(InfoCatólica) John Angerer tiene 93 años y lleva 63 acudiendo cada semana a adorar a Cristo en el Santísimo Sacramento. Desde que su parroquia, St. Augustine, en Barberton (Ohio), inauguró la Adoración Perpetua el día de Todos los Santos de 1962, apenas tres semanas después de que san Juan XXIII abriera el Concilio Vaticano II, este nonagenario ha acumulado más de 3.276 horas de oración ante el Señor expuesto en la custodia.
«Es bueno para tu alma», afirma Angerer en declaraciones recogidas por el National Catholic Register. «Una forma hermosa de hablar con Dios sin distracciones».
De la noche a la mañana: seis décadas de fidelidad
El programa de adoración perpetua en St. Augustine nació del impulso de un grupo de feligreses. «El año antes de pasar a perpetua, teníamos adoración de nueve de la mañana a seis de la tarde», recuerda Angerer. «Un grupo de hombres decidimos cubrir las horas nocturnas. Fuimos de dos en dos por el vecindario invitando a la gente a apuntarse. Conseguimos tres personas por hora».
Con el paso de las décadas, el número de adoradores ha menguado. «Mucha gente ha muerto desde entonces», reconoce. «Ahora tenemos una o dos personas por hora, y algunos hacen hora y media para que funcione». Angerer mantuvo su compromiso durante los 27 años que trabajó en financiación inmobiliaria y los 20 posteriores en una empresa de construcción de viviendas adaptadas. Hace unos cinco años tuvo que dejar las horas nocturnas por no poder conducir de noche y pasó a los sábados por la mañana, aunque asegura que las vigilias le daban más energía al día siguiente.
La adoración en los momentos más duros
La fidelidad de Angerer a su hora santa no ha sido ajena al sufrimiento. En 2006, mientras celebraba con su familia sus bodas de oro en Carolina del Norte, su hijo de 45 años sufrió un infarto mortal tras salir del mar. Su esposa, Letty, falleció hace dos años tras 68 años de matrimonio; años antes había sido víctima de un asalto violento.
«A veces llegaba a la hora santa con el corazón destrozado, pero Dios me ayudó a salir adelante», confiesa. Entre las intenciones que llevó durante años a la adoración estaba la conversión de Letty al catolicismo. Veinte años después de casarse, ella entró en la Iglesia y se apuntó también a su propia hora santa.
Un fenómeno en crecimiento en Estados Unidos
El testimonio de Angerer no es un caso aislado. Un reciente estudio sobre los frutos del Eucharistic Revival en Estados Unidos señala que el acceso a la adoración eucarística ha crecido un 60 %. Según Andrew Niewald, presidente de la Adoratio Foundation, con sede en Beloit (Kansas), unas 800 de las 17.500 parroquias del país mantienen adoración perpetua. Su investigación revela además que 77 parroquias han ampliado o iniciado horas de adoración desde 2025, y que el 44 % del total (unas 7.700) ofrece adoración en alguna modalidad.
«Hay un flujo constante, así que no es posible obtener una cifra exacta», explica Niewald. «Incluso en parroquias con adoración ininterrumpida, normalmente menos del 8 % de los feligreses participa, lo que demuestra que todas tienen un enorme margen de crecimiento».
Treinta años, sesenta y cinco años: parroquias que perseveran
En la parroquia de Our Lady of Lourdes, en Raleigh (Carolina del Norte), la adoración perpetua cumple 30 años. El padre Tim Meares, vicario parroquial, asegura que «no se pueden cuantificar las muchas gracias y bendiciones que trae consigo. La parroquia ha sido un faro de vida y actividad, y ha habido innumerables milagros». Treinta y cinco adoradores han participado durante las tres décadas completas, doce de ellos manteniendo su horario original.
«Cuando tienes adoración perpetua, Jesús es un miembro activo de la parroquia, actuando en nosotros a través del Santísimo Sacramento», afirma la feligresa Candace Barati, que ha ampliado su tiempo de adoración a dos o tres horas semanales y colabora en la coordinación de turnos.
En St. Bonaventure, en Columbus (Nebraska), la adoración perpetua se remonta a 65 años, iniciada el día de San Valentín. Tim Cumberland, capitán de turnos y converso al catolicismo, relata cómo comenzó en 2012: «Tenía 63 años. Le dije a Dios: «Aquí estoy, pero no tengo ni idea de qué hacer». Me senté, y en pocos minutos tuve la mejor conversación con Dios de toda mi vida». Cumberland acude cada semana de tres a cuatro de la madrugada, llevando las intenciones de un grupo bíblico que dirige en una residencia de ancianos.
Raíces históricas y vocación universal
La adoración perpetua tiene precedentes remotos. Según la obra The History of the Eucharistic Adoration, el rey Luis VII de Francia pidió al obispo de Aviñón que expusiera el Santísimo en la capilla de la Santa Cruz tras su victoria sobre los albigenses, el 14 de septiembre de 1226. La afluencia de adoradores fue tal que el obispo decidió mantener la exposición día y noche, práctica ratificada después por la Santa Sede y que se prolongó ininterrumpidamente hasta la Revolución Francesa de 1792, reanudándose en 1829.
Lisa Anne Kromar, responsable del Apostolate of Eucharistic Adoration, colaborador aprobado del Eucharistic Revival, con presencia en Irlanda, Chicago y Minnesota, subraya que la adoración ininterrumpida es «el estándar de oro», ya que garantiza que al menos una persona esté rezando ante la presencia real de Cristo.
Ni la pandemia detuvo la oración
Therese Harper, coordinadora de turnos en St. Augustine y adoradora semanal desde hace 20 años, recuerda que la parroquia no suspendió la adoración durante la pandemia de 2020. «La gente quería estar en presencia del Señor porque no había misa, así que no hubo problema para cubrir los turnos. El párroco tuvo que pedir que no vinieran quienes no estuvieran apuntados para no superar el aforo».
De vuelta en Ohio, Angerer sigue fiel a su cita. A veces toma un libro de la biblioteca parroquial; en sus años de vigilia nocturna, confiesa que a veces se subía al púlpito y predicaba homilías con Jesús y los ángeles como únicos oyentes. «Tengo mi lista de intenciones, que se ha hecho bastante larga, y le entrego mis cargas a Jesús», dice. También lleva su gratitud: su hija, sus tres nietos y su primer bisnieto, que espera en abril.
«Es tan bonito estar allí, en la quietud y la paz; solo tú y Jesús», concluye. «Adoro mi hora santa. Hay que vivirla para sentirla».







