(InfoCatólica) La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha publicado hoy, festividad de la Ascensión, una Declaración de Fe católica dirigida formalmente al papa León XIV. El documento, firmado por el superior general, el padre Davide Pagliarani, desde la casa general de Menzingen (Suiza), llega a 47 días de las consagraciones episcopales previstas para el 1 de julio en Écône y apenas un día después de que el cardenal Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (DDF), reiterara que dichas consagraciones constituirán «un acto cismático» con excomunión latae sententiae automática para los consagrantes.
En ese contexto, Pagliarani presenta al Pontífice lo que la Fraternidad define como «el mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia, llamarnos verdaderamente católicos y, por consiguiente, hijos vuestros».
Medio siglo de queja, cuarenta años de expediente
La declaración se abre con una denuncia que forma parte de la argumentación habitual de la Fraternidad: «Desde hace más de cincuenta años, la Fraternidad se esfuerza por exponer ante la Santa Sede su conflicto de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas. Desgraciadamente, todas las conversaciones emprendidas han permanecido sin resultado, y las preocupaciones expresadas no han recibido respuesta verdaderamente satisfactoria».
El superior general formula además una acusación directa contra el uso que Roma hace del derecho canónico: «Con gran pesar por nuestra parte, nos parece que el derecho canónico es utilizado no para confirmar en la fe, sino para apartar de ella».
Sin embargo, el registro documental de los últimos cuarenta ofrece un panorama considerablemente distinto al que la Declaración describe, hubo resultado, pero no el que la Fraternidad esperaba.
40 años de contactos
En 1987, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, emitió una respuesta de cincuenta páginas a los dubia formales que monseñor Marcel Lefebvre había presentado sobre la libertad religiosa y Dignitatis humanae. Esa respuesta reconocía que la doctrina conciliar sobre la competencia del Estado en materia religiosa contenía «una novedad», pero la encuadraba como desarrollo legítimo, no como contradicción. Cincuenta páginas de la CDF no son silencio.
Un año después, el 5 de mayo de 1988, el propio Ratzinger y Lefebvre firmaron un Protocolo de Acuerdo que contemplaba la erección de la FSSPX como sociedad de vida apostólica de derecho pontificio, la concesión de un obispo propio y la posibilidad de celebrar exclusivamente el rito tridentino. Lefebvre firmó por la tarde y retiró su firma a la mañana siguiente. Pocas semanas después procedió a las consagraciones del 30 de junio de 1988, que le valieron la excomunión latae sententiae. También hubo respuesta.
Con Benedicto XVI el esfuerzo alcanzó cotas muy visibles. En 2007 publicó Summorum Pontificum, liberalizando la Misa tridentina para toda la Iglesia. En enero de 2009 levantó las excomuniones de los cuatro obispos de la FSSPX, un gesto que le costó una crisis mediática internacional por las declaraciones de monseñor Richard Williamson. Ese mismo año lanzó conversaciones doctrinales formales entre la CDF y teólogos de la Fraternidad. En 2012 se llegó a ofrecer a la FSSPX una prelatura personal con obispos propios si aceptaba un preámbulo doctrinal. Monseñor Bernard Fellay, entonces superior general, rechazó el preámbulo. Las negociaciones se estancaron no porque Roma dejara de escuchar, sino porque la Fraternidad no aceptó las condiciones.
Con Francisco, la FSSPX recibió en 2015 facultades para la confesión válida de sus sacerdotes, primero para el Jubileo de la Misericordia y luego con carácter indefinido. Ya con León XIV, el Vaticano incluyó una peregrinación de la FSSPX en el calendario oficial del Jubileo de 2025.
La reunión de febrero y la propuesta rechazada
El episodio más reciente, y quizá el más revelador, tuvo lugar el 12 de febrero de 2026, cuando el cardenal Víctor Manuel Fernández recibió a Pagliarani en una reunión de hora y media. El prefecto del DDF le propuso un «diálogo teológico específico» con «metodología precisa» sobre «los diferentes grados de adhesión requeridos por los distintos textos del Concilio Vaticano II». No una imposición administrativa, sino un camino teológico para distinguir lo vinculante de lo discutible dentro del propio Concilio.
Pagliarani rechazó la propuesta en su carta del 19 de febrero, pero con un reconocimiento significativo: admitió que él mismo había sugerido exactamente ese tipo de diálogo en una carta de 2019 y que la Santa Sede respondía ahora a su propia iniciativa. Es decir, según las palabras del propio superior general, Roma respondió a la propuesta de la Fraternidad. La objeción fue que lo hizo «tarde» y «bajo presión» de las consagraciones anunciadas.
El balance de casi cuatro décadas documentadas es, por tanto, difícilmente compatible con la afirmación de que las conversaciones «han permanecido sin resultado»: la Santa Sede ha respondido con amplitud, ha concedido gestos extraordinarios, ha modificado legislación universal, ha ofrecido soluciones canónicas a medida y ha abierto espacios teológicos sin precedentes.
El contenido doctrinal: una profesión de fe extraña
El cuerpo de la Declaración constituye una profesión de fe estructurada en torno a los puntos que la FSSPX considera irrenunciables. En materia cristológica y soteriológica, el documento afirma la unicidad de Cristo como redentor y mediador, la abolición de la Antigua Alianza por la Nueva y Eterna Alianza, y la asociación directa de la Santísima Virgen María a toda la obra de la Redención, señalando que «negar esta asociación equivale a alterar la misma noción de Redención».
Sobre eclesiología, la Declaración sostiene que «fuera de la Iglesia católica romana, y sin la profesión de la fe que ella siempre ha enseñado, no hay salvación ni remisión de los pecados», y que esta necesidad «afecta a toda la humanidad sin excepción e incluye indistintamente a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos». El texto califica la renuncia al mandato misionero como «el más grave de los crímenes contra la humanidad» y rechaza cualquier equiparación de la Iglesia católica con otras confesiones: «De ningún modo la Iglesia católica puede ser considerada o tratada en pie de igualdad con un falso culto o una falsa Iglesia».
En materia litúrgica, la declaración define la Santa Misa como «la perpetuación en el tiempo del sacrificio de la Cruz», con carácter «esencialmente expiatorio y propiciatorio», y rechaza expresamente que pueda reducirse a «una simple conmemoración, a una comida espiritual, a una asamblea sagrada celebrada por el pueblo o a la celebración del misterio pascual sin sacrificio».
En el terreno moral, el documento incluye un párrafo específico sobre la homosexualidad, al afirmar que «el pecado impuro contra naturaleza» es «radicalmente incompatible con toda forma de amor auténtico y cristiano» y que una pareja que lo practique «no puede, en ningún caso, ser bendecida, formal o informalmente, por los ministros de la Iglesia». Asimismo, sostiene que la laicidad de las instituciones «constituye una negación implícita de la divinidad y de la realeza universal de Nuestro Señor» y que «la Cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres».
Lo que la Declaración no menciona
Tan significativo como el contenido explícito resulta el catálogo de ausencias del documento. La Declaración no menciona el Concilio Vaticano II, ni para aceptarlo ni para rechazarlo. No menciona ningún Papa posterior a la era patrística en el cuerpo del texto. No menciona el deber de obediencia canónica al ordinario legítimo. No menciona el propio estatus canónico irregular de la Fraternidad. No menciona las consagraciones del 1 de julio. Y no menciona el comunicado del DDF publicado la víspera. La Declaración define la fe católica como si el magisterio de los últimos sesenta años no hubiera existido, y la presenta como la «fe inmutable» en la que la Fraternidad desea «vivir y morir».
Una professio fidei invertida
Diversos teólogos y canonistas consultados han señalado que la operación más significativa del documento no está en lo que dice, sino en lo que hace con la estructura misma de la profesión de fe. La professio fidei canónica (c. 833 del Código de Derecho Canónico) funciona en una dirección precisa: el fiel declara su adhesión a la fe que la Iglesia le propone creer. El sujeto recibe la fe del magisterio; no se la presenta.
La Declaración de la FSSPX invierte esa lógica. Pagliarani no presenta su adhesión a la fe que León XIV enseña: redacta un compendio de la fe que la Fraternidad profesa, se lo entrega al Papa y le pide que la «confirme». La frase operativa es significativa: «Es en esta fe y en estos principios en los que pedimos ser instruidos y confirmados por quien ha recibido el carisma para hacerlo». Se reconoce al Romano Pontífice el «carisma» de confirmar en la fe, pero se le prescribe el contenido que debe confirmar. El Pontífice queda, estructuralmente, en posición de examinado.
La paradoja del Vaticano I
No ha pasado inadvertido, como han apuntado varios canonistas, que la Declaración cita Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I para fundar la autoridad papal: «El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que, por revelación suya, manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles». Sin embargo, Pastor Aeternus también establece que el Romano Pontífice posee «plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia, no solo en las cosas que pertenecen a la fe y las costumbres, sino también en las que pertenecen a la disciplina y al gobierno de la Iglesia». Si esa potestad es plena y suprema, abarca la capacidad de convocar un concilio ecuménico, promulgar sus decretos y exigir adhesión a ellos. Invocar el Vaticano I para defender la autoridad papal y actuar como si esa autoridad no abarcara el Vaticano II constituye, cuando se explicita, una contradicción interna del propio documento.
Una fe más estricta que el magisterio preconciliar
Algunos teólogos han recordado que la formulación del extra Ecclesiam nulla salus que la Declaración emplea es, paradójicamente, más estricta que la del propio magisterio anterior al Concilio. Pío IX, en Quanto conficiamur moerore (1863), ya contemplaba la posibilidad de salvación para quienes, «sin culpa», ignoran la verdadera religión. Y en 1949, el Santo Oficio condenó formalmente la interpretación rigorista del padre Leonard Feeney, que sostenía una versión del extra Ecclesiam sin matices ni excepciones, esencialmente idéntica a la que la Declaración reproduce ahora. La posición de la FSSPX en este punto no entra en conflicto con el Vaticano II, sino con el magisterio de Pío IX y con una condena expresa del Santo Oficio bajo Pío XII.
En la misma línea, y en el marco de la hermenéutica de la continuidad propuesta por Benedicto XVI, se ha observado que la inmensa mayoría de las afirmaciones doctrinales de la Declaración no solo son compatibles con el Concilio Vaticano II, sino que el Concilio las enseña: la necesidad de la Iglesia para la salvación (Lumen gentium 14), el carácter sacrificial de la Misa (Sacrosanctum Concilium 47), la ley moral objetiva (Gaudium et spes 16, Veritatis splendor), e incluso el deber moral de las sociedades para con la verdadera religión (Dignitatis humanae 1). Lo que el Concilio desarrolló no fue el contenido de estas verdades, sino su articulación con la dignidad de la persona y la libertad religiosa como derecho. La FSSPX ha construido una profesión de fe para demostrar la incompatibilidad de su doctrina con la Iglesia postconciliar, y el resultado, leído desde la hermenéutica de la continuidad, demuestra involuntariamente lo contrario.
Y desde luego nadie es tan ciego como para no ver la deriva de la Iglesia, el caos posconciliar, las continuas manifestaciones, muchas veces heréticas, de obispos y cardenales y la hermenéutica de la ruptura. Pero la hermenéutica de la continuidad propuesta por Benedicto XVI se refería a los propios textos del Vaticano II. Sobre los que muchos católicos han pedido aclaraciones sobre interpretaciones ambiguas.
Recientemente el Cardenal Sarah manifestaba que:
Sé bien cuánto el depósito de la fe es hoy despreciado a veces por quienes tienen la misión de defenderlo. Sé bien que algunos olvidan que solo la cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, del anuncio de la fe, de la celebración de los sacramentos –lo que llamamos la Tradición– nos da la garantía de que aquello en lo que creemos es el mensaje original de Cristo transmitido por los apóstoles.
Pero como señalaba el Cardenal Müller:
Si la Fraternidad San Pío X quiere tener un efecto positivo en la historia de la Iglesia, no puede luchar desde fuera por la verdadera fe contra la Iglesia unida al Papa, sino solo dentro de la Iglesia y junto al Papa y todos los obispos, teólogos y fieles ortodoxos.
«Preferimos la muerte antes que renunciar»
La Declaración se cierra con una fórmula solemne: «Con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ella. En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, esperando que dé paso a la visión directa de la eterna e inmutable Verdad». El texto va fechado en Menzingen el 14 de mayo de 2026 y lleva la firma del padre Pagliarani.
Texto de la declaración de fe católica dirigida al papa León XIV 14 Mayo 2026
Declaración de Fe católica dirigida a Su Santidad el papa León XIV por el padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.
Beatísimo Padre:
Desde hace más de cincuenta años, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se esfuerza por exponer ante la Santa Sede su conflicto de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas. Desgraciadamente, todas las conversaciones emprendidas han permanecido sin resultado, y las preocupaciones expresadas no han recibido respuesta verdaderamente satisfactoria.
Desde hace más de cincuenta años, la única solución realmente contemplada por la Santa Sede parece haber sido la imposición de sanciones canónicas. Con gran pesar por nuestra parte, nos parece que el derecho canónico es utilizado no para confirmar en la fe, sino para apartar de ella.
Por medio del texto que sigue, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X desea expresar a Vuestra Santidad, filial y sinceramente, en las circunstancias actuales, su adhesión a la fe católica, sin ocultar nada ni a Vuestra Santidad ni a la Iglesia universal.
La Fraternidad pone esta sencilla Declaración de Fe en vuestras manos. Nos parece que corresponde al mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia, llamarnos verdaderamente católicos y, por consiguiente, hijos vuestros.
No tenemos otro deseo que vivir y ser confirmados en la fe católica romana.
«Así pues, permaneciendo firmemente arraigados y establecidos en la verdadera fe católica, esforzaos por ser siempre dignos ministros del sacrificio divino y de la Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo.
Porque, como dice el Apóstol: “Todo lo que no procede de la fe es pecado 1”, cismático y fuera de la unidad de la Iglesia 2.»
DECLARACIÓN DE FE CATÓLICA
En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Sabiduría divina y Verbo encarnado, que quiso una sola religión, que hizo definitivamente caduca la Antigua Alianza, que fundó una sola Iglesia, que triunfó sobre Satanás, que venció al mundo, que permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos y que volverá para juzgar a vivos y muertos.
Él, Imagen perfecta del Padre e Hijo de Dios hecho hombre, ha sido constituido único Redentor y Salvador del mundo por la Encarnación y por la oblación voluntaria del sacrificio de la Cruz. Nuestro Señor satisface la justicia divina derramando su preciosísima Sangre, y es en esa Sangre donde establece la Nueva y Eterna Alianza, aboliendo la Antigua. Él es, por consiguiente, el único Mediador entre Dios y los hombres y el único camino para llegar al Padre. Sólo quien le conoce, conoce al Padre.
Por decreto divino, la Santísima Virgen María ha sido asociada directa e íntimamente a toda la obra de la Redención; por ello, negar esta asociación —en los términos recibidos de la Tradición— equivale a alterar la misma noción de Redención tal como la Providencia divina la ha querido.
No existe más que una sola fe y una sola Iglesia por las cuales podamos salvarnos. Fuera de la Iglesia católica romana, y sin la profesión de la fe que ella siempre ha enseñado, no hay salvación ni remisión de los pecados.
Por consiguiente, todo hombre debe ser miembro de la Iglesia católica para salvar su alma, y no existe más que un solo bautismo como medio para ser incorporado a ella. Esta necesidad afecta a toda la humanidad sin excepción e incluye indistintamente a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos.
El mandato recibido por los Apóstoles de predicar el Evangelio a todo hombre y convertirlo a la fe católica permanece válido hasta el fin de los tiempos y responde a la necesidad más absoluta y urgente que existe en el mundo. «El que creyere y fuere bautizado se salvará; el que no creyere será condenado 3.» Por tanto, renunciar a cumplir este mandato constituye el más grave de los crímenes contra la humanidad.
La Iglesia romana es la única que posee simultáneamente las cuatro notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Jesucristo: la Unidad, la Santidad, la Catolicidad y la Apostolicidad.
Su unidad deriva esencialmente de la adhesión de todos sus miembros a la única y verdadera fe, fielmente conservada, enseñada y transmitida por la jerarquía católica a lo largo de los siglos.
La negación de una sola verdad de fe destruye la fe misma y hace radicalmente imposible toda comunión con la Iglesia católica.
La única vía posible para restablecer la unidad entre cristianos de distintas confesiones consiste en el llamamiento apremiante y caritativo dirigido a los no católicos para que profesen la única y verdadera fe en el seno de la única y verdadera Iglesia.
De ningún modo la Iglesia católica puede ser considerada o tratada en pie de igualdad con un falso culto o una falsa Iglesia.
Solamente el Romano Pontífice, Vicario de Cristo, posee la autoridad suprema sobre toda la Iglesia. Sólo él confiere directamente a los demás miembros de la jerarquía católica la jurisdicción sobre las almas.
«El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que, por revelación suya, manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe 4.»
A una sola fe corresponde un solo culto, expresión suprema, auténtica y perfecta de esa misma fe.
La Santa Misa es la perpetuación en el tiempo del sacrificio de la Cruz, ofrecido por muchos y renovado sobre el altar. Aunque ofrecido de manera incruenta, el santo sacrificio de la Misa es esencialmente expiatorio y propiciatorio. Ningún otro culto proporciona la adoración perfecta. Ningún otro culto que no esté en relación con él es agradable a Dios. Ningún otro medio es suficiente para la santificación de las almas.
Por consiguiente, el santo sacrificio de la Misa no puede en modo alguno reducirse a una simple conmemoración, a una comida espiritual, a una asamblea sagrada celebrada por el pueblo o a la celebración del misterio pascual sin sacrificio, sin satisfacción de la justicia divina, sin expiación de los pecados, sin propiciación y sin la Cruz.
La ayuda proporcionada a las almas por los sacramentos de la Iglesia católica es suficiente en toda circunstancia y en toda época para permitir a los fieles vivir en estado de gracia.
La ley moral contenida en el Decálogo y perfeccionada en el Sermón de la Montaña es la única practicable para obtener la salvación de las almas. Todo otro código moral —por ejemplo, fundado en el respeto de la creación o en los derechos de la persona humana— es radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. De ningún modo puede reemplazar la única y verdadera ley moral.
A ejemplo de san Juan Bautista, la verdadera caridad nos obliga a advertir a los pecadores y a no renunciar jamás a emplear los medios necesarios para salvar sus almas.
Quien come el Cuerpo de Nuestro Señor y bebe su Sangre en estado de pecado come y bebe su propia condenación, y ninguna autoridad puede modificar esta ley contenida en la enseñanza de san Pablo y en la Tradición.
El pecado impuro contra naturaleza es de tal gravedad que clama siempre y en toda circunstancia venganza ante Dios, y es radicalmente incompatible con toda forma de amor auténtico y cristiano. Por ello, semejante «modo de vida» no puede en modo alguno ser reconocido como un don de Dios. Una pareja que practique este vicio debe ser ayudada a liberarse de él y no puede, en ningún caso, ser bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la Iglesia.
La sumisión de las instituciones y de las naciones, como tales, a la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo deriva directamente de la Encarnación y de la Redención. Por ello, la laicidad de las instituciones y de las naciones constituye una negación implícita de la divinidad y de la realeza universal de Nuestro Señor.
La Cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres.
No es la Iglesia la que debe conformarse al mundo, sino el mundo el que debe ser transformado por la Iglesia.
Es en esta fe y en estos principios en los que pedimos ser instruidos y confirmados por quien ha recibido el carisma para hacerlo.
Con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ella.
En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, esperando que dé paso a la visión directa de la eterna e inmutable Verdad.
Menzingen, 14 de mayo de 2026,
en la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor.
Davide Pagliarani1 Rm 14, 23.
2 Pontifical Romano, monición a los ordenandos al subdiaconado.
3 Mc 16, 16.
4 Pastor Aeternus, cap. 4.








