Optimismo moderno y odio a la Iglesia

En la primera mitad de los años setenta, un amigo de nuestro grupo realizó un viaje a Holanda, donde la Iglesia cada vez hablaba más de sí misma, lo cual era visto por algunos como la imagen y esperanza de una Iglesia mejor para el mañana, y por otros como síntoma de una decadencia que era la lógica consecuencia de la actitud asumida. Esperábamos con cierta curiosidad el balance que nuestro amigo nos haría a su retorno.
Dado que era un hombre leal y un observador preciso, nos habló de todos los fenómenos de descomposición de los que ya algo habíamos oído: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y religiosos que grupalmente daban la espalda a su vocación, la desaparición de la confesión, la dramática caída de la frecuencia de asistencia a Misa, y así sucesivamente. Naturalmente fueron descritos también los experimentos y las novedades que no podían, a decir verdad, cambiar nada de las señales de decadencia sino que, más bien, las confirmaban.






