(InfoCatólica) Hace una semana, se celebró en París la Marcha por la Vida anual de Francia. Se trata de un acontecimiento pequeño, de solo una decena de miles de personas, a diferencia de las marchas multitudinarias de otros países, como los Estados Unidos y como también sucedía antes en España o Italia hasta que, durante el pontificado anterior, la lucha contra el aborto dejó de ser políticamente correcta en la Iglesia y los obispos prefirieron distanciarse de ese tipo de manifestaciones.
En Francia, el entorno político y social es más abortista aún que en otras naciones, debido a la laicidad militante del Estado y a que Francia fue uno de los países donde se inició la llamada «revolución sexual». Hace dos años, se modificó la Constitución para introducir en ella la «libertad» de las mujeres para abortar (con el eufemismo de «interrupción voluntaria del embarazo»). La modificación constitucional fue impulsada por el Presidente Emmanuel Macron y recibió los votos de una gran mayoría en el Parlamento (780 a favor y 72 en contra).
Precisamente por este entorno agresivamente abortista, la Marcha por la Vida de Francia es más reducida que en otros países, pero quizá también más importante, para mantener encendida la llama de la defensa de la vida humana. En los últimos años, los obispos franceses en general han realizado declaraciones contra el aborto o la eutanasia y a favor de la vida, pero han preferido no participar activamente en la Marcha por la Vida.
Este año, eso ha cambiado. El cambio ha venido a través de Mons. Dominique Rey, obispo emérito de Toulon y probablemente uno de los mejores obispos del país galo, con un celo insuperable por la evangelización y unos resultados magníficos al frente de su diócesis, pero cuya dimisión fue solicitada por el Papa Francisco a finales de 2024. Esa dimisión se produjo tras una visita apostólica en la que se criticó la acogida indiscriminada por el obispo a distintos movimientos y comunidades de vida religiosa y, asombrosamente, su empeño en evangelizar a los musulmanes. Probablemente también tuvo que ver su aprecio por la Misa antigua, que el obispo celebraba con frecuencia.
A pesar de su jubilación anticipada, Mons. Rey se mantiene en activo y ha querido ser el primer obispo en pronunciar unas palabras en la Marcha por la Vida de Francia, rompiendo así la barrera de la reticencia episcopal a participar activamente en este evento de minorías, pero tan significativo. El prelado criticó las «disposiciones mortíferas» de la legislación francesa y advirtió que «legitimar el aborto y la eutanasia afecta a toda la sociedad» y constituye «una deformación de lo que son los profesionales médicos».
Asimismo, explicó que «cuando la vida deja de ser inviolable, el hombre deja de ser libre» y que, «abandonada a su suerte, sin límites que la recuerden que no es un fin en sí misma, la libertad puede convertirse en liberticida». También criticó la «expresión mentirosa» de «ayudar a morir dignamente», que oculta «el desprecio de la vida en momentos de fragilidad».
Significativamente, el miércoles pasado, tres días después de la reducida pero valiente Marcha por la Vida, el senado francés asestó un duro golpe al proyecto de ley de eutanasia, al rechazar este miércoles 21 de enero, por 144 votos contra 123, el artículo central de la proposición de ley sobre la ayuda a morir.
No está claro si este revés en el senado acabará con el proyecto, especialmente en un contexto de debilidad del gobierno de Macron, el principal impulsor del proyecto. En cualquier caso, tanto la celebración contra viento y marea de la Marcha por la Vida como la participación novedosa de Mons. Rey constituyen un signo de que la batalla para defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural no se ha perdido y la lucha continúa.







