(InfoCatólica) Como señalaba Chesterton, el futuro tiene un juego preferido, que consiste en reírse de los falsos profetas, haciendo lo contrario de lo que todo el mundo espera que suceda. En esa línea, el periódico Il Giornale ha publicado un artículo de su director, Tommaso Cerno, titulado «El giro popular de la liturgia antigua: por qué el futuro habla latín».
El periodista italiano sostiene que podríamos estar asistiendo a un «cambio de rumbo de la historia de la liturgia». Ese cambio de rumbo vendría de «la caída de un malentendido que se resiste a desaparecer: la idea de que el latín es una lengua de museo», mientras que las lenguas modernas son la principal vía hacia el futuro. En la Iglesia, ese malentendido lleva a pensar que la Misa antigua es para «nostálgicos con manteles bordados» y la nueva para «personas reales, con el Evangelio en los bolsillos y zapatillas de deporte en los pies».
Para Tommaso Cerno, ese malentendido ha llevado, entre otras cosas, al conflicto lefebvriano. En su opinión, «el cisma de Lefebvre no fue solo una disputa litúrgica: fue un cortocircuito de autoridad, identidad y miedo al cambio». En ese sentido, las consagraciones episcopales contra el mandato papal de 1988 y las consiguientes excomuniones serían una señal de que «aquí se rompió algo».
Desde entonces, «el mundo ha cambiado más que el misal». Si bien «en la época del Concilio Vaticano II […] la gente quería comprender», hoy «el misterio no asusta, atrae». En una afirmación con resonancias narnianas, el periodista afirma que, en ese sentido, el latín podría atraer a los jóvenes, que reconocerían en él «otro idioma, no domesticado». En lugar de ser algo obsoleto y abstruso, el latín podría ser muy atrayente para la mentalidad moderna y juvenil.
En referencia a las inminentes nuevas consagraciones episcopales, con sus correspondientes excomuniones, Cerno señala que «una parte de los lefebvrianos coquetea con la idea de romper definitivamente con Roma y lo hace sobre todo por doctrina, no por velas». Ante esa situación, sugiere «dar una señal a quienes desean la Misa en latín y quieren permanecer fieles al Papa», eliminando las limitaciones para la celebración de la liturgia antigua.
El periodista considera que esa libertad litúrgica no sería una «recompensa por la nostalgia, sino una inversión en comunión». Esta inversión, no solo atraería a los que no desean romper con la autoridad eclesial, sino que, quizá, «viendo a Roma menos atrincherada, incluso los rebeldes encontrarán más difícil dar el último paso hacia el vacío».
En conclusión, para el director de Il Giornale, «la Misa en latín no es el centro del cisma» y, de hecho, podría «convertirse en la herramienta para repararlo», por medio de «un gesto de tolerancia inteligente».
Esta bienintencionada propuesta de Tommaso Cerno choca, sin embargo, con un dato histórico: en tiempos de Benedicto XVI ya se dio esta libertad universal para celebrar la Misa antigua, pero el cisma lefebvriano siguió su camino paralelo, al margen de la autoridad de Iglesia. Esto indica que el problema probablemente sea más profundo, aunque, por supuesto, cualquier iniciativa para solucionar el problema sea bienvenida y un signo de esperanza.







