17.05.19

Una distracción de vez en cuando viene bien (las ‘chuches’ literarias)

                         Una jovencita leyendo, óleo de Seymour Joseph Guy (1824-1910).

     

       

“La simple necesidad de algún tipo de mundo ideal en el que las personas ficticias desempeñen un papel sin trabas es infinitamente más profunda y antigua que las reglas del buen arte, y mucho más importante.”

G. K. Chesterton

 

 

“La existencia de la buena mala literatura —el hecho de que uno pueda emocionarse o divertirse o incluso conmoverse por un libro que el propio intelecto simplemente se rehúsa a tomar en serio— es un recordatorio de que el arte no equivale a una cerebración.”

George Orwell

 

 

“Divertido no es lo contrario de serio. Divertido es lo contrario de aburrido y nada más.”

G. K. Chesterton

     

   

Si son ustedes seguidores de mi blog, sabrán que desde un principio no he dejado de escribir sobre la necesidad de que los chicos lean libros de calidad (y que, además, contengan en sus páginas bondad, belleza y verdad), pero también sabrán que he promocionado ciertas excepciones a tal regla, por tenerlas por sanas, estimulantes, y en ocasiones convenientes, como verán a continuación.

Porque, ciertamente, cuando nuestros hijos se acercan a la pubertad o a la adolescencia, constatamos la existencia de una ley natural que parece decirnos que, hagamos lo que hagamos ––es ineluctable––, nuestros chicos se alejarán de nosotros y de todo lo que nosotros signifiquemos y se volverán escépticos respecto a aquello a lo que prestemos atención o elogio, incluida la recomendación de lecturas. Así que aquella reverencial y hasta casi idolátrica atención que nos prestaban cuando les elegíamos los libros, los cuentos y las novelas, y el entusiasmo inocente con el que abordaban las problemas que algunos de aquellos libros les planteaban, acudiendo a nosotros prestos para encontrar un pronto alivio a aquellas dificultades, ya no se dará. 

Sin embargo, por su bien es preciso que nuestro prestigio como electores de libros se mantenga. Es necesario que nuestra influencia permanezca, aunque sea mellada y capitidisminuida. Y para ello, creo yo, nada mejor que haber ido creando desde su más tierna infancia una imagen paternal que en ocasiones se aparte un poco de la intelectualidad y la seriedad y se centre en el mero entretenimiento. 

 

                      Niño leyendo, obra de Jonathan Eastman Johnson (1824–1906).

 

Pero, ¿cómo hacerlo? preguntarán ustedes. Pues, utilizando chuches. Ya saben, estos libros de mediana e incluso baja calidad literaria, fáciles y evanescentes, pequeños interludios de evasión pura y dura para disfrute de nuestros hijos, y que aunque quizá no sean promotores de altos valores, al menos, no actuarán como disolventes de las virtudes que tratamos de inculcarles (por lo tanto, habrá que hacer una selección dentro de esta peculiar categoría. Se tratará siempre de buenas chuches). Me refiero a libros como los de Enid Blyton o Emilio Salgari, y a muchos otros de los que les he hablado desde aquí. Ese tipo de obra a la Chesterton calificó como un “buen mal libro”, refiriéndose precisamente a cierta literatura infantil de su tiempo, y que según George Orwell, no tiene “mayor pretensión literaria, pero sigue siendo legible aún después de que otros más serios han perecido”.

Pues bien, además de su finalidad escapista, lúdica, divertida y relajante (e incluso, a la más trascendente, imaginada por Chesterton, para quien “la literatura y la ficción son dos cosas completamente diferentes” (…) pues, si “la literatura es un lujo; la ficción es una necesidad”), creo que estas chuches tienen otra función, adicional y menos relevante, aunque estimo que también de una cierta importancia, como es acostumbrar a los chicos a que también se puede disfrutar con libros intrascendentes y ligeros, lo que facilitará la continuidad de nuestra tutoría literaria. 

 

                       Enid Blyton, una de las más prolíficas autoras de chuches.

 

Por todo ello, si alguna vez hemos sufrido la tentación ––bienintencionada, por supuesto–– de adquirir frente a nuestros hijos una pose literaria de alto nivel, con un interés centrado en lo estrictamente clásico (tratando de darles de comer únicamente aquello que prescribió el Matthew Arnold como “lo mejor que ha sido pensado y dicho”), posiblemente lo más conveniente será levantar el acelerador, corregir el rumbo y permitirles que frecuenten chuches de vez en cuando. 

A tal efecto, a continuación les presento una lista personal de aquellos títulos que he ido calificado de chuches en diversas entradas de mi blog. Se trata, obviamente, de una relación abierta que, como toda selección, tiene mucho de arbitrariedad y poco de certidumbre, ya que incluso entre los títulos citados hay grados. Pero al menos es un punto de partida. Ahí va, con los links que llevan al artículo donde hablo de los libros (aunque advierto que sobre alguno de los títulos no he escrito todavía).

 

-La serie de Guillermo Brown de Richmal Cropton (link).

-La serie de Penrod Schofield de Booth Tarkington. 

-La serie Torres de Malory de Enid Blyton (link).

-La serie Santa Clara de Enid Blyton (link).

-La serie La traviesa Elizabeth de Enid Blyton (link).

-La serie Los famosos cinco de Enid Blyton (link).

-La serie Los siete secretos de Enid Blyton (link).

-La series Misterio Aventura de Enid Blyton (link). 

-La serie de caballos Jill de Ruby Ferguson (link).

-La serie de Jennings de Anthony Buckeridge (link).

-Merrit, aprendiz de detective de Mary Fitt (link).

-La serie de Ian, Sovra y Cathie de Elinor Lyon (La fuga de Cathie, El secreto de las piedras talladas Extraños tras la puerta) (link).

-Los chicos de la colina de Elinor Lyon (link).

-Verdes crecen los juncos de Elinor Lyon (link).

-El valle del eco de Elinor Lyon (link).

-El desconocido del bosque Una cabaña para Crusoe de David Severn (link).

-Emilio y los detectives y otros de Erich Kästner (link).

-Kai, el de la caja de Wolf Durian.

-Sandokán, El corsario negro, El León de Damasco y muchas más de Emilio Salgari (link).

-Las historias de Sherlock Holmes y muchas otras, de Arthur Conan Doyle (link).

-La serie de Tarzán de Edgar Rice Burroughs (link).

-La saga de Old Shaterhand Winnetou de Karl May.

-La serie de la Señorita Marple, la de matrimonio de sabuesos y muchas otras historias de Agatha Christie.

-Las historias de Celia de Elena Fortún y de Antoñita la fantástica de Borita Casas.

-Los cuentos de Antonio Robles.

-Algunas historias de Ana Mª Matute y Monserrat del Amo.  

-Las novelas de aventuras de Mayne Reid (link).

-Las novelas de Rafael Sabatini (link).

-Las historias de Arsenio Lupin de Maurice Leblanc.

-Algunas de las novelas de Edgar Wallace. 

30.04.19

La magia y los libros para chicos (II)

Manuscrito Egerton MS 943, Divina Comedia. El Infierno, Canto XX, Dante, Virgilio y los adivinos (mediados del siglo XIV). 

 

“Ve a las tristes que dejaron la aguja / la lanzadera y el huso, y se hicieron adivinas; / hicieron hechizos con hierbas y figuras".

Dante. Divina Comedia. Canto XX. 121-123

 

“Los Elfos y Gandalf utilizan su magia moderadamente (…) nunca engañan (…) porque la diferencia es para ellos tan clara como lo es para nosotros la diferencia entre la ficción, la pintura o la escultura y la «vida»”.

J. R. R. Tolkien. Cartas

 

“El hecho de que un mago no utilice la magia negra no quiere decir que no pueda emplearla”.

J. K. Rowling. Harry Potter y la Cámara Secreta

 

 

Cuando un escritor de libros infantiles y juveniles se enfrenta con la magia tiene de entrada, simplificando mucho, dos opciones: 1ª) presentarla como un don de algunos elegidos, concedido graciosamente por una divinidad que es quien ostenta ese poder sobrenatural, o 2ª) mostrarla como una técnica, un saber oculto,­ en el que cualquiera puede ser iniciado. En el primer caso, el elegido nada puede hacer por sí solo; es únicamente un instrumento de la divinidad, que es en quien reside el poder. En el otro, el hombre es dueño de la magia, es por sí mismo poseedor de un secreto poder sobre la naturaleza y sus leyes que lo hace cuasidivino (aunque realmente el calificativo sea demoníaco).

Un segundo nivel que hay que abordar es el lugar que la magia ocupe en el relato. Pueden darse, con igual simplificación, dos casos: 1º) el mago es un personaje marginal de la trama y/o la propia magia es algo testimonial e irrelevante en la historia, o 2º) el mago y su magia son protagonistas y parte fundamental del argumento y desenlace de la historia.

Un tercer escalón que debería afrontar nuestro literato sería la valoración que se hace de la magia en la historia. Pueden darse igualmente dos casos: 1º) o se la califica como algo oscuro y peligroso de lo que alejarse, 2º) o se presenta como algo positivo y de nulo riesgo. 

Un último escalón sería la cuestión de a quién es atribuido en el relato ese saber oculto y mágico, ya sea a personajes no humanos o a hombres. 

Las cuatro primeras opciones parecerían corresponder a la postura prudente propia de un escritor cristiano fiel a sus convicciones y a su fe, aunque se trate de una postura delicada, compleja y no exenta de cierto riesgo. Las segundas opciones no serían acordes con esta fe.

Y dicho esto, seguro que les han venido a la mente al menos tres muy conocidas historias para niños y jóvenes en las que encontramos elementos de magia: Las crónicas de NarniaEl Señor de los Anillos y Harry Potter

La pregunta que surge inmediatamente podría ser: ¿por qué en los círculos cristianos se aceptan sin problemas las historias de Lewis y Tolkien y hay reparos para las de Harry Potter

En primer lugar, tanto en la serie de Narnia como en la del Anillola magia es tratada como un elemento ocasional y marginal y, generalmente, no humano. 

Así, hablando de su opus magnum, El Señor de los Anillos, Tolkien confesó en una de su cartas: “No he empleado la «magia» coherentemente”. De hecho, Gandalf (quien es un Istari, es decir, un ser angélico enviado por la divinidad para, mediante consejos e instrucción, despertar los corazones y las mentes de aquellos amenazados por Sauron a una resistencia con sus propias fuerzas) rara vez hace uso de poderes sobrenaturales y se menciona que los elfos puede hacer cosas extraordinarias, pero que no son propiamente magia (Tolkien dijo al respecto que lo que los elfos hacen “es Arte, despojado de muchas de sus limitaciones humanas” porque “su objetivo es el Arte, no el Poder; la subcreación, no el dominio y la reforma tiránica de la Creación”), y aunque los seres humanos poseen en ocasiones armas u objetos mágicos, siempre son hechas por los no-humanos (dice Tolkien: “la utilización de la «magia» en esta historia muestra que no se tiene acceso a ella por conocimiento folklórico o hechizos, sino que es un poder inherente no poseído o accesible a los hombres en cuanto tales.”). Por último, el uso de la magia con frecuencia conduce al mal (véase el caso del Anillo). 

Por su parte, en Las crónicas de Narnia, es verdad que la bruja Blanca hace magia y que Coriakin, en La travesía del viajero del alba, tiene un enorme libro de hechizos. Pero también lo es que se trata de aspectos puntuales en una obra de mucha extensión y que los únicos seres humanos que usan la magia son Lucy y el tío Andrew, y la primera es amonestada por Alsan por su uso y el segundo ––que sólo es un torpe aprendiz–– trae el mal a Narnia usando anillos mágicos. 

Por lo tanto, de ambas obras se desprende una doble lección: los hombres no deben usar la magia para lograr sus objetivos y su uso trae consigo malas consecuencias.

En contraste con las dos obras anteriores, en la serie de Harry Potter, la magia es la esencia de las historias, el paisaje y la sustancia en la cual se mueven y desenvuelven los protagonistas, que o son magos o estudian para serlo. Aquí lo mágico lo tiñe todo y es usado por seres humanos.

En segundo lugar, en las obras de Lewis y Tolkien la magia es un don concedido por la divinidad a algunos elegidos, a diferencia de la saga Potter donde aquella, si bien se basa en unos atributos aparentemente transmitidos por herencia ––aunque sin un origen claro––, se presenta también como una técnica que se puede aprender y cuyo dominio depende de la voluntad del hombre. Su aprendizaje en una academia llamada Hogwarts es el hilo conductor de todas las tramas. 

Pero la diferencia más poderosa­ es que en Narnia y en La Tierra Media se nos presenta un mundo distante y distinto al nuestro, claramente fantástico e irreal, lo que no ocurre en Harry Potter, donde las historias tratan sobre niños de la misma edad que los niños lectores, que viven en su mismo mundo real, en su misma época y en un país real, Gran Bretaña. Esto último podría causar en algunos chicos dificultades para separar la fantasía de la realidad. Por ende, el riesgo de que sucumban al poder de sugestión ínsito en tales obras y en toda la parafernalia que les rodea debe ser tomado en consideración, porque ciertos chicos pueden sentir que, al igual que los protagonistas, también ellos podrían acceder a ese poder (que deja de ser tan fantástico y adquiere tonos más realistas) o aprovecharse de él. 

En suma, creo que a diferencia de los relatos de Tolkien y Lewis, en las historias de Rowling hay, a un tiempo, una clara banalización y una intensa popularización de la magia, que de ser tradicionalmente considerada como una actividad oculta y marginal, pasa a ser materia de consumo de masas, atractiva y aparentemente accesible, provocando una curiosidad y apetencia que, para algunos chicos, podría derivar en un interés malsano en lo oculto. 

Por tanto, elijan bien, teniendo en cuenta el contenido del libro y la edad, madurez y formación de sus hijos, y aún después de elegir, vigilen con atención las lecturas y acompañen a sus hijos en ellas con la información y explicaciones que consideren necesarias sobre el asunto (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2115-2117). 

 

25.04.19

La magia y los libros para chicos (I)

                   Hécate, obra de Maximilian Pirner (1853-1924).

 

 


                                      “El ojo malo

que transmuta el donaire de su hermano

y la gracia de su hermano,

apuesto como es,

devora su carne sin cuchillo,

bebe su sangre sin copa…”.

Tablilla sumeria.

  

“Por eso me he entregado a la magia:

para ver si por la fuerza y la palabra del espíritu me son revelados ciertos misterios;

para no tener que decir con agrio sudor lo que no sé;

para conseguir reconocer lo que el mundo contiene en su interior.”

Goethe. Fausto

 

“Mañana ––y ha de ser temprano––

iré a visitar a las hermanas fatídicas.

Necesito que me digan más, porque ahora estoy resuelto a saber,

por los peores medios, lo peor.”

Shakespeare. Macbeth

  

“¡Oh diablo a quien yo conjuré!

¿Cómo cumpliste tu palabra en todo lo que te pedí?” 

Fernando de Rojas. La Celestina

 

 

La magia es tan antigua como el hombre. Y tan antigua como ella es el temor que siempre la ha acompañado.

Sabemos que la Iglesia condena su práctica como algo pecaminoso y diabólico, sin que se hagan distingos entre magia blanca o negra. En varios lugares de la Biblia se nos advierte al respecto (Deuteronomio 18:10-14; Levítico 19:26, 31, 20:27; Hechos 13:8-10; II Corintios 4:4; I Pedro 5:8 y I Timoteo 4:1). No hay pueblo o civilización que no la haya considerado al menos con respeto, sino con miedo.

En la actualidad es diferente. El mundo moderno frivoliza con tales cosas y ni siquiera para nosotros, los cristianos, parece un tema que se pueda tomar en serio. Hoy, todo ello es calificado de superstición. 

Sin embargo, es una cuestión a la que debe prestarse atención y más si existe riesgo ––y cierto es que existe­­–– de que pueda afectar a nuestros hijos. Por eso deberíamos esperar que fuera tratada como siempre lo ha sido, con sumo cuidado y recelo, aunque lamentablemente no es así. En el mundo de la literatura infantil y juvenil es un tema muy transitado, hasta el punto de que alguno de los mayores éxitos editoriales de los últimos tiempos se asientan en historias que tienen la magia como coprotagonista. Me refiero ahora, como serie de libros más representativa, a la saga de Harry Potter, de J. K. Rowling, aunque soy consciente de que existen otras. Lo que comente a partir de aquí puede ser aplicado a todas.

 

El sentido de la trascendencia y la futilidad del mal

Los cristianos creemos en la existencia de un mundo espiritual tan real como el material (aunque se trate de una creencia que, desde siempre, ha acompañado al hombre, fuere cual fuere su profesión de fe). En frase del Cardenal Newman: “Tal como lo repetimos en el Credo, hay dos mundos, “el visible y el invisible” el mundo que vemos y el mundo que no vemos––

Ese coexistente mundo paralelo se encuentra habitado por otros seres; el mismo Newman nos dice que es “un mundo de santos y de ángeles, un mundo glorioso (…) de maravillas eternas, hermosas, misteriosas, e incomprensibles, que se ocultan detrás de lo visible”, pero también un mundo habitado por las almas de los muertos que “cuando parten de aquí no dejan de existir, sino que se retiran de la escena visible de las cosas”. Finalmente, también es un mundo por el que “ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar”, Satán, con sus “espíritus de demonios, que hacen prodigios” y que “andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”. Todos tenemos relación con esa realidad, seamos creyentes o no, lo queramos o no. Ese mundo invisible “existe ahora, aunque no lo veamos. Está entre nosotros y a nuestro alrededor”

Porque como gustaba decir a C. S. Lewis, los seres humanos son anfibios, mitad espíritu y mitad animal. Siendo espíritus, pertenecen al mundo eterno, pero siendo animales, habitan el tiempo” (Cartas del diablo a su sobrino. 1942). No podemos dejar atrás esa dualidad, no podemos dejar de ser seres anfibios y, de tanto en tanto, sentimos la necesidad de algo espiritual. Vamos, cual cazador, tras el rastro de toda esa luz que no podemos ver.

Hoy en día esta búsqueda resulta más peligrosa que nunca por un generalizado alejamiento de Dios que nos deja desvalidos frente al vacío creado por esa ausencia y nos aboca a colmarlo con cualquier cosa. Ya lo había anunciado el agorero de Nietzsche: “Rompiendo un concepto principal del cristianismo, la fe en Dios, uno rompe el esquema: nada necesario se mantiene en las manos de uno”, o de manera menos ampulosa Dostoievski, cuando en Los hermanos Karamazov el segundo de los hermanos, Iván, afirma que “si Dios no existe, todo está permitido”. Esta doble circunstancia ––el vacío y la necesidad––, con el abandono de ese ansia de trascendencia y espiritualidad, de esos “anhelos inmortales”, como los llamaría Shakespeare, ha traído consigo un remedio pernicioso, pues como Chesterton hizo decir a su Padre Brown,“es el primer paso que se da cuando no se cree en Dios; se pierde el sentido común y se dejan de ver las cosas como son en realidad” (La incredulidad del padre Brown. 1926). 

El apartamiento de Dios nos coloca en una situación paradójica: por un lado, se habla menos que nunca de este mundo invisible y sus habitantes (pocos creen realmente en la existencia de los ángeles y menos del demonio y del infierno) y por otro, se populariza su consideración banal, fútil e intrascendente, en una estudiada estrategia de seducción (¿diseñada por quien? Pregúntense cuál es la astucia mayor del diablo; según Baudelaire, es hacernos creer que no existe). Este tratamiento intrascendente y lúdico, disfrazado de entertainment, ha dado lugar al renacimiento de una “nueva” espiritualidad. Con el declive de la religiosidad, ha entrado en liza el ocultismo en su versión progre-dulcificada, como un refugio inocente y placentero, mezcolanza de espiritualidades contradictorias, disparatadas e incoherentes, buenista y seductor. Me refiero a la proliferación de la literatura, cursos y programas de la llamada “autoayuda”, a los caminos pseudofilosóficos/religiosos de la denominada “Nueva Era” (yoga, reiki), y a la proliferación de sectas y prácticas culturales, espirituales, lúdicas o cuasi religiosas, que ocultan viejas prácticas ocultistas y satánicas.

El alejamiento del hombre de su camino natural de trascendencia, forzado y frustrado por la cultura circundante, ha dado lugar a esta nueva y distorsionada espiritualidad, con sucedáneos siempre decepcionantes. Y uno de ellos, quizás de los más peligrosos, es la magia.

 

El poder mágico de la palabra

En el asedio al que nos somete esta espiritualidad tóxica, el infante y el púber son carne de cañón. Nada hay más ligado a la infancia que la palabra en su carácter creador y estructurador del mundo. La palabra conforma el pequeño universo del niño, le da seguridad, solidez y límites. Nada fuera de lo que dice o le dicen existe para él y todo puede hacerse o acomodarse a la palabra, desde el muñeco inanimado hasta el padre amoroso.

El niño, desde su más tierna infancia, ansía enfrentar la intimidación del mundo a través de la magia de la palabra, asido a los sones y ritmos de su dicción y al compás de la música antigua y primaria de su corazón y del de su madre.

Esta intuición infantil del poder de la palabra tiene su origen en el reflejo de Dios: Él creó con su palabra el mundo, Él es la palabra y el mundo su obra, que a ella se somete y acompasa. Y la magia no es sino una pálida y herética imitación del único acto creador, que no busca la similitud con el Hacedor a través del amor, sino que es impulsada por el poder y el dominio; es una de las manifestaciones del viejo y luciferino non serviam, del endiosamiento y de la auto divinización del hombre. 

La capitulación y el sometimiento de la dureza y crueldad del mundo a la palabra es un ansia interior del corazón infantil. Las canciones, los corros, las nanas, hasta los llantos rítmicos y pausados, buscan dominar y cambiar el mundo salvaje e indómito, hacerlo doméstico y apacible. ¿Y qué trata de hacer la magia sino colmar este ansia y hacerlo a través de la voz y la palabra, instrumentos mágicos por antonomasia? Existe una inquietante similitud entre la magia organizada y esta intuición infantil que explica la atracción que esta ejerce sobre el niño, una atracción puramente humana pero que se torna más poderosa si cabe, porque los niños carecen del escudo de escepticismo de que disponemos los adultos. La inocencia infantil contiene en su seno su propia vulnerabilidad. La magia ofrece el dominio del mundo por medio del encanto de la palabra, con conjuros, hechizos, sortilegios, maldiciones, encantamientos: Abracadabra, ábrete sésamo, alakazam, hocus pocussimsalabim. Y como sabemos, nada como eso fascina al niño. 

Y hecha esta introducción, a partir de aquí prestaré atención a un solo aspecto de este asedio, el que concierne a la acción de los libros de que trataré en una próxima entrada.

 


17.04.19

¿Qué les damos para leer? Tres fascinantes listas

    Cuento de hadas. Óleo de Harrington Mann (1864-1937).

   

 

Al hilo del comentario de una lectora y de algunos otros que me han llegado por diversos conductos, y dada su plena vigencia, he decidido fusionar aquí un par de post referidos a listados de libros, ya publicados hace tiempo en mi blog. En todo caso les remito a esas entradas (Fascinantes listas, De nuevo con las listas y Listas, listas, listas …).

 

 

«No hay cosa más fácil que dar consejo ni más difícil que saberlo tomar.» 

 Lope de Vega

 

«No merece la pena leer ningún libro a los cinco años, a menos que merezca la pena leerlo también a los cincuenta y más.» 

C. S. Lewis

 

«Algunos libros son inmerecidamente olvidados; ninguno es inmerecidamente recordado»

W. H. Auden

 

  

Parece ser que la elaboración y la lectura de listas es una de las debilidades del ser humano. En algún lugar he leído recientemente que las listas nos fascinan porque nos transmiten la sensación de que existe un orden en este mundo caótico que nos hemos fabricado, nos ayudan a enfrentar la incertidumbre y nos permiten organizar nuestro pensamiento. “La lista es el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y la literatura”, afirma Umberto Eco; creo que es verdad. En todo caso, a mí personalmente siempre me han gustado. Desde muy pequeño, pero que muy pequeño, he redactado, minuciosa e implacablemente, listas, listas, listas…

Por lo tanto, hoy voy a caer en esa debilidad y voy a facilitar, no mis listas ––que tienen poco interés––, sino las de aquellos que sí tienen criterio y autoridad, al menos para mí (aquí es donde entra otra vez la subjetividad, porque la verdad es que estoy proponiendo un listado de listas…). 

Voy a referirme a las recomendaciones de una persona muy respetada por mí; me refiero al profesor John Senior, autor de La Muerte de la cultura cristiana (1977) y de La Restauración de la cultura cristiana (1983), profesor de literatura inglesa y comparada, así como de clásicos, en las universidades de Wyoming, Kansas y Cornell y cofundador del Programa Pearson de Humanidades Integradas (IHP) en la Universidad de Kansas.

También voy a citar a un famoso critico literario y referencia fundamental para muchos, me refiero a Harold Bloom, autor de El canon occidental (1994), entre otras muchas obras.

Finalmente voy a referirme a Russell Kirk, conocido ensayista conservador estadounidense, autor de La mentalidad conservadora en Inglaterra y Estados Unidos (1953).

Si algo podríamos decir los castellano parlantes de la lista de Senior y los demás es que en ocasiones hacen defensa de lo local, de aquello que constituye su cultura natal, algo que por otra parte resulta lógico: se incorporan muchos títulos sobre la epopeya colonizadora de su país, sea de los primeros colonos, sea del Far West, y se olvidan títulos de altura de la cultura en lengua castellana. En descargo de ellos (sobre todo de Senior) hay que decir que ya nos lo advierten. “Casi todos los autores [de la lista] han escrito muchos libros, algunos tan buenos como los dados; y sin duda hay autores de cierta importancia que accidentalmente pueden quedar fuera”, dice Senior. En todo caso, nada grave, nada que no podamos reparar nosotros mismos. Y no cabe duda de que debemos estarle enormemente agradecidos por su labor de guía, enormemente.

La lista de John Senior es maravillosa, lúcida e inmensamente útil (las otras dos tampoco están mal), y ello tanto para aquellos que comulgan con sus creencias (como yo), como para aquellos otros que muestran una inclinación natural por la belleza, la verdad y el bien, pero que quieren mantenerse alejados de lo trascendente (con enormes costos y esfuerzos, sostengo). 

En todo caso, los criterios de estos tres autores han sido sujetos a ponderación y reflexión, no a gustos que mudan con la moda o a apetencias desordenadas. Espero que les resulte útil y grato. Así que allá voy:

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11.04.19

«Necesitamos el tónico de lo agreste»

El lago O’Hara, en las Montañas Rocosas canadienses. Óleo de Carl Rungius (1869-1959).

   

   

«Necesitamos el tónico de lo agreste… Al mismo tiempo que estamos ansiosos de explorar y aprender todas las cosas, requerimos que todo sea misterioso y difícil, que la tierra y el mar sean infinitamente salvajes, inexplorados e inescrutables, pues son insondables. Jamás nos hartamos de la naturaleza».

Henry David Thoreau


«Hay una doble y muy distinta nostalgia por la naturaleza: nostalgia por la felicidad que un día nos proporcionó y nostalgia por su perfección. El hombre sensual lamenta la pérdida de la primera; solo al hombre moral puede afligirle la de la segunda».

Friedrich Schiller

    

    

Ah, la palabra, ecología, tan usada como explotada hoy. Confieso que no me gusta, no por lo que etimológicamente significaría, sino por esa carga ideológica que arrastra consigo su uso moderno, con esa alteración de los órdenes y prioridades naturales que comporta. Por eso me permitirán que no haga demasiado uso de ella. Me niego a aceptar esa moderna visión del hombre como un ser destructor cuya actividad daña inevitablemente la naturaleza, un némesis de lo creado, producto de una óptica pesimista que en el fondo desprecia lo humano. Nuestra relación con el mundo animal se funda en la admiración, el respeto y en el aprovechamiento justo, pero no porque adoremos a la naturaleza, sino porque adoramos a su creador. Nosotros, el hombre, somos el centro de esa creación pues Él, encarnándose como hombre, así lo ratificó santificando nuestro destino (me he ocupado también de este tema en De niños, libros y naturaleza)

En esta entrada presentaré algunos libros, escritos en tiempos no “ecológicos” pero que, para sorpresa de no pocos modernos, contienen en sus páginas más amor a la naturaleza y a los animales que los sesudos estudios de los departamentos académicos de muchas Universidades de hoy.

Voy a hablar, entre otros, de Jack London, de James Oliver Curwood y de Ernest Thompson Seton y aunque dejaré a un lado a Kipling no es por que sea ajeno al tema, sino porque ya he hablado extensamente de él a este respecto (Por las selvas de medio mundo). 

Todas la novelas de las que voy a hablar están protagonizadas por animales. Los protagonistas piensan y actúan como si sus almas fueran humanas, pero se comportan como lo harían las especies animales a que pertenecen. Es como si un alma humana se encontrara atrapada en un cuerpo animal y sus deseos o su voluntad estuvieran delimitados por los instintos de este. Sin duda requiere una pizca de fantasía y una “deliberada suspensión de la incredulidad. Lo que, como saben, es muy sano. 

Esta fórmula es antigua y especialmente pedagógica. Una manera deliciosa y suave de transmitir aquello que debe hacerse o de enseñar la forma en que uno debe comportarse. No obstante, estos libros ––unos más que otros, es verdad––, contienen también una crítica, una censura, en mi opinión más equilibrada que la que muestra la hoy rampante ecología. Existe un hermoso orden en la naturaleza que debemos preservar y las conductas de muchos de los hombres que aparecen en estos libros nos lo advierten, orientándonos hacia ese bien. 

Por razón de lo ya dicho, mucho me temo que libros a comentar aquí se vean proscritos por el establisment dada su falta de “conciencia ambiental”. Y no porque no trasluzcan un amor y conocimiento por lo natural, lo agreste o lo salvaje, sino por su difícil encaje en el buenísmo y sentimentalismo pusilánime del ecologismo actual. Para muestra un botón: Thompson Seton ––uno de los escritores de que hablaremos hoy––, decía que “el hecho de que estas historias sean verdaderas es la razón por la cual todo resulta finalmente trágico (…). La vida de un animal salvaje siempre tiene un final trágicoVeámoslo pues.

 

El Rey de los osos (1918), de James Oliver Curwood

Portadas de una edición temprana de Juventud y de una reciente de Barataria.

James Oliver Curwood (1878-1927) fue en su tiempo un escritor de libros de animales y de aventuras tan popular como Jack London (en España son numerosísimas las ediciones de sus libros). En esta maravillosa novela Curwood nos cuenta la historia de Thor, un poderoso y solitario macho de oso gris, y Muskwa, un cachorro huérfano de oso negro, a quienes el destino convierte en compañeros de viaje en las inhóspitas Montañas Rocosas canadienses. En su huida de unos cazadores, los dos osos van de aventura en aventura, recogiendo bayas, pescando en los ríos y teniendo encuentros poco amistosos con otros animales del bosque, mientras los tramperos se van acercando más y más.


La historia es contada desde tres puntos de vista, el de un cazador llamado James Langdon ––que es el propio Curwood––, el del grizzly gigante Thor y el de Muskwa, el pequeño huérfano de oso negro, rodeados todos por las montañas y los bosques con su misterio y su majestad, su paz y sus silencios, sus rumores y sus estrépitos, sus aromas, su libertad y su soledad. 

Un emotivo relato de fraternidad entre animales y de transformación de un hombre, que llevará a los niños lectores a través de abruptas montañas en un viaje de vida, muerte y redención.
 En el prefacio de la edición original, el autor señaló que la historia se basa en un acontecimiento de su vida, el que transformó al Curwood cazador en el Curwood admirador y amante de la naturaleza. “La emoción más grande de la caza no es matar, sino dejar vivir”, escribe en el prefacio. El libro muestra la comprensión y empatía del autor para con los osos y demás animales salvajes.

Como curiosidad, decir que esta novela inspiró el film El Oso, de J. J. Annaud. 

Para edades entre los 10 y los 16 años.

 

Animales salvajes que he conocido (1898), de Ernest Thompson Seton.

Portada de la edición española de Argos Vergara y de una edición norteamericana que muestra parte del arte pictórico del autor.

Personaje fascinante y poliédrico (naturalista, cazador, magnífico dibujante y pintor, escritor, uno de los impulsores ––con Baden-Powell–– de la cultura scout y pionero en la defensa del modo de vida del indígena norteamericano y en la protección de la naturaleza y la vida salvaje), Ernest Thompson Seton (1860-1946) escribió numerosos libros infantiles y juveniles sobre los animales de las praderas y bosques americanos que tan bien conoció, libros que se han convertido en clásicos y en los que refleja apasionadamente su amor por la naturaleza.

Uno de estos libros es el que nos ocupa, Animales salvajes que he conocido, un conmovedor conjunto de relatos sobre las vidas de ocho animales, ilustrado magníficamente por el propio autor. En esta obra, Thompson Seton nos cuenta la historia de Lobo, el rey de Currumpaw (episodio autobiográfico que, como en el caso de Curwood, cambió el enfoque del autor hacia los animales); la de Silverspot, un cuervo; la de Raggylug, un conejo de rabo blanco; la de Bingo, su propio perro; la del zorro de Springfield; la de Potro Negro, un salvaje mustang; la de Wully, la historia de otro perro; y la de Redruff, una perdiz de Don Valley.

“Estas historias son verdaderas, escribió Thompson Seton, y sigue diciéndonos: “Aunque he dejado la línea estricta de la verdad histórica en muchos lugares, los animales en este libro son todos personajes reales. Vivieron la vida he contado, pero mostraron un heroísmo y una personalidad más fuertes de lo que yo he conseguido plasmar con mi pluma (…). Lobo es sinónimo de la dignidad y la constancia amorosa; Silverspot, de la sagacidad; Redruff, de la obediencia; Bingo, de la fidelidad, Potro Negro, del amor a la libertad …. ”.

Se trata de un libro fascinante y conmovedor, aunque duro en ocasiones, y ello a pesar de que el autor trata de exponer las crudas realidades de la naturaleza con cierta delicadeza, al tiempo que infunde en el joven lector un sentimiento de asombro y admiración por las maravillosas criaturas que comparten nuestro mundo; sirva de ejemplo, el testimonio que nos transmite Sir David Attenborough sobre la obra: “Me regalaron un ejemplar de “Animales salvajes que he conocido” cuando tenía ocho años. Todavía la conservo. Era el libro más preciado de mi infancia. Sabía muy bien que el hombre que lo escribió entendía a los animales sobre los que estaba escribiendo con una intimidad, percepción y simpatía que no han sido igualadas por ningún otro autor que yo haya leído”. 

De 10 años en adelante.

 

Dardo, el caballo del bosque (1961), del poeta y Premio nacional de Literatura en 1954, Rafael Morales Casas (1919-2005).

Portada de la primera edición de Doncel y una de las últimas de Noguer.

Se trata de una novela corta donde el poeta narra, en una prosa bella y sugestiva, las aventuras de un potrillo, un perro y un niño perdidos en medio de un bosque. Según el hijo del autor, Rafael Morales Barba, se trataba del libro favorito de su padre, donde quiso mostrar su visión de la infancia “como un reino de aventuras”. 

Dardo es el potro de color negro de Moncho, un niño de 12 años hijo de un ganadero. Cuando por razón de una venta de ganado el potrillo es separado de su madre, huye y se interna en un frondoso bosque, en el que transcurre la mayor parte del relato. Allí se hace amigo de un mastín, Noble, con cuya ayuda se defiende del ataque de los lobos. Puesto que nadie es capaz de encontrar al caballito, Moncho se acopia de valor y se adentra solo en el bosque decidido a traer de vuelta a casa a su amigo Dardo. 

A pesar del carácter poético de la prosa, casi no existe humanización en los animales protagonistas de esta aventura, que son descritos con realismo y precisión. Realismo extensible también a las brillantes descripciones de un mundo rural y familiar ya muy lejano y con claros tintes autobiográficos. El libro recibió el premio Doncel de novela del año 1961. De 8 años en adelante.

 

La llamada de lo salvaje (1903), de Jack London. 

Portadas de la primera edición de la novela y de una de las últimas ediciones en España.

Jack London (1876-1916) nos cuenta la historia de Buck, un perro criado en un tranquilo y acomodado hogar en las tierras soleadas del sur de California, que es robado por unos desaprensivos y llevado al norte, a la desértica tundra helada de la región del Yukón. Estamos en 1897, en plena fiebre del oro, y nuestro protagonista es vendido a unos mineros como perro de trineo. Allí Buck, a través de tribulaciones y penalidades varias, aprende pronto la “ley del garrote y del colmillo”, y comprende que debe aprender a adaptarse a las reglas de la naturaleza para sobrevivir. 

Los niños verán el libro como una gran historia de aventuras contada a través de los ojos de un perro. Los adultos encontrarán temas más profundos sobre la sociedad, la naturaleza humana, la fidelidad y la justicia. Una epopeya donde la supervivencia supone una regresión, una vuelta al origen, relatada en forma de parábola y de fábula.

Dos ilustraciones para la primera edición de la novela, realizadas por el magnifico artista Phillip R. Goodwin (1881-1935).

La magistral pluma del vagabundo y aventurero novelista nos ofrece esta estupenda historia a través de una prosa ágil y un estilo bronco, hosco y salvaje (menos amable que cualquiera de los anteriores títulos); el resultado es, sin duda, una novela vigorosa y excepcional, una aventura emocionante que nos sume en una meditación profunda sobre la dicotomía naturaleza versus crianza, y sobre la delgada línea que separa la civilización de la barbarie, además de ser un canto a la fidelidad, lo que buena falta nos hace. 

Si al acabar la lectura, sus hijos no quedan subyugados por Buck, o bien han leído distraídamente el libro o bien son amantes de los gatos (lo que, por otro lado, no estaría nada mal). Para chicos de 14 años en adelante.

Y termino con los versos del poeta norteamericano John Myers O’Hara (1870-1944), con los que comienza el último de los libros comentados, La llamada de lo salvaje

“Viejos anhelos nómadas se encienden,

Debilitando la cadena de la costumbre;

Y, entre la bruma de los sueños,

Despierta el feroz linaje”.

Porque en todo lo creado retumba un son bravío e indómito que resuena como un eco en el corazón de cada hombre, una “llamada de lo salvaje” que hace que “jamás nos hartemos de la naturaleza”.