El valor del cuerpo en San Agustín

El valor del cuerpo en San Agustín

En estos días en que tantos esfuerzos se hacen por salvar los cuerpos y las almas de tantos enfermos alrededor del mundo que sucumben súbitamente por la debilidad humana, no podemos dejar de recordar que la misión de la Iglesia siempre ha sido doble: curar cuerpos y sanar las almas, a imitación de Cristo, Nuestro Señor.

Mirad mis manos y mis pies: soy Yo en persona:

palpadme y daos cuenta de que un espíritu

no tiene carne y huesos como veis que yo tengo...

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado.

Él lo tomó y comió delante de ellos (Lc 24, 39.42s)

Si algo tiene la doctrina católica es que siempre nos ilumina en nuestra vida diaria, aún en lo ámbitos en los que uno menos lo espera. 

Ya hace bastante tiempo tuve la ocasión de oír a un predicador de mi ciudad una expresión que no se me ha olvidado: la doctrina católica es la doctrina del Y, no la del O. Es decir, ante la aceptación de opuestos lo que prevalece en la inmensa mayoría de los casos es la inclusión de ambos en lugar de la exclusión mutua, salvo en aquellas circunstancias en los que esos opuestos lleven implícito una negación del otro (lleno y vacío) o en los que intervenga el mal (el bien y el mal). Me explico.

En relación a la naturaleza del hombre, se ha planteado siempre cuál sea la relación alma-cuerpo desde la antigüedad. Si el hombre se identifica por su alma, o si es el cuerpo el que lo caracteriza por su individualidad.

La filosofía maniquea con la dualidad bien-mal concretada en la existencia de dos sustancias, la luz (Ormuz, equiparada al bien y a Dios) y la oscuridad (Ahriman, equiparada al mal y a la materia) y su objeto de liberar la luz verdadera de la contaminación de la materia, contribuyó a dar una imagen negativa del cuerpo (Dz 462-464).

Ellos consideraban el matrimonio como un mal en sí mismo porque la propagación de la raza humana significaba el continuo aprisionamiento de la luz-substancia en la materia y en un retraso de la feliz consumación de todas las cosas; la maternidad era una calamidad y un pecado y los maniqueos se regocijaban al hablar de la seducción de Adán por Eva y su final castigo en la condenación eterna. En consecuencia, existía el peligro de que lo que aborrecían era el acto de la generación, más que el acto de impureza, y los escritos de San Agustín testifican que ese era un peligro real.

"Maldito el creador de mi cuerpo y el que ató mi alma y que me han hecho su esclavo". De ahí en adelante el deber del hombre es mantener su cuerpo limpio de toda mancha corporal mediante la práctica de la auto-negación y ayudar también en la gran obra de purificación a través del universo. (ECWiki, voz Maniqueismo, consultada 29/03/2020).

San Agustín la combatió con dureza y alababa a Varrón, quien defendía que el hombre no es sólo alma ni sólo cuerpo, sino alma Y cuerpo a un tiempo (Summa Teologica, Ia, q.75.4 por otra parte). Fruto de esa defensa escribió las páginas más bellas sobre el cuerpo que ha conocido probablemente la Historia. De hecho, estas palabras el propio P. Royo Marin las llamó "teología del cuerpo" del obispo de Hipona y las transcribió en su libro Teología de la Caridad, pp. 312-314:

Decir que hemos de cuidar de nuestro cuerpo para ponerlo al servicio del alma, es decir demasiado poco. Le debemos un respeto y una veneración de un orden especialísimo, puesto que ha recibido el gran honor de hospedar del Espíritu Santo. Nuestra alma es el santuario donde está este divino Espíritu se ha dignado habitar. Nuestros órganos corporales son las columnas del templo, la cúpula viviente que recubre al santo de los santos y que se impregna hasta la médula de su santidad (De bono matrimo. I 29,32). Por eso el apóstol San Pablo escribe con emoción: “glorificad a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6, 20), suplicándonos hacer de nuestra carne, de nuestros sentidos, de todas nuestras energías vitales, un ornamento de amor y un aderezo de gloria (Cont. maximin. haeretic. II 21,1).

Esto nos será tanto más fácil cuanto que, por la redención, nuestros miembros han venido a ser los miembros de Cristo. El Verbo divino se ha dignado revestirse de carne para rescatar los desfallecimientos de la nuestra. Ha querido sufrir en sus manos y en sus pies para lavar con su sangre las manchas de nuestras manos y pies. Quiso que su cabeza fuera lacerada por las espinas y su corazón traspasado por la lanza para expiar las locuras de nuestra cabeza y de nuestro corazón. Y su sacrificio de amor ha merecido a nuestro pobre cuerpo la gloria de integrarse místicamente en el suyo. “Si Nuestro Señor Jesucristo hubiera asumido sólo un alma humana, solamente nuestras almas serían sus miembros; pero, habiendo asumido también un cuerpo para ser nuestra cabeza y estando nosotros compuestos de alma y cuerpo, nuestros cuerpos son también sus miembros. Si, pues, un cristiano, para satisfacer su pasión, no duda en envilecerse y despreciarse a sí mismo, al menos que no desprecie a Jesucristo. Que no diga: “Cederé a la tentación porque soy un nada: Toda carne es heno”. No; tu cuerpo es miembro de Cristo. ¿Dónde vas? Retrocede. ¿En qué precipicio ibas a arrojarte? Perdona en ti a Cristo, reconoce a Cristo en ti (Serm. 161, 1).

Tocamos aquí la razón suprema del amor a nuestro cuerpo. Rescatada por los sufrimientos de Cristo, santificada por la presencia del Espíritu Santo, nuestra envoltura carnal ha adquirido un valor inestimable, ante el cual su vigor y su belleza se convierten en cosas baladíes. Su belleza se marchita un día como la hierba de los campos; su vigor se desvanecerá como una sombra. Pero el hecho de estar ligada por todas sus fibras al divino Crucificado da a nuestra carne, si no el consuelo de ser incorruptible, al menos la certeza de salir de la tierra al fin del mundo para entrar en la gloria del Señor. Esta es la enseñanza formal y tan consoladora de San Pablo: “Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu, que habita en vosotros” (Rm 8, 11). “Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la Resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo todos somos vivificados” (1 Cor 15, 21-22). Se llora a los desgraciados que han permanecido sin sepultura. Los poetas, llorando sobre los ejércitos cuyas osamentas blanquean sobre tierras lejanas, han podido lanzar este grito: “El cielo cubre a los que no tienen tumbas” (Lucano, farsalia VII; de peccatorum merit. et remiss. I 7,8). Los cristianos no se impresionan por ello. “Ellos tienen la promesa de que, en un instante, su carne y sus miembros saldrán de la tierra, del seno más profundo de los elementos de que fueron disueltos, para renacer a una nueva vida y recuperar su integridad primera” (De civitate Dei I 12,2).

Nuestro cuerpo será entonces muy superior al mismo de Adán, antes del pecado (De genesi ad litt. VII 35,68). liberado en las entrañas de la tierra de los gérmenes de muerte que le había inoculado el pecado, recuperará todas las bellezas, fuerzas y perfecciones de su naturaleza, pero en una forma espiritual que no tendrá nada de animal y le volverá incorruptible e inmortal (ibid.). Esta restauración del cuerpo no será -digan lo que quieran Profirio (De civitate Dei XXII 26,1) y los maniqueos (Cont. adim. XII)- un milagro más grande que su creación. A excepción de algunos filósofos siempre prontos a limitar el poder del Creador, el mundo entero aspira a ellos, y nosotros, los cristianos, estamos seguros de que Cristo salió de su sepulcro para levantar las piedras del nuestro (De civitate Dei XXII 25) y envolver nuestro cuerpo en su propia glorificación. “Después de esta muerte que nos ha traído el pecado, nuestro cuerpo, a la hora de la resurrección, será gloriosamente transformado, ya que la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios. Entonces, este cuerpo que fue corruptible y mortal se revestirá de incorrupción y de inmortalidad. Al abrigo de toda necesidad, liberado de todo sufrimiento, vivirá de la vida del alma bienaventurada en el seno del eterno reposo” (De doct. christ. I 18).

¿Es precioso sacar la lección de esta esperanza magnífica? Desde el momento en que nuestro cuerpo está llamado a un destino tan alto, no tendremos jamás para con él, a despecho de sus miserias presentes, demasiado respeto ni demasiado amor. Únicamente hay que procurar que este amor no se fije sino pasajeramente en sus encantos perecederos. Debe ir derecho al principio divino que, por encima de la disolución provisional de sus elementos, será el agente secreto de su resurrección y de su felicidad eterna. Este principio, lo conocemos ya, es la caridad. Dios nos ama demasiado para que nada de nosotros mismos vuelva a caer en la nada y para que esta carne que ha querido tomar para rescatarnos no reciba su parte en los beneficios de la redención. La mejor manera de volver a Dios un poco de su amor infinito es santificar nuestro cuerpo y hacerle los días un poco menos indignos de su gloria”.

A través de Aristóteles, Santo Tomás llega a expresar que el alma es la forma del cuerpo (Concilio de Viena, 1312; Dz 902). Y dicha forma espiritual, el alma, es inmortal, lo que recordó el Concilio Lateranense V en 1513 (Dz 1440). De modo que la escuela tomista no deja de afirmar que, por dicha unión del cuerpo y el alma, ésta última incluso después de la muerte, no cesa de aspirar a unirse al cuerpo, lo que se confirma por la verdad revelada de la resurrección de la carne no solo para los justos, sino para todos los hombres.

El hombre es un compuesto de cuerpo y de alma espiritual, pero, sin embargo, es una única sustancia. La sustancia alma o espíritu se une al cuerpo, para informarle. El alma y el cuerpo no constituyen una mera yuxtaposición, ni una absorción del uno por el otro, sino una unión sustancial, una unión en el ser.

La unión sustancial, por consiguiente, explica por qué ambos componentes están referidos mutuamente. El alma lo es de un cuerpo y el cuerpo lo es de un alma. El uno es para el otro. De manera que todo lo que llega al alma lo hace por medio del cuerpo, e igualmente todo lo que ha surgido del alma ha sido por medio de alguna intervención de lo corpóreo. Por separado, ni el cuerpo ni el alma constituyen al hombre. (Santo Tomás, Contra gentiles, introducción al libro II, el Hombre).

El aprecio y el amor a nuestro cuerpo no debe ser como un fin en sí mismo, puesto que sería un desorden, sino por Dios, en cuanto instrumento del alma para ofrecer honor a Dios y practicar la virtud (Rm 6, 13-19) y, sobre todo, como templo vivo del Espíritu Santo (1 Cor 6, 19-20), santificado en cierto modo por la gracia (1 Cor 3, 16-17) y capaz de la gloria eterna.

“La vida física por la que se inicia el itinerario humano en el mundo, no agota en sí misma, ciertamente todo el valor de la persona, ni representa el bien supremo del hombre llamado a la eternidad. Sin embargo, en cierto sentido constituye el valor ‘fundamental’, precisamente porque sobre la vida física se apoyan y se desarrollan todos los demás valores de la persona” (San Juan Pablo II, Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe “Donum Vitae” sobre el respeto a la vida humana incipiente y sobre la dignidad de la procreación, 22-Feb-1987; Dz 4791).

En estos días en que tantos esfuerzos se hacen por salvar los cuerpos y las almas de tantos enfermos alrededor del mundo que sucumben súbitamente por la debilidad humana, no podemos dejar de recordar que la misión de la Iglesia siempre ha sido doble: curar cuerpos y sanar las almas, a imitación de Cristo, Nuestro Señor. Él en su vida pública no dejó nunca de buscar la sanación total del hombre, aquélla que lo hace gozar de la dicha eterna en el cielo mediante la atención del cuidado corporal que nuestra materia sanamente necesita, desde las bodas de Caná hasta la aparición del resucitado a los discípulos en el mar de Galilea.

Que todos los que buscan y cooperan a la salud del cuerpo y el alma en estos días: desde los que exponen su salud en los hospitales en primera línea de batalla en la lucha contra la enfermedad, los que atienden al consuelo espiritual de enfermos y familiares y a la salvación de las almas de todos; hasta los que lo hacen en la labor abnegada y poco notoria abasteciéndonos de comida, reciban el premio merecido por su labor, pues cuidando el cuerpo y cuidando el alma contribuyen a que el rostro de Cristo resplandezca en nuestra sociedad más plenamente.

Manuel Pérez Peña 

17 comentarios

Frank morera
Excelente como siempre Manuel, tema que poco se toca y muchas veces se enfoca mal. Le ha salido un buen discípulo al Padre Marin
Bendiciones
31/03/20 3:00 AM
Jose Ignacio
Magnífico artículo Don Manuel.
31/03/20 10:39 AM
Forestier
Una realidad nuclear e imperecedera del nuestra fe, que adquiere su máxima expresión en Cristo: "Perféctus Deus, perféctus homo, ex ánima rationali et humána carne substístens": "Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana".
Una verdad eterna que no han sabio integrar toda la diversidad de doctrinas y filosofías reduccionistas, las de la "O": o una cosa u la otra: monofisismos, nestorianismos, agnosticismos, maniqueismos, arrianismos, y la más devastadora: el luteranismo, de la que actualmente todavía padecemos sus consecuencias en la apostasía de la sociedad occidental.
31/03/20 12:04 PM
JSP
Señor Pérez, buen artículo con Fe y razón. Pero, el último párrafo no me ha quedado muy claro, en concreto: "reciban el premio merecido por su labor, pues cuidando el cuerpo y cuidando el alma contribuyen a que el rostro de Cristo resplandezca en nuestra sociedad más plenamente." Entiendo que se refiere al Hospital del alma espiritual, Iglesia Católica: atienden al consuelo espiritual de enfermos y familiares y a la salvación de las almas de todos, y al hospital del cuerpo (fármacos, agricultura, alimentación, etc. y servicios básicos y esenciales en médicos, enfermeros, limpieza, políticos, seguridad, jueces, fontaneros, electricistas, informáticos, etc. Pero hace referencia al cuidado solamente, a la dignidad de la persona en el rostro de Cristo, no a la vivificación por la Gracia y a la cooperación y colaboración libre del vivificado. Es decir, a la adoración a Dios en el tiempo ordinario y extraordinario. Dar gracias a Dios a diario. Le dejo esta parábola para que entienda lo que trato de exponer. Del santo Evangelio según San Lucas 17, 11-19:

"En aquel tiempo, yendo Jesús de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! Al verlos, les dijo: Id y presentaos a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificand
31/03/20 12:29 PM
Jose Ignacio
Muy buen comentario 
31/03/20 12:31 PM
JSP
#No al aborto: +100 millones de niños inocentes asesinados al AÑO.

Son profesionales sanitarios los que en parte lo llevan a cabo.

#No a la Eutanasia.
Ahora, a diario, a las 20:00h en punto se aplauden a los profesionales sanitarios por salvar vidas humanas, principalmente mayores y ancianos. Pero, recordemos, cuando todo esto pase, que los mismos profesionales sanitarios que ahora aplaudimos se verán obligados a dar la muerte "dulce" a los que ahora salvan y después vendran. ¿Aplaudiremos entonces?

#Jesús, yo confío en ti.
Políticos (no todos) y profesionales sanitarios (no todos), regresemos al Padre como el hijo pródigo.

Recemos por su verdadera conversión del alma.
31/03/20 3:01 PM
Manuel Perez Peña
Estimado JSP:

Le transcribo el párrafo, pero sin el añadido central:

"Que todos los que buscan y cooperan a la salud del cuerpo y el alma en estos días ..... reciban el premio merecido por su labor, pues cuidando el cuerpo y cuidando el alma contribuyen a que el rostro de Cristo resplandezca en nuestra sociedad más plenamente."

Digo que quienes cuidan el cuerpo y cuidan el alma contribuyen al esplendor del rostro de Cristo porque eso fue lo que hizo El: sanar los cuerpos y las almas. Si hacemos lo que hizo El, estamos reflejando (con nuestras limitaciones) el rostro de Dios. No todos hacemos lo mismo, unos hacen unas cosas y otros hacen otras. Pero al final el resultado es el cuidado del ser humano integro hasta llegar a la vida eterna.
31/03/20 8:40 PM
Manuel Perez Peña
Estimado Forestier:

Efectivamente en Cristo es donde se da el Y por excelencia: Dios Y hombre, y como comenta, de negar esta doctrina básica han surgido distintas herejías a lo largo de la Historia, principalmente en los primeros siglos.
31/03/20 8:46 PM
JSP
Se lo intento explicar de otro modo. Dios no puede contradecirse, ni engañar ni engañarse. Dios no puede cuidar del cuerpo y aprobar más tarde la eutanasia. No procede de Él. El médico que ahora cuida el cuerpo del anciano y que más tarde practica la eutanasia a ese mismo anciano no actúa movido por la fe que obra en la caridad en Cristo, no es otro Cristo, más bien actúa por amor propio, altruismo y/o solidaridad, y el salario. Y el COVID-19 no es tan mortal como otros virus pasados, por ej. la gripe española. Y lo mismo para todos los demás en su sector, no solo los médicos. Me refiero al hombre viejo.
Tenga en cuenta que antes de Cristo había cuidado del cuerpo. Y como dice Él "el hombre viejo también ama." Pero, ante los virus de mortandad alta el hombre viejo huye dejando a los enfermos. Solamente los cristianos se han quedado siempre. Y parte de esa herencia queda aún hoy en la Sanidad de paises más católicos como Italia y España. Como dice San Pablo: si no tengo caridad...Debe diferenciar el altruismo y la solidaridad de la caridad cristiana. Como dice San Agustin en la Ciudad de Dios: "El origen y el fin de la Ciudad de Dios es la Santísima Trinidad. La Ciudad de Dios fue fundada por Dios quien es su principio, por el Verbo por el cual es sabia, y para la santidad que es El Espíritu Santo que es Dios mismo. Por eso es posible decir que Dios funda la Ciudad de Dios por el Hijo y para gozar la santidad del Espíritu Santo." Y "dos amores fundaron dos ciudades, es a sabe
1/04/20 8:00 AM
nadie
Quisiera hacerle una pregunta relacionada con el cuerpo de Cristo.
Una vez oí una conferencia de un teólogo hablando sobre el cuerpo de Cristo y dijo textualmente estas palabras. El cuerpo de Cristo es un cuerpo CREADO como el nuestro, pero ontológicamente es un cuerpo mucho más rico que el nuestro.
Le iba a mandar el enlace del video pero no permiten en infocatólica poner enlaces de videos.
Yo siempre había creído que la segunda persona de la Santísima Trinidad es increada, es engendrada, no creada.
Es una duda que me surgió y le agradecería si me la pudiera aclarar.
El video es de un tal Emili Marlés y la conferencia se titula Jesucristo y la evolución cósmica. Por si quiere buscarla en YouTube. Lo dice en el minuto 27.49. Gracias
1/04/20 12:43 PM
JSP
nadie: La materia de Dios no es la materia de Su creación, si no sería panteísmo y adoración de la Tierra y Pachamama. No, Cristo en la Encarnación es una sola Persona. Persona divina, verdadero Dios y verdadero hombre. La 2a persona de la Santísima Trinidad que asume la naturaleza humana de la Virgen Inmaculada (cigoto es creado). En cuanto hombre igual en todo menos en el pecado. Naturaleza divina y naturaleza humana. Lo infinito y eterno con lo mortal e inmortal en un único Ser, un único Sujeto. Lo infinito en lo finito. Naturaleza humana, cuerpo y alma, partes y sin partes. Alma sujeta al cuerpo en el tiempo. Jesús resucitado diviniza la materia. Cuerpo glorioso sujeto al alma, a lo eterno. Jesús resucitado no está localizado en ninguna parte del Universo.
1/04/20 5:29 PM
Nadie
JSB: entonces el cuerpo de Cristo no fue creado?
Me gustaría que me lo explicara el autor del artículo.
Gracias
1/04/20 6:18 PM
Manuel Perez Peña
Estimado nadie:

El Hijo de Dios, el unigénito, fue engendrado antes de todos los siglos, como decimos en el Credo, no creado.

Pero Jesucristo "nació de María la Virgen, tomó carne, alma e inteligencia, esto es, al hombre perfecto, y no perdió lo que era, sino que empezó a ser lo que no era; de modo, sin embargo, que es perfecto en lo suyo y verdadero en lo nuestro" (Fides Damasi, Dz 72)

El Hijo de Dios asumió la naturaleza humana, no una persona humana. La única persona que existe en Cristo es la Divina. Como dice la Fides Damasi, empezó a ser lo que no era. Y Dios no era criatura.

"Este Concilio ... expulsa a los que tienen la necedad de considerar celestial o de cualquier otra sustancia, aquella forma humana de siervo que asumió de nosotros" (Credo de Calcedonia, 451, Dz 300)

Evidentemente el cuerpo de Cristo era perfectisimo. Estuvo sujeto al dolor y a la muerte por propia aceptación suya, porque aceptó nuestros defectos que no suponen un desorden moral. Dice el P. Royo citando a Sauve: "se ha dicho que, con solo contemplar el semblante del divino Niño, se podría hacer oración hasta el fin del mundo".

Para leer algo más sobre el tema de la perfeccion del cuerpo de Cristo, le recomiendo "Jesucristo y la vida cristiana", del P. Royo Marin en sus páginas 132 y siguientes, de 1961. No es difícil de encontrar en los canales habituales.
1/04/20 7:25 PM
Manuel Perez Peña
Estimado JSP:

Es cierto lo que dice. Todo amor genuino de caridad tiene que ser por Dios y en Dios. No se puede salvar a los enfermos de la pandemia actual y después practicar la eutanasia. Es muy posible que, si un médico hace ambas cosas, ninguna de ellas sea por caridad (generalmente hablando). Se pueden hacer muchas obras aparentemente elevadas y valiosas por unos fines mundanos: porque es mi trabajo, por ser un gran profesional, para que me admiren, para quedar bien.

Si se obra por esos fines, cuando se recibe el premio ya ha sido pagado: quien lo hace buscando la admiración, y es admirado, pues ya ha sido pagado.

El amor de caridad es el que lo eleva todo a Dios y todo lo refiere a El como último fin. Y eso tiene un premio de gloria y un mérito altísimo.
1/04/20 7:32 PM
Nadie
Gracias por la contestación.
Pero mi pregunta concreta es si el cuerpo de Cristo cuando asumió la encarnación, fue un cuerpo creado.
Es una discusión que tuve con una persona al escuchar el vídeo del que le he hablado.
El teólogo en el vídeo dice claramente. El cuerpo de Cristo es un cuerpo CREADO como el nuestro, pero ontológicamente es un cuerpo mucho más rico que el nuestro.
Y me gustaría saber si esa afirmación es verdadera .
Gracias
1/04/20 9:03 PM
Manuel Perez Peña
Estimado nadie:

Se lo voy a plantear al reves. Si no fuera un cuerpo creado, ¿qué sería? ¿Un cuerpo eternamente preexistente? Porque si no fue creado, es que era eterno.

En el credo decimos: creemos en un solo Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra...

Todo ha sido creado por El. Lo que no ha sido creado (el mismo Dios) es eterno, no tuvo principio. Pero el cuerpo de Cristo sí tuvo principio, pues fue concebido de la Virgen Maria.

Jesucristo nació de la Virgen María, fue concebido en ella... y todo eso necesita un principio. Lo cual no obsta a que el Hijo de Dios, la 2.ª persona de la Trinidad sea eterno.

Es solo mi opinión, pero creo que las opciones que se pueden barajar para hacer del cuerpo de Cristo algo superhumano o preterhumano terminan por afectar a la verdad de la Redencion pues no podemos admitir que la muerte de Cristo fue algo simulado o que su encarnación no hizo que verdaderamente compartiera nuestra naturaleza humana.
1/04/20 11:16 PM
nadie
Gracias, pero no es por hacer de Cristo algo superhumano, ni nada por el estilo. Es sólo conocer la Verdad y asumirla.
Conocer que aunque la segunda persona de la Santísima Trinidad es engendrada, su cuerpo al asumir la naturaleza humana es creado. Son matices que si no hay una formación teológica se escapan. Y tal cual está el patio no te puedes fiar de muchos teólogos.
2/04/20 12:26 PM

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