el ser protagonistas, creadores, de algún modo; de una nueva cultura humanista, es una exigencia universal e individual (5).

El laico ha de situarse ante una sociedad en conflictividad, que engendra violencia, terrorismo, guerra. Clama la sociedad por la verdadera paz, y se multiplican personas y grupos que la procuran, con su generosidad en el campo político y social.

Es el agro complejo adonde el Señor envía a sus laicos. Su consigna es nítida y eficaz:

La Iglesia sabe que es enviada por El como signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano… En este anuncio y en este testimonio los fieles laicos tienen un puesto original e irreemplazable: por medio de ellos la Iglesia de Cristo está presente en los más varia­dos sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y de amor.

Ahí debe estar el laico, sólo él, ya que es su puesto de mando.

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