Los ardides del mundo
“Cuando a uno lo lanzan a una aventura como ésta, debe despedirse de esperanzas y temores, de lo contrario la muerte o la liberación llegarán ambas demasiado tarde para salvar su honor y su razón”. (C. S. Lewis)

Cada vez son más las señales que indican que hoy en día el verdadero cristiano tiene que remar contra la corriente sin desfallecer. En esta “aventura” nos enfrentamos diariamente a los astutos e ingeniosos ardides del mundo. Al leer en el blog de Luis Fernando que a partir del próximo lunes, dos autobuses de Barcelona llevarán como publicidad el siguiente mensaje: “Probablemente Dios no existe. Disfruta la vida", recordé este imperdible pasaje de las Crónicas de Narnia. La bruja que reinaba en Bajotierra tenía prisionero al príncipe Rilian. Jill, Scrubb y el singular Barroquejón habían llegado allí a fin de rescatarlo, pero la bruja utilizó sus artes para dominarlos. Se proponía hacerles dudar de cada recuerdo que tuvieran tanto del mundo que existía sobre Bajotierra como del mismo Aslan, para subyugarlos luego.
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La Bruja no dijo absolutamente nada, sino que caminó muy despacio por la habitación, siempre mirando de fijo al Príncipe. Al llegar a una pequeña caja pegada en la pared cerca de la chimenea, la abrió y sacó primero un puñado de polvo verde y lo arrojó al fuego. No ardió mucho, pero exhaló un aroma dulce que producía sueño. Y durante toda la conversación que siguió, el olor se hizo más fuerte y fue llenando el cuarto, embotando el pensamiento. En seguida, sacó un instrumento musical muy semejante a una mandolina.
Empezó a tocar con sus dedos, rasgueando una melodía tan repetida y monótona, que a los pocos minutos casi no la notabas. Pero mientras menos la notabas, más se te metía en el cerebro y en la sangre. Esto también dificultada el poder pensar. Después de rasguear un rato (y el aroma dulce se hacía cada vez más intenso), comenzó a hablar con una voz melodiosa y tranquila.








