(InfoCatólica) Tres miembros de los llamados Redentoristas Transalpinos han huido de su comunidad religiosa, actualmente envuelta en un grave conflicto con la Iglesia.
Los tres religiosos abandonaron el monasterio de las islas Orcadas escocesas por «diferencias teológicas» con la comunidad, según el prior. La salida se produjo de forma subrepticia en el contexto del rumbo cismático del grupo. Dos sacerdotes y un subdiácono abandonaron el monasterio, a bordo de uno de los barcos que atracan periódicamente en la isla.
Según ha explicado el superior, los tres religiosos acordaron su huida con el obispo de Aberdeen, Mons. Hugh Gilbert. El prelado es responsable de la supervisión de los redentoristas, que están establecidos en su diócesis como una comunidad de derecho diocesano. Los tres religiosos utilizaron un portátil para comunicarse en secreto con él y acordar los detalles de la fuga. Aunque los otros redentoristas descubrieron el plan en el último momento, los fugitivos pudieron tomar el último barco del día para marcharse. El obispo no ha querido dar detalles de dónde se encuentran desde entonces.
Todo esto sucedió pocos días después de la desaparición de un joven redentorista transalpino neozelandés, el hermano Ignacio, cuyo cuerpo fue recuperado posteriormente en el mar cerca de la isla. La policía considera que se trató de un accidente, pero ha contribuido al clima de esperpento que se ha creado en torno a los redentoristas.
La comunidad tradicionalista, que tiene su sede en la isla escocesa de Papa Stronsay, fue fundada en 1988, en círculos cercanos a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X fundada por Mons. Marcel Lefebvre. En 2008 regresaron oficialmente a la plena comunión con Roma en el pontificado de Benedicto XVI y fueron reconocidos canónicamente en 2012 por la diócesis escocesa de Aberdeen. Estos últimos años, sin embargo, han vuelto a entrar en conflicto con las autoridades eclesiásticas.
La tensión creció durante el pontificado del Papa Francisco, hasta desembocar en el presente pontificado en la publicación de dos manifiestos en los que los redentoristas rechazaban el Concilio Vaticano II y denunciaban a la “Iglesia modernista” como incompatible con la fe católica tradicional. Asimismo, declararon públicamente que no reconocían a ninguno de los papas posteriores al Concilio Vaticano II, desde Pablo VI a León XIV. Como consecuencia, tanto la Santa Sede como el obispo de Aberdeen, Mons. Hugh Gilbert, iniciaron investigaciones y retiraron a la comunidad ciertas facultades litúrgicas.
Anteriormente, en Nueva Zelanda la comunidad había sido objeto de acusaciones relacionadas con exorcismos no autorizados y presuntos daños psicológicos a algunas personas, incluidos menores. Estas denuncias llevaron a la expulsión oficial de los miembros de la comunidad de la diócesis de Christchurch. Los redentoristas, sin embargo, no aceptaron la expulsión y permanecieron en la diócesis.
En este contexto, parece claro que los tres religiosos no han querido sumarse al cisma formal de la comunidad, que cada vez está más cerca de ser declarado por la Iglesia. Desgraciadamente, los redentoristas transalpinos, que fueron considerados un ejemplo de reconciliación de los tradicionalistas cismáticos con la Iglesia en tiempos de Benedicto XVI, han pasado a convertirse en algunos de los opositores más radicales al Vaticano dentro del tradicionalismo católico.








