(InfoCatólica) El Cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha publicado un extenso comentario en el que critica duramente el informe final del Grupo de Estudio 9 del Sínodo sobre la Sinodalidad. El purpurado alemán denuncia que la acogida entusiasta dispensada al documento por los sectores favorables a la agenda LGBT dentro de la Iglesia resulta reveladora, puesto que el texto permite que «se acoja abiertamente la relativización herética del matrimonio natural y sacramental».
Müller acusa a los grupos de estudio sinodales de desconfiar de los principios centrales de la doctrina católica y de intentar alinearse con las ideologías dominantes mediante un supuesto «cambio de paradigma» que, en la práctica, construye «un cristianismo cómodo y mundanamente conformista».
El núcleo de su crítica se dirige contra cualquier forma de bendición de parejas del mismo sexo o en situaciones irregulares, que califica de «fraudulentas y blasfemas» por fundarse en «la negación herética de la verdad revelada de que Dios creó al ser humano como varón y mujer». El cardenal recuerda que no existe mención alguna en la Sagrada Escritura ni en la tradición de la Iglesia que autorice tales bendiciones, y precisa que la benedictio es una oración para que las personas progresen en el bien, no una confirmación de una vida contraria a los mandamientos de Dios.
Müller amplía su denuncia al marco ideológico que, a su juicio, subyace en el informe. Afirma que la ideología woke ha penetrado en la Iglesia como «una herejía destructiva y una fuerza cismática divisoria» comparable al maniqueísmo o al pelagianismo, y sostiene que la ideología de identidad sexual contradice tanto la antropología cristiana como la ciencia biológica. Frente a este panorama, apela a la resistencia histórica del Magisterio y de los grandes Doctores de la Iglesia, y concluye invocando la constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II: la Iglesia «desea iluminar a todos los hombres con la claridad de Cristo, anunciando el Evangelio a toda criatura».
Sobre la bendición de Dios y las falsas bendiciones de este mundo
Por el cardenal Gerhard Müller, Roma
Los grupos de estudio establecidos por el papa Francisco durante el Sínodo sobre la Sinodalidad de 2024 van publicando gradualmente sus conclusiones, por lo demás sumamente controvertidas.
Resultan fatalmente semejantes en dos aspectos: 1. Por su desconfianza hacia los principios centrales de la doctrina católica, que confunden con un sistema de pensamiento condicionado por su época, en lugar de reconocerlos como la transmisión íntegra y completa de la revelación de Dios a las generaciones presentes y futuras; y 2. por su intento de alinearse con las ideologías dominantes mediante un supuesto «cambio de paradigma, del dogmatismo rígido a una pastoral cercana al pueblo», a fin de obtener el reconocimiento de sus promotores.
No niegan abiertamente las verdades reveladas. Pero las ignoran y construyen junto a ellas su propia casa de un cristianismo cómodo y mundanamente conformista.
Para confundir a los fieles ingenuos, se adorna todo con lugares comunes bíblicos y de apariencia espiritual: «lo que el Espíritu dice a las Iglesias», discernimiento en lugar de condena, el Jesús misericordioso y acogedor contrapuesto a los rigoristas doctores de la ley y a los profesores de teología conservadora encerrados en sus sistemas, más preocupados por la fidelidad a la letra de la ley y a la doctrina rígida que por las personas en su debilidad y vulnerabilidad.
Por desconocimiento o desprecio de la tradición católica, se llega a la pretensión sofísticamente exagerada de que el pecado no consiste en actos conscientes y voluntarios contra los mandamientos de Dios, sino en el rechazo de una misericordia omniabarcante hacia quienes no pueden o no quieren cumplirlos.
En realidad, la Iglesia enseña que Cristo murió en la cruz por los pecados de todos los hombres y que el Espíritu Santo no niega la gracia de Dios a nadie que se convierta al Evangelio, para que pueda llevar una vida nueva y santa en el seguimiento de Cristo. Solo por eso puede decir el Apóstol a los bautizados: «No viváis ya como los gentiles, que viven según sus vanos pensamientos… Despojaos del hombre viejo, corrompido por las concupiscencias engañosas; renovaos en el espíritu de vuestra mente; y revestíos del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 17.22-24).
En el contexto de los Sínodos de los Obispos y de los caminos sinodales nacionales en las Iglesias locales, reaparece continuamente el tema predilecto de ciertos obispos, teólogos y laicos sintonizados con el espíritu del tiempo. En lugar de conducir a las personas hacia el Dios-hombre Jesucristo, único y verdadero Mediador entre Dios y la humanidad, ven el futuro de la Iglesia —de un modo monotemático y espiritualmente limitado— en la adopción de la ideología de género y del arcoíris.
Por ello, arriesgan incluso la unidad visible de la Iglesia en la verdad de Cristo, tal como el Señor mismo, en cuanto Cabeza de la Iglesia, la ha confiado al Colegio episcopal en su conjunto, con y bajo el Papa como sucesor personal de Pedro en la Sede Romana.
La bendición privada o incluso paralitúrgica de parejas del mismo sexo o de parejas de distinto sexo en situaciones irregulares se funda en la negación herética de la verdad revelada de que Dios creó al ser humano como varón y mujer.
Jesús, que en su persona es el Camino, la Verdad y la Vida, confirmó la voluntad originaria del Creador frente a la casuística de los fariseos sobre el divorcio y reveló de modo definitivo que el varón y la mujer se hacen una sola carne únicamente mediante el «sí» conyugal (cf. Mt 19, 3-9). Así, en el matrimonio, el varón y la mujer forman una unidad personal y sexual de dos en uno, en el amor mutuo, en la vida compartida y en la apertura a los hijos que Dios quiera concederles. Y solo un varón y una mujer en unión matrimonial son bendecidos por Dios para que sean fecundos, se multipliquen, llenen la tierra y dominen (sabiamente) sobre todas las demás criaturas de la tierra (cf. Gn 1, 28). No hay mención alguna en la Sagrada Escritura ni en toda la tradición de la Iglesia de una bendición para personas en relaciones adúlteras, ni indicación alguna de que los obispos estén autorizados a ordenar o permitir bendiciones fraudulentas y blasfemas.
La bendición litúrgica o privada (benedictio = aprobación), por la que somos bendecidos en Cristo, es una oración de la Iglesia confiada en la ayuda y asistencia de Dios para las personas, a fin de que progresen en todo lo que es bueno, y en modo alguno una confirmación de una vida contraria a Dios en el pecado. La debilidad humana no puede servir de excusa, porque el Espíritu Santo nos ayuda con su gracia, que Dios no niega a nadie que la pida sinceramente (cf. Rom 8, 26).
Pero de aquellos que «cambian la verdad de Dios por la mentira» y sustituyen el orden de Dios por sus propias ideologías y pseudoteologías de fabricación propia mezcladas con sociología y psicología, dice el Apóstol que piensan erróneamente y viven en pecado, que es la muerte de la vida de la gracia; y, sin embargo, conociendo su maldad, incluso aprueban a quienes actúan en tal contradicción con Dios (cf. Rom 1, 25-32).
En las reacciones del lobby pro-LGBT dentro de la Iglesia ante la publicación del informe del grupo de trabajo sinodal correspondiente y las bendiciones de uniones sexuales no matrimoniales —incluso las ordenadas por obispos—, se acoge abiertamente la relativización herética del matrimonio natural y sacramental. Esto se presenta como el primer paso hacia el reconocimiento de la ideología LGBT, que no propugna otra cosa que una visión materialista de la humanidad sin Dios, Creador, Redentor y Consumador del género humano.
Todo aquel que, como maestro de la fe y pastor de los fieles constituido por Cristo, se interese verdaderamente por la paz interior del alma y la salvación eterna de los fieles que le han sido encomendados, no convierte a las personas en situaciones difíciles en juguetes de una ideología atea ni en instrumentos de su propio afán de protagonismo en el medio woke, sino que les señala personalmente a Jesucristo, el Hijo de Dios. «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia en el momento oportuno» (Heb 4, 15-16).
Porque solo Él es el verdadero Mesías, y solo Él puede ayudar a toda persona, sin excepción, en toda tribulación espiritual y en toda turbación del ánimo —a diferencia de los salvadores mundanos cuyas doctrinas de autorredención han conducido tan a menudo a la humanidad a la ruina—. La ideología de género contradice directamente la antropología cristiana. Y con sus 60-80 géneros inventados arbitrariamente, se sitúa también en contradicción directa con la ciencia biológica. Atenta contra el sentido común, que sabe que todo ser humano individual es fruto de la unión de su propio padre
Con la ideología woke —derivada originalmente del pensamiento ateo-materialista— ha penetrado en la Iglesia católica una herejía destructiva y una fuerza cismática divisoria que, por la magnitud de su contradicción con la verdad revelada por Dios, equivale al maniqueísmo o al pelagianismo. Y el estudio de la historia de la Iglesia nos enseña: fue únicamente gracias a la resistencia continua del Magisterio de los papas y los concilios, y a la fuerza intelectual de los grandes Doctores de la Iglesia, desde san Agustín hasta santo Tomás de Aquino y John Henry Newman, como se conjuraron estas y otras amenazas existenciales para la Iglesia. Todos los imperios forjados por el hombre y todas las fortalezas ateas del pensamiento han de caer tarde o temprano. Sin embargo, las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, porque Jesús, el Hijo del Dios vivo, la edificó sobre la roca de San Pedro.
No es la transformación de la Iglesia en un movimiento filantrópico con barniz religioso-social lo que conducirá a los hombres secularizados del Occidente descristianizado de vuelta a los brazos abiertos del Buen Pastor, Jesucristo, que es la «Luz de las Naciones». Solo cabe decir, con las palabras de los Padres del Concilio Vaticano II, «que desea iluminar a todos los hombres con la claridad de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a toda criatura» (Lumen gentium 1).
Los verdaderos discípulos de Jesús no buscan la aprobación de los hombres ni las falsas bendiciones de «los poderosos, los prominentes y los influyentes de este mundo» (cf. 1 Cor 2, 6). Porque en el amor y la verdad, «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los cielos, en Cristo» (Ef 1, 3).







