(kath.net/InfoCatólica) El obispo auxiliar Rob Mutsaerts de la diócesis de 's-Hertogenbosch, en los Países Bajos, ha publicado en su blog «Paarse Pepers» un texto de gran calado en el que responde al informe final del Grupo de Trabajo 9, uno de los diez grupos de estudio establecidos por la Sínodo sobre la Sinodalidad. Dicho informe, presentado el pasado 5 de mayo, propone lo que denomina un «cambio de paradigma» en la aproximación de la Iglesia a cuestiones de moral sexual, conyugal y pastoral. El prelado califica este planteamiento de «tóxico» y llama a afrontarlo con «escepticismo profundo».
El contexto del informe y la distancia del Secretariado
Cuando el informe fue publicado, el cardenal Mario Grech, Secretario General del Sínodo, lo describió como un documento que «toca el corazón de la vida eclesial». Sin embargo, en los días siguientes el propio Secretariado de la Sínodo se distanció del texto, señalando que «los grupos de trabajo han actuado de forma autónoma» y que sus informes «no pueden atribuirse al Secretariado de la Sínodo». Esta aclaración no ha bastado para disipar la preocupación de numerosos obispos y fieles, que perciben en el documento no una mera variación de énfasis pastoral, sino la insinuación de un cambio en la doctrina misma.
La trampa del «cambio de paradigma»
Mutsaerts señala que en los debates eclesiales actuales se ha instalado la tendencia a identificar verdad con desarrollo histórico, asumiendo inconscientemente que todo lo cronológicamente posterior es necesariamente mejor. Frente a esto, el obispo recurre a Gilbert Keith Chesterton: antes de hablar de progreso, hay que saber hacia dónde se va. Quien camina en la dirección equivocada no hace progreso porque acelere el paso.
«Por eso debemos recibir el término "cambio de paradigma" con profunda desconfianza», escribe Mutsaerts, «y hacerlo siempre que implique que la moral cristiana debe evolucionar simplemente porque la sociedad actual ha cambiado. Porque eso equivaldría a abandonar la pretensión central del cristianismo: que la verdad juzga a la historia, y no al revés.»
El obispo señala también que la ética sexual católica no surgió de convenciones sociales, sino de una visión integral de la creación, el sacramento, la corporeidad, el sacrificio y la teleología humana. El matrimonio no es un contrato jurídico: es un símbolo cósmico. Desvincular la ética sexual de esa visión metafísica más amplia supone disolver la coherencia del cristianismo entero: «Los dogmas se sostienen mutuamente como los arcos de una catedral. Si se retira uno solo de los arcos sustentantes, el edificio no se derrumba de inmediato, pero las tensiones se hacen sentir por todas partes.»
El protestantismo liberal como advertencia histórica
El obispo holandés advierte que el camino propuesto por el Grupo de Trabajo 9 ya fue recorrido con resultados desastrosos por el protestantismo liberal de los siglos XIX y XX. Muchas comunidades protestantes intentaron adaptarse a las exigencias intelectuales de la modernidad. El resultado fue la pérdida de identidad y el abandono masivo de sus fieles, que instintivamente percibieron que una iglesia que se limita a repetir el consenso cultural se vuelve superflua. La Iglesia, recuerda Mutsaerts, ha sobrevivido a imperios, filosofías y modas porque está anclada en algo que trasciende la historia. Esa «extrañeza» respecto al mundo no es accidental: es esencial al testimonio cristiano.
Ortodoxia y misericordia no se oponen
El prelado neerlandés rechaza expresamente la falsa oposición entre firmeza doctrinal y misericordia pastoral. Precisamente porque la Iglesia tiene una doctrina robusta sobre el pecado, puede acompañar con un afecto inmenso la debilidad humana. Pero no puede curar las almas diciéndoles que la realidad moral se desplaza bajo la presión de las emociones o las corrientes culturales. «Un médico que cambia el diagnóstico únicamente para tranquilizar al paciente deja de curar», subraya.
El texto concluye con una distinción que el obispo considera fundamental: si el «cambio de paradigma» sinodal significa mayor paciencia pastoral, acompañamiento más humano y escucha más atenta del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, Mutsaerts lo acoge con agrado. Si, en cambio, implica subordinar la verdad revelada a los presupuestos culturales del momento, lo rechaza con firmeza. «Eso no sería renovación —concluye—, sino capitulación.»








