(InfoCatólica) El Cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ha publicado en el medio católico alemán Kath.net un extenso artículo en el que sostiene de forma categórica que Occidente no puede sobrevivir sin el cristianismo. «Esta pregunta puede responderse con una sola palabra: No», afirma el purpurado al inicio de su reflexión, en la que despliega un amplio recorrido por la relación entre fe y razón, la crisis de la modernidad y el diálogo interreligioso.
Para el Cardenal Müller, Europa no es otra cosa que la comunidad cultural surgida de la herencia del Imperio romano de Occidente, unificada por la fe en Cristo y forjada en la síntesis entre la metafísica griega y el sentido romano de la justicia, expresado en el principio suum cuique. «Fuera de esta definición, Europa pierde su alma formadora y se convierte en un cuerpo muerto que, como un territorio sin dueño, cae en manos del vecino más fuerte», advierte.
Una crisis global con raíces espirituales
Müller traza un diagnóstico severo de la situación mundial. Recuerda que el Papa Francisco señaló en varias ocasiones que el mundo se encuentra ya en una suerte de tercera guerra mundial «a plazos» y enumera una serie de amenazas convergentes: guerras civiles, el colapso del orden jurídico en numerosos Estados, la migración masiva que, a su juicio, establece «sociedades islámicas paralelas» en Europa, el terrorismo internacional, la inestabilidad de las democracias clásicas y lo que describe como el proyecto de «élites globalistas» orientadas al control total.
En el plano cultural, el cardenal alemán denuncia la disolución del tejido social en el matrimonio y la familia, el fenómeno del llamado cambio de identidad sexual, la descristianización impulsada desde posiciones que califica de «neomarxistas», y la pérdida de una idea vinculante sobre el sentido de la existencia humana en el poshumanismo y el transhumanismo. Todo ello constituye, en sus palabras, «signos apocalípticos de advertencia».
El Cardenal cuestiona además lo que considera la arrogancia del secularismo occidental, que pretende exportar al resto del mundo su modelo cultural condicionando la ayuda al desarrollo a la legalización del aborto, las uniones entre personas del mismo sexo, la eutanasia y el suicidio asistido, todo ello, señala, bajo el pretexto de la reducción demográfica por motivos climáticos y de escasez de recursos.
Benedicto XVI y la amplitud de la razón
El núcleo intelectual del artículo gira en torno a la célebre lección magistral de Benedicto XVI en Ratisbona el 12 de septiembre de 2006. Müller cita extensamente aquel discurso para fundamentar su tesis central: una razón que se cierra a lo divino y relega la religión al ámbito de las subculturas «es incapaz de dialogar». La propuesta de Benedicto XVI, recuerda el cardenal, no era un retorno a la era precientífica, sino «la ampliación de nuestro concepto y uso de la razón», superando la autolimitación positivista que reduce lo racional a lo experimentalmente falsificable.
El purpurado conecta esta reflexión con la obra del filósofo Jürgen Habermas, recientemente fallecido según indica Müller en su texto, cuya monumental historia de la filosofía habría establecido que el tema central de la identidad europea es precisamente la relación entre fe y razón, entre verdad y libertad, entre persona y comunidad, más allá del individualismo y del colectivismo.
Frente a quienes sostienen que la ciencia empírica ha dejado obsoleta la fe religiosa, Müller argumenta que el objeto de la ética y la moral no son realidades materialmente verificables, sino el principio moral que resplandece en la conciencia: «que el bien debe hacerse incondicionalmente y el mal debe evitarse sin condiciones». Este principio, sostiene, tiene como fundamento la dignidad inviolable de cada ser humano.
Diálogo con el islam y rechazo de la violencia
Una parte significativa del artículo aborda la relación entre cristianismo e islam. El Cardenal Müller recurre al «Documento Común entre Nosotros y Vosotros» del 13 de octubre de 2007, en el que líderes musulmanes y cristianos reconocieron que, al representar juntos más de la mitad de la población mundial, «sin paz y justicia entre estas dos comunidades religiosas no puede haber una paz significativa en el mundo».
El purpurado rechaza con contundencia el concepto de «violencia religiosa» aplicado al terrorismo de inspiración islamista, al que califica de «pseudorreligioso». Ningún crimen contra la humanidad puede justificarse «en el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo», como reza la primera sura del Corán, que Müller propone como clave hermenéutica para la interpretación del texto coránico. A quienes instrumentalizan la fe para la violencia les dirige palabras durísimas: «No es la voz de Dios la que escucháis dentro de vosotros, sino la voz del diablo».
Al mismo tiempo, recuerda la declaración conciliar Nostra aetate (1965), que reconoce lo que hay de «verdadero y santo» en las religiones no cristianas y, respecto al islam, señala que la Iglesia contempla «con estima a los musulmanes, que adoran al Dios único». El llamamiento del Concilio Vaticano II sigue vigente: «esforzarse sinceramente por la comprensión mutua y defender juntos la justicia social, los bienes morales y, sobre todo, la paz y la libertad para todos los hombres».
El precio del relativismo
Müller advierte de que el relativismo ético, lejos de garantizar la tolerancia, conduce inevitablemente a una «dictadura de la opinión». Cuando los seres humanos dejan de estar unidos por la búsqueda común de la verdad, el vacío resultante lo ocupa la ideología totalitaria. Cita como ejemplo histórico el terror jacobino de la Revolución Francesa, donde «el terror contra cientos de miles de personas inocentes fue justificado como virtud y glorificado como gobierno de la razón y de la voluntad popular».
El texto concluye con un llamamiento a fundamentar la convivencia entre personas de distintas convicciones religiosas y filosóficas sobre la base del derecho natural y los derechos humanos universales, arraigados en la dignidad inviolable de cada persona. Para el Cardenal Müller, haber señalado la unidad inseparable entre fe y razón, entre amor a Dios y amor al prójimo, como base del diálogo intercultural y la paz mundial, constituye «el mérito perdurable» de la lección de Ratisbona que Benedicto XVI legó a la Iglesia y al mundo.








