(ACI Prensa/InfoCatólica) El obispo de Orihuela-Alicante, Mons. José Ignacio Munilla, ofreció una reflexión sobre los valores del deporte y los riesgos de la idolatría en vísperas de la final del Mundial de fútbol 2026, que enfrentaría a España contra Argentina.
Los valores positivos del deporte
Durante su intervención en el programa «Sexto Continente» de Radio María España, el prelado reconoció que «el fútbol posee valores que merecen ser reconocidos» y destacó que la Iglesia «cultiva los valores espirituales del deporte». Señaló que el fútbol une a familias y amigos, crea espacios de convivencia en una sociedad cada vez más individualista, y ofrece la oportunidad de compartir alegrías y decepciones.
El espejo de nuestras contradicciones
Sin embargo, Mons. Munilla advirtió que «precisamente porque el fútbol moviliza tanto el corazón humano, también se convierte en un magnífico espejo de nuestras contradicciones. Porque una cosa es disfrutar del deporte y otra muy distinta convertirlo en una religión».
Observó que la época contemporánea «tiene una curiosa manera de fabricar santos, pero sin santidad», en referencia a la veneración de las estrellas del deporte, particularmente los futbolistas.
Admiración versus idolatría
El obispo reconoció que «no es malo admirar a quien ha desarrollado un talento extraordinario mediante el esfuerzo y el sacrificio», pero instó a formularse la pregunta fundamental: «¿quién ocupa el primer puesto en nuestro corazón?», e indagó «si no hemos sustituido silenciosamente a los santos por los futbolistas».
Enfatizó que los santos guiaron a generaciones cristianas durante siglos como «modelos de humildad, de entrega, de misericordia, de fortaleza, de fidelidad. No eran perfectos, pero señalaban un camino de plenitud humana».
La importancia de los modelos
El prelado planteó una inquietud crucial: «Todos necesitamos modelos, todos necesitamos referencias. Todos terminamos pareciéndonos a aquellos a los que admiramos. Por eso merece la pena preguntarse si nuestros hijos conocen mejor la biografía de los grandes futbolistas que la de San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta, San Juan Pablo II o San Carlo Acutis. Sería un drama, claro. No porque haya que elegir entre unos u otros, sino porque los santos nos enseñan el arte de vivir».
Los ídolos son de barro
Advirtió que cuando dirigimos nuestra fascinación hacia ciertos deportistas, «cuando convertimos a alguien en un ídolo, inevitablemente va a acabar decepcionándonos. Los ídolos son siempre de barro». Explicó que «hoy los elevamos hasta el cielo, mañana los destruiremos en las redes sociales, por un penalti fallido, una mala temporada, un error personal, porque la idolatría siempre termina siendo cruel», lo que demuestra «que no estamos realmente amando a las personas, sino utilizando sus éxitos para alimentar nuestras propias emociones».
La desproporción económica
Mons. Munilla también reflexionó sobre «la enorme desproporción económica que rodea al fútbol profesional», señalando que «el mercado suele poner precio a aquello que nosotros convertimos en imprescindible».
Profundizó en el tema: «El problema no es que sea únicamente el dinero. El problema está en el corazón. Porque allí donde ponemos nuestra admiración, allí termina dirigiéndose también nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros recursos».
El obispo recordó una frase del Papa Francisco: «¿Gritas un gol y no eres capaz de alabar con esa misma fuerza a Dios?».
Lecciones humanas del deporte
En un plano puramente humano, Mons. Munilla señaló que «no saber perder es una señal de inmadurez. Pero tampoco sabe ganar quien necesita humillar».
Desarrolló este concepto: «La verdadera deportividad consiste en descubrir que el rival no es un enemigo, sino alguien gracias al cual el juego ha sido posible. Solo sabe ganar quien respeta al que ha perdido. Y solo sabe perder quien es capaz de reconocer el mérito del vencedor sin resentimiento».
Solo Dios puede llenar el corazón
El prelado concluyó con una advertencia fundamental: «No confundamos nunca un balón con el sentido de la vida». Y remató su reflexión afirmando: «Un campeonato puede llenar una plaza durante una noche, pero solo Dios puede llenar el corazón para siempre».







