(InfoCatólica) La Iglesia católica en China sobrevive bajo una presión gubernamental sin precedentes. Mientras el Gobierno de Xi Jinping intensifica las campañas de sinización religiosa, las comunidades católicas no registradas responden con consagraciones episcopales clandestinas, estrategias para eludir las prohibiciones sobre menores y una resistencia que hunde sus raíces en décadas de persecución comunista. Al menos diez nuevos obispos han sido consagrados en secreto solo en la provincia de Fujian, según las fuentes consultadas por el autor del análisis.
La fe como resistencia: memoria y presente
Anthony E. Clark, profesor de Historia China en la Universidad Whitworth (Spokane, Washington), autor de varias obras sobre el catolicismo en China y presentador de la serie de EWTN Los santos de China, publica en Catholic World Report un extenso análisis basado en sus encuentros recientes con sacerdotes, religiosas y fieles católicos chinos en Hong Kong, Alemania e Italia.
Clark relata cómo la memoria de los mártires y confesores de la fe sigue vertebrando la identidad católica china. Figuras como el jesuita Zhu Hongsheng (1916-1993), que pasó más de treinta y un años en prisiones chinas sin renegar jamás de su fe, o su correligionario Stanislas Shen Baishun (1903-1985), acusado por el régimen de estar dirigido por «fuerzas extranjeras hostiles» (es decir, el Vaticano), son conmemorados precisamente porque «se negaron firmemente a unirse a la Iglesia Patriótica». Clark subraya que esta resistencia abierta o discreta a la Asociación Patriótica constituye uno de los rasgos definitorios de la fidelidad católica china desde los años cincuenta.
El autor advierte, no obstante, que las líneas entre las comunidades registrada (aboveground) y no registrada (underground) son porosas: los fieles de ambas se respetan mutuamente y no consideran que quienes pertenecen a la comunidad oficial estén «en otra Iglesia». Lo que los católicos chinos resisten, señala Clark, es al Gobierno, no a sus hermanos en la fe.
Consagraciones secretas y la crisis en Fujian
En una conversación con un obispo chino no afiliado a la Asociación Patriótica, cuya identidad Clark protege, este describió la situación en Fujian como «un estado de emergencia» desde que el acuerdo sino-vaticano de 2018 fue formalizado. Según este obispo, la comunidad no registrada ha respondido a la creciente influencia gubernamental sobre el episcopado con la consagración secreta de «al menos diez nuevos obispos» solo en esa provincia, ante el temor de que «la integridad de la fe católica se vea comprometida».
El obispo expresó también su preocupación por la influencia de la diócesis de Hong Kong sobre los católicos del continente. «La diócesis de Hong Kong está en una situación terrible», afirmó, añadiendo que las visitas del cardenal hongkonés a los obispos patrióticos «no ayudan», ya que estos no gozan de la confianza de los fieles.
Clark recoge asimismo la inquietud de los católicos chinos ante la aprobación por parte del Papa León XIV de obispos seleccionados por funcionarios del Partido durante el interregno papal: el padre Ignatius Wu Jianlin, como obispo auxiliar de Shanghái, y el padre Francis Li Jianlin, para Xinxiang. Aunque ambos fueron elegidos por responsables gubernamentales durante el período de sede vacante, León XIV ratificó sus consagraciones a posteriori. Otros dos obispos fueron ordenados en julio de 2026 con la aprobación pontificia: Joseph Chang Yanfeng para la diócesis de Chifeng y Francis Xavier Duan Yongkun como obispo coadjutor de Bameng. Los fieles, señala Clark, se preguntan: «¿Quién es el Papa en China? ¿Xi Jinping o el Papa León XIV?».
La maquinaria de la sinización
El análisis de Clark detalla la intensificación de las políticas de sinización religiosa bajo el mandato de Xi Jinping. En abril de 2025, en una reunión del Departamento de Trabajo del Frente Unido, Xi exigió una mayor «sinización de la religión china», en continuidad con el discurso que pronunció en 2017 ante el XIX Congreso Nacional, donde proclamó que las religiones en China «deben tener orientación china» y adaptarse a la sociedad socialista.
Entre las campañas que Clark enumera figuran la «Campaña de las Cuatro Introducciones», que exige la valorización de la bandera nacional, la Constitución china, los valores del socialismo y la cultura tradicional china durante el culto religioso, y la «Campaña de los Tres Amores», que impone el patriotismo, el amor al Partido y el amor al socialismo como contenidos obligatorios en boletines parroquiales y actividades pastorales.
Un sacerdote chino citado en el análisis resume la saturación burocrática: «En los últimos años hemos asistido a innumerables reuniones y debemos escribir informes de estudio. El trabajo pastoral y misionero ya es extremadamente exigente. Si realmente se desea promover la frugalidad, debería empezarse por eliminar estas costosas exposiciones y reuniones, que solo sirven para los informes de fin de año».
Clark recoge también el testimonio de un seminarista chino que le describió la presencia de miembros del Partido entre el clero ordenado. «Algunos de nuestros sacerdotes son miembros del Partido, ¿sabe?», le confió. «Todo el mundo en China sabe que el Partido permea la comunidad cristiana». El autor emplea el neologismo acuñado por el historiador Paul Mariani: «partidificación» (Partification), la transformación de las religiones en un paralelo cultural e intelectual del Partido.
Wenzhou: arrestos, capillas cerradas y un sacerdote liberado
La ciudad de Wenzhou ejemplifica la persecución contra los católicos no registrados. El obispo Peter Shao Zhumin, nombrado en 2007 por el Papa Benedicto XVI como coadjutor, continúa siendo detenido periódicamente por negarse a unirse a la Asociación Patriótica, sometido a sesiones de «reeducación». Religiosas, sacerdotes y laicos que obtienen visados de turismo para peregrinar fuera de China son arrestados a su regreso por «cruce ilegal de fronteras», al considerar las autoridades que sus actividades «no correspondían» al turismo. Clark afirma haber recibido información de que hasta el 90 % de las capillas no registradas de Wenzhou han sido confiscadas y clausuradas.
Como contrapunto, el autor destaca la liberación reciente del sacerdote Ma Xianshi, tras cumplir una condena de dieciocho meses por «venta pública de libros religiosos». Más de cien fieles lo recibieron con flores a las puertas del centro de detención de Yiwu, y una caravana de decenas de coches lo escoltó solemnemente hasta Wenzhou.
Estrategias de supervivencia
Clark describe las ingeniosas formas en que los católicos chinos sortean las restricciones, especialmente la prohibición de que menores de dieciocho años reciban instrucción religiosa o asistan a servicios litúrgicos. Dado que la normativa se refiere a «instalaciones eclesiásticas», los sacerdotes organizan misas y encuentros para jóvenes en lugares alternativos. «El Gobierno mantiene un ojo abierto y otro cerrado», resume una religiosa. Funcionalmente, los menores chinos reciben los sacramentos y viven su fe católica, pero habitualmente fuera de los templos.
Una religiosa identificada como la hermana Jiang imparte diez cursos bíblicos al año en China con el lema: «La Biblia no es solo una brújula; nos dice el sentido de la vida». Otra colaboradora laica describe la delicada tarea de acoger a visitantes extranjeros en las misas dominicales en inglés, que llegan a reunir hasta mil asistentes, mientras las autoridades desean que el catolicismo «parezca normal» pero vigilan lo que los foráneos observan.
Roma y Pekín
Clark concluye señalando que dos líderes mundiales se sitúan al timón de la vida católica china: Xi Jinping y León XIV. El Papa, primer pontífice que ha visitado China (al menos una vez, como prior general de la Orden de San Agustín), ha manifestado su preocupación por el país desde los primeros días de su pontificado. Sin embargo, la Santa Sede carece de relaciones diplomáticas con Pekín desde 1951 y solo puede acceder a los obispos y fieles a través de canales clandestinos siempre vigilados por cuadros del Partido.
Desde la perspectiva de Pekín, sostiene Clark, la eliminación de la religión en China es un programa gradual y cuidadosamente diseñado: «la persecución no necesita ser siempre física mientras el Estado tenga acceso a las mentes».







