12.07.19

Robinson, el peregrino forzoso

                                             Robinson, óleo de N. C. Wyeth (1882-1945).

    

  

«Ningún hombre es una isla entera por sí mismo

John Doone

 

«¡Qué extraño encaje de la Providencia es la vida de un hombre!»

Daniel Defoe. Robinson Crusoe

  

«Esta es la excelencia de Defoe. Te conviertes en un hombre mientras lees.»

Samuel Taylor Coleridge

 

    

Decía Virginia Woolf que «de pequeños, a todos nosotros nos han leído en voz alta ‘Robinson Crusoe’ (…) y estábamos en la misma disposición anímica hacia Defoe y su historia que los griegos hacia Homero». Posiblemente sea cierto, aunque creo que mucho más en su caso que en el mío; pues, primero, yo leí la novela, no me la leyeron como le ocurrió a ella, y segundo, seguramente mi formación cultural y disposición anímica ––muy por debajo de la de la literata británica––, redujo el impacto en mí de la lectura. No obstante, eso fue hace mucho tiempo. Por el contrario, lo que sí es reciente es la lectura de la novela por parte de mi hija mayor L. (14 años). Quedó fascinada. Cierto es que lo de los naufragios y las islas desiertas no le era del todo desconocido (había leído ya bastante sobre el tema, desde La Isla del Tesoro de Stevenson hasta La Isla del Coral de Ballantynepasando por Dos años de vacaciones de Verne), pero, según ella, “Robinson es otra cosa”. Atrapada entre las tribulaciones y esperanzas del famoso náufrago, no se apartó del libro hasta terminarlo. “¡Vaya historia!”, fue su comentario final, mientras esbozaba una gran sonrisa de satisfacción. 

Ilustraciones para la novela de Elenore Plaisted Abbott (1875-1935) y de N. C. Wyeth (1882-1945).

Ciertamente, si lo comparamos con otras novelas de aventuras, Robinson Crusoe es “otra cosa”, porque, sin dejar de ser una apasionante y fascinadora historia, la novela es también mucho más que eso.

No me entretendré demasiado en un argumento conocido por todos y me limitaré a citar una vieja reseña anónima de una revista de principios del siglo pasado: «Robinson desobedece a sus padres y después de correr varias aventuras en sus viajes naufraga en una isla desierta, y durante veintisiete años tiene que valerse por sí mismo para poder vivir. Enseña el valor y la resignación ante la adversidad».    

La novela, realmente titulada Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, escritas por él mismo, fue publicada por Daniel Defoe en 1719 y, según se dice, su inspiración podría provenir de las la historias reales de los naufragios del marinero escocés Alexander Selkirk y del capitán español Pedro Serrano. Sobre su significado e implicaciones hay toneladas de páginas escritas por los más famosos y los más sabios. Por ejemplo, Ítalo Calvino en su Por qué leer a los clásicos (1997), nos dice: «Por su empeño y placer de referir las técnicas de Robinson, Defoe ha llegado hasta nosotros como el poeta de la paciente lucha del hombre con la materia, de la humildad, dificultad y grandeza del hacer, de la alegría de ver nacer las cosas de nuestras manos. Desde Rousseau hasta Hemingway, todos los que nos han señalado como prueba del valor humano la capacidad de medirse, de lograr, de fracasar al «hacer» una cosa, pequeña o grande, pueden reconocer en Defoe a su primer maestro». Por su parte Chesterton, que admiraba la obra, comentó: «Puedo expresar esa otra sensación de la confortable intimidad del cosmos, refiriéndome a otro libro siempre leído en la infancia, ‘Robinson Crusoe’, que he releído más o menos recientemente y que debe su eterna frescura al hecho de que celebra la poesía de las limitaciones, y por consiguiente, el silvestre romanticismo de la prudencia». De Virginia Woolf ya hemos hablado y muchos recordamos la historia de Defoe como libro de cabecera, remedio de remedios y consejo de consejos de Gabriel Betteredge, el memorable mayordomo de La Piedra Lunar (1868) de Wilkie Collins (en donde mi hija mayor acaba de reencontrarse, con regocijo, con Robinson). Finalmente, muchos otros intelectuales han sacado provecho de esta obra (Joyce, Poe o Coetzee), e incluso Carlos Marx escribió sobre ella.

                              Robinson en su isla, obra de Zdenek Burian (1905-1981).

Por mi parte, poco aportaré más allá de ese “Robinson es otra cosa” de mi hija L.. Porque, efectivamente es una gran y entretenida novela, pero también es “otra cosa”. Quienes han leído la versión íntegra saben que Crusoe es más que una historia de aventuras; entre otras cosas ––y quizá sobre todo––, es el relato de una conversión religiosa (lo que por cierto casa con la vida privada de Defoe y con los escritos cautelares y sobre moral y costumbres que publicó); una historia que cuenta cómo un hombre aislado reconstruye la cristiandad a partir de los pocos restos que conserva de la civilización y de su corazón arrepentido. De esta manera, quizá la imagen de Robinson sea, para nuestro tiempo de desolación, un símbolo de aquello que hay que hacer: recoger los pedazos del naufragio y empezar de nuevo. 

En todo caso, esta no es una interpretación forzada del libro. El vocablo Dios aparece cientos de veces en la novela (160), teniendo también mucha relevancia las palabras Providencia (56) y Cristo (11), al menos en la edición integral (cuidado con las adaptaciones). Robinson aprende a ver en las calamidades que le asolan la “obra de la Providencia” y a discernir la mano de Dios en cada momento de su vida.

Pero sin duda hay otras lecturas del Robinson. La más accesible a los niños es la del escape, la libertad y la aventura en una isla desierta, recogida, limitada y manejable. Chesterton resalta este confortable escenario y esa mezcla de salvajismo y control tan deseado por los niños: 

«Sostengo, por paradójico que pueda parecer, que para el niño (…) cuando desea ir a otros lugares, lo deseado siguen siendo parajes en los que nadie haya estado nunca. (…). Pero está claro que el niño está enamorado de los límites. Utiliza su imaginación para inventar límites imaginarios (…). El encanto de ‘Robinson Crusoe’ no está en que logre encontrar el camino hasta una remota isla, sino en que no pueda encontrar el modo de salir de ella. Eso es lo que dota de interés y emoción a todas sus posesiones en la isla: el hacha, el loro, las armas y el pequeño almacén de grano (…). Este juego de ponerse límites es uno de los placeres secretos de la vida».

Y existe otro registro, también accesible a los chicos, el del joven que busca su identidad a través de un viaje iniciático, por medio de una peregrinación involuntaria y forzada. Robinson Crusoe es el hijo menor, el tercer hijo de los cuentos de hadas y cuentos populares, el Iván de los cuentos rusos, que huye de su casa y de sus padres para buscar fortuna, una fortuna que le llegará en forma de redención, como al hijo pródigo del Evangelio. 

Es un libro edificante e instructivo, amén de fascinante. Como diría mi hija mayor: “¡Vaya historia!”.

Edición íntegra de EDHASA y la de Valdemar con las fabulosas ilustraciones de N. C. Wyeth.

Y terminaré citando lo que decía Coleridge al respecto: «Compare el despectivo Swift con el despreciado Defoe, y cuán superior será este último (…). Me eleva hacia el hombre universal. Esta es la excelencia de Defoe. Te conviertes en un hombre mientras lees». Espero que así ocurra con sus hijos y que leer este clásico de la literatura universal les ayude, aunque sea solo un poco, a convertirse en hombres.

2.07.19

La mirada limpia y los buenos y grandes libros

Retrato de niño desnudo, óleo de José María Fenollera Ibañez (1851-1918).

 

  

 

«La lámpara del cuerpo es el ojo: si tu ojo está sano, todo tu cuerpo gozará de la luz; pero si tu ojo está inservible, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Luego, si la luz que hay en ti es tiniebla, ¿las tinieblas mismas, cuan grandes serán?»


Mateo 6, 22-23.

 

 

«Cuando Tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían».


San Juan de la Cruz

 

  

 

En la antigüedad, aquellos que estudiaban “las cosas de la visión” (ta optica) a lo que realmente prestaban atención era a los rayos que, según decían, se originaban en el ojo. La óptica antigua se ocupaba de lo que hacemos con nuestros rayos oculares y por ello era inherentemente moral. Y así, mientras la mirada fue considerada como una acción intencional, fue sujeta a decisiones morales, y tan capaz de entrenamiento como el hablar o el oír. Ya para Euclides, el estudio de la opsis (visión) no era una simple actividad intelectual, sino una disciplina que fundamentaba una conducta moral apropiada: ¿a qué miramos?, ¿dónde depositamos esa radiación nuestra? Esa era la cuestión.

Romano Guardini, en su libro Los sentidos y el conocimiento religioso (1922), comentando un pasaje de San Pablo de la primera Carta a los Romanos (1, 19-20), dice que en todo lo creado hay un algo originario, peculiar y propio de todas y cada una de las cosas que se encuentra detrás de su realidad concreta y singular, y que eso es «el poder creador de Dios. Más exactamente aún: es el hecho de que las cosas han sido creadas». Y según él, este hecho se ve. Y así, nuestro ojo al mirar las cosas dice: «veo el misterio; veo la condición de criatura».

Como señala Guardini, «debemos confiar en nuestro ojo y concederle toda la potencialidad que tiene», pero advierte: «no podemos dejarlo a la fantasía, o al sentimiento, o a la mera lógica». Por su parte, Pavel Florenski, en su maravilloso ensayo La perspectiva invertida (nacido de unas clases impartidas entre 1923 y 1926), afirma con rotundidad que, en realidad, los hombres no vemos en perspectiva, pero llevamos casi medio milenio siendo educados para contemplar y representar el mundo de esa manera artificial. Para Florenski, la perspectiva es una mera forma simbólica. Siendo esto así, ¿cuántas visiones sesgadas, tamizadas o distorsionadas contaminan nuestra percepción de la realidad?

No obstante, aquello a lo que se refieren tanto los antiguos como Guardini y Florenski no es a la visión física. Víctor Hugo nos lo aclara con unos certeros versos:

«¿Qué valor tiene el ojo carnal

Al lado del ojo del alma?» 

Porque ver con los ojos de la mente, con los ojos del alma, no es un ver cualquiera. Es acercarse y ascender hacia la Luz. Se trata de un concepto común en los Padres. Sus obras están llenas de exhortaciones para usar el oculi mentis en lugar del oculi carnis, (por ejemplo, Quintiliano y San Agustín), pero es incluso más antiguo y puede rastrearse en Sócrates, Platón y más tarde en Cicerón. Orígenes, por ejemplo, nos dice que, en un principio, Adán y Eva habrían tenido cerrados los ojos sensibles, para que las distracciones no les impidieran ver con el ojo del alma; pero que luego, «por su pecado, se les cerraron los ojos del alma, que hasta ese momento habían tenido abiertos gozándose en Dios y en el Paraíso».

Por eso, como decían los antiguos, el ojo carnal, a lo menos ha de ser guiado y entrenado, o posiblemente hoy día, más que entrenado, desentrenado, liberado de esa pastosa y virtual realidad que nos rodea, para que libre de ataduras y condicionantes (sin perspectiva, directamente, como diría Florenski), poder captar con asombro, sincronizándose con el ojo del alma, esa realidad primera de las cosas. Pues el ojo, y con él el hombre, está creado para poder hacerlo («lo que de Dios se puede conocer está en ellos [los hombres] manifiesto, Dios se lo manifestó»). Y ello aunque esa mirada ––como la del niño retratado que encabeza esta entrada––, deje traslucir un poso de tristeza, una nostalgia por algo que no está ni estará nunca en el pasado, porque como dice el poeta, el final «será llegar donde comenzamos y conocer el lugar por vez primera» 

 

                               San Jerónimo. Obra de Caravaggio (1571-1610).

 

Pero… ¿alguien se ocupa hoy de ese tipo de educación? ¿alguien se preocupa de que los jóvenes adquieran un tinte moral y de discernimiento sobre aquello que ven, sobre aquello que, forzadamente, se les obliga a mirar? ¿a alguien le inquieta que conserven limpia la mirada? No, la respuesta es, lastimosamente, no. Y sin embargo, este cuidado es imperioso y necesario: la original, lúcida y pura mirada del niño se empaña hoy en niños cada vez más pequeños, esos ojos, según Chesterton, tan «grandes y brillantes que parecen contener en su admiración a todas las estrellas», se apagan hoy, enturbiándose al ritmo vertiginoso de una precocidad feroz. Hace no mucho les he hablado de esta prístina mirada y de su importancia (El niño y el poeta).

Ya, pero, ¿cómo hacer que esa mirada, distraída y seducida hoy por lo virtual, se fije, se eche sobre lo que de verdad merece atención? La respuesta es la respuesta a todo: también aquí interviene el amor.

«El mirar de Dios es amar», dijo San Juan de la Cruz. El amor atrae nuestra mirada hacia el objeto, «ubi amor ibi oculus» (allí donde hay amor, hay visión), nos dijo el monje Ricardo de San Víctor. De esta manera, este ojo, atraído, guiado por el amor, genera un círculo virtuoso: mayor amor lleva a mejor conocimiento, y mejor conocimiento engendra mayor amor en una espiral de excelencia. Así que tenemos que esforzarnos por hacer germinar en los pequeños corazones de los niños amor a las cosas, a la naturaleza creada y a lo que el hombre, con arte y maravilla, subcrea ––como diría Tolkien––, y entre estas cosas están los buenos y grandes libros. Y debemos ponernos a ello movidos por el amor.

 

                          Niños bretones leyendo. Obra de Émile Vernon (1872-1919).

 

En realidad, poco esfuerzo hay que hacer para saltar desde ese observar maravillado al acto de leer, donde la mirada se fija en un objeto neutro en lo que se refiere a las formas (una combinación de signos gráficos), pero que nos revela un secreto escondido. «Cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa», dejo dicho, en hermoso y enigmático verso, la malograda poeta argentina Alejandra Pizarnik. San Juan de Cruz lo expresa mejor con otro verso hermoso y evocador: «todo es símbolo, todo es lo que es y algo más».

Porque el leer es una de las actividades donde representa un papel esencial esa perspectiva moral de la visión y su ideal: una mirada limpia y clara que observa algo bello, bueno y verdadero. Y así, en los libros que nuestros hijos lean debe haber una «luz que brille a través de las páginas», como decía otro monje, otro San Víctor, Hugo. Sin embargo, aunque los buenos y los grandes libros son importantes, no actúan por sí solos. No son entes transformadores que por arte de magia trasmutan las almas y las hacen nacer de nuevo, puras y brillantes. Allá por el año 1131 el citado Hugo de San Víctor, escribía en su libro Didascalicon de studio legendi (Afán por el estudio), que imaginaba a sus ojos con una doble función: como ventanas que dejaban pasar la luz que brillaba a través de las páginas, y como una fuente de iluminación que hacía que las palabras en la página relumbrasen.

Esa es la razón por la que los buenos libros no son suficientes. Precisan de una mirada limpia para germinar, y ahí, en esa enseñanza, o quizá en ese desbroce, en esa limpieza, en la recuperación de esa pureza en el mirar de nuestros niños y jóvenes, también tenemos los padres una ardua labor. Ayudémosles a purificar su mirada, a conservarla clara y lúcida, hagámosles mirar hacia esos buenos y bellos libros, hagamos que nos miren cuando estemos leyéndolos, leámoslos con ellos, y así atraigámoslos con fuerza para que se admiren, y admirando amen, y amando se acerquen a la Verdad.

Y aunque en en el fondo solo hay una mirada y una sola persona a quién mirar, quizá este camino de los libros bellos, por pequeño que sea su destello, les ayude a ver, ya que, «una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto» (Benedicto XVI) ¿no creen?

 

26.06.19

La oscuridad de Phillip Pullman

                               Los tres volúmenes de la trilogía La materia oscura.

 

         

“Ay de aquellos que llaman al mal ‘bueno’ y al bien ‘malo’….

Isaías 5, 20


“El mismo Satanás se disfraza de ángel de luz.

Corintios, 11, 14

     

   

La “ansiedad de la influencia” es un término acuñado por el conocido crítico literario Harold Bloom. Bloom define este concepto como la angustia que sufren los autores noveles ante las grandes obras literarias y los problemas que enfrentan al intentar sobreponerse a ese sentimientoEn suma, se trataría de la clásica problemática del “estar a la altura” trasladada al ámbito artístico; de hecho, Bloom relaciona ese estado con el freudiano complejo de Edipo. Creo que en este caso el crítico estadounidense acierta en su diagnóstico: a lo largo de toda la historia de la literatura (probablemente podría extrapolarse esta teoría a cualquier expresión artística), puede observarse una influencia ––casi siempre perniciosa–– del maestro o del precursor sobre sus seguidores (sean estos voluntarios o no). La ansiedad que ese fenómeno produce puede enfrentarse de tres maneras: bien oponiéndose a esa obra precedente y magistral, bien tratando desesperadamente de escapar de su influencia o bien siguiéndola (alargándola o desarrollando secuelas). No obstante la intención secreta y no confesada de unos y otros es siempre la misma: superar al original. 

Pues bien, tanto J. R. R. Tolkien como C. S. Lewis produjeron un tipo de obra primigenia que conformó el concepto mismo de fantasía épica y mística, y que por su propia originalidad trajo consigo imitadores y afectados que quisieron ––o no pudieron evitar–– seguir su estela, aquejados todos ellos, sin excepción, de la mencionada ansiedad.

El número de obras que deben tributo a uno u otro son legión. No obstante, Tolkien tiene en el ciclo de La espada de Shannara  (1977-2005) de Terry Brooks y en el de Las crónicas de Thomas Covenat  (1977-1983) de Stephen Donaldson, las obras en las que se percibe más claramente su influencia. Lewis, por su parte, tiene en Lev Grossman y su serie Los magos (2009-14), o en la de El País Secreto (1985-89) de Pamela Deano incluso en Stardust  (1997) de Neil Gaiman, sus más destacados influjos.

Sin embargo, no voy a hablar aquí de los resultados encomiásticos de estas influencias (en su mayoría mediocres, y en todo caso nunca superiores). No. Me interesa hablar de los autores que trataron de superar la obra de Tolkien y/o de Lewis, tratando de destruirla. 

Quizá recuerden que en un post anterior les prometí que hablaría sobre ciertas obras de fantasía que no gozaban de mis simpatías, es más, que me parecían perniciosas. Una de ellas es la serie La Materia Oscura, del autor británico Phillip Pullman, compuesta por los libros Luces del norte (1995), La daga (1997) y El catalejo lacado (2000) y completada con otras obras menores como El Oxford de Lyra (2003), Había una vez en el Norte (2008), y El libro del polvo (2017), que al parecer constituyen una nueva serie relacionada con la anterior.  

Y nada mejor que comenzar este análisis con lo que el propio autor nos cuenta, porque lo cierto es que Pullman no engaña a nadie que no quiera ser engañado. Sus declaraciones al respecto son exquisitamente claras. Así, ha declarado que su objetivo al escribir su trilogía fue construir una antítesis de El Paraíso perdido (1667) de John Milton, en la que Satán desempeñase el papel del héroe y Dios el del villano. Y no solo eso; no es raro encontrar entrevistas suyas en las que proclama, con una inquina sorprendente, que sus libros tratan de matar a Dios, o que su intención es “socavar los cimientos de la fe cristiana". Y no crean que se trata de frases grandilocuentes para captar titulares. Pullman habla muy en serio y quien haya leído su obra lo constatará. Lo cierto es que en esta serie el autor británico busca que sus lectores crean en esa verdad suya (“matar a Dios”) tanto como él. Es más, en la introducción de su primer libro adapta una conocida frase de William Blake referida a Milton (“Milton era del partido del diablo sin saberlo”) para, medio en broma medio en serio, decir que está en el bando del diablo y que, a diferencia de Milton, él lo sabe.

La obra literaria que Pullman trata de superar intentando su aniquilación son Las Crónicas de Narnia (1950-56) de C. S. Lewis, a la que odia especialmente y a la que descalifica con frecuencia, adornándola con adjetivos la mar de elogiosos como “sucia”, “racista”, “malvada”, “que odia la vida”, “detestable” o “basura propagandística”. Es evidente que no puede soportar la obra de Lewis. Y no la soporta porque es manifiestamente cristiana y él un ateo fanático y furibundo. La trilogía de La Materia Oscura es por tanto la respuesta atea de Philip Pullman a la “ansiedad de la influencia” causada en él por Las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Quizá por eso las dos series guardan ciertas similitudes: ambas tienen lugar en la tierra y en un mundo paralelo al que se llega atravesando un armario; ambas se inician en Oxford, ambas tienen como protagonistas a niños extraordinarios, y el sustrato de ambas es religioso. Pero si en los libros de Lewis los niños buscan lo divino para trascender a una felicidad y a un amor perfecto en su seno, en la trilogía de Pullman lo buscan para destruirlo.

En coherencia con esta postura, en La materia oscura se nos presenta una parodia de la Iglesia bajo una luz maligna, practicando la adivinación y enseñando doctrinas erróneas: 

“Queda claro que el autor tiene una implacable animosidad hacia Dios, la iglesia, la religión en general, y especialmente el cristianismo. Cada diálogo, cada momento de revelación, cada discurso de un personaje sabio y cada representación de un personaje malvado se convierte en otra oportunidad para que Pullman ataque y predique contra los males de la Iglesia. Todo lo que ha ido mal en cualquiera de los universos, al parecer, es culpa de la Iglesia o de aquellos que creen en Dios.” (Dickerson y O’Hara, 2006). 

Con razón, críticos como Tony Watkins han señalado que la teología de La Materia Oscura es una especie de gnosticismo postmoderno que presenta el pecado original y la actuación tentadora de los ángeles infernales como el inicio y la señalización del camino hacia el conocimiento y la plenitud del ser humano. Otros nombres prestigiosos como Stratdford Caldecott han señalado que Pullman, habiendo inmunizado a sus jóvenes lectores contra la cosmovisión cristiana e invertido el mito del Génesis, nos deja con una selección de virtudes cristianas ––libertad, benevolencia, bondad, coraje y, sobre todo, amor–– flotando sin fundamento aparente. Esa falta de apoyo, ese fluir descompensado y errático de las virtudes que deambulan sin rumbo por la serie lleva a donde sin duda nos vamos acercando, aunque no deseemos llegar, un lugar ya señalado por Chesterton como aquel en el que “quedan sueltas las virtudes, y estas vagan con mayor desorden y causan todavía mayores daños [que los vicios]. Podríamos decir que el mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas  porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias”.

En todo caso las novelas (ciertamente bien escritas y de una notable complejidad, pues se trata de un escritor talentoso) son demasiado francas en su aversión, lo que afecta a su credibilidad y a la solidez de una trama que en ocasiones deviene grotesca. Pullman siempre está a la contra, y queda claro que su obra tiene su fundamento (aunque sea en negativo) en el cristianismo que tanto odia, que en último termino es lo que la sostiene en pie. 

Todo lo dicho no parece una buena tarjeta de presentación. Ese cúmulo de circunstancias enumeradas, juntas o individualmente consideradas, supondrían ya de por sí motivación suficiente para alejar a los chicos de estas novelas y de este autor. Pero hay algo más. Porque estas lecturas consumen un tiempo precioso en un momento vital especialmente sensible, un tiempo que los adolescentes necesitan para adquirir los pilares básicos de su formación, pues ideas como las que Phillip Pullman defiende y propaga son las que se encontrarán a lo largo de sus vidas, y ¿cómo podrán sortearlas y combatirlas si carecen de una base sólida? Ahora no es el momento para que los jóvenes se topen con ellas, sino para que se preparen para hacerles frente. Así que alejen a Pullman y a su oscuridad de ellos y acérquenlos a quienes parecen ser los némesis de este ateo escritor británico, Tolkien y Lewis y a la obra que estos nos han legado.

 

18.06.19

Pero... ¿qué están leyendo nuestros hijos?

                                          Fe, óleo de Eugene Iverd (1893–1936).

    

   

“Solo lo más raro de lo mejor puede ser lo suficientemente bueno para un niño”.

Walter de la Mare

    

   

Hoy no voy a recomendar libros. Voy a hacer todo lo contrario: desaconsejar la lectura de algunos (quizá bastantes) de ellos.

Al comenzar este blog no me planteé hablar de aquellos libros que pienso que no deben ser leídos. Consideraba que era suficiente hablar de aquellos otros que vale la pena leer. Sin embargo, he cambiado de idea dada la dimensión que están alcanzando las lecturas que no considero recomendables, prácticamente la mayor parte de la oferta editorial.

Les anuncio que no me referiré a la calidad artística o estética de los libros, sino a los contenidos. Aclaro también que no me detendré en los álbumes infantiles, ya que muchas veces su título o sus pocas páginas permiten descubrir cual es su tema o su enfoque (no obstante, ya me he ocupado de ello en esta entrada: La importancia de los álbumes ilustrados y la lectura temprana).   

La problemática que plantea esta nueva literatura juvenil se asienta sobre dos grandes temáticas y tiene como telón de fondo los fundamentos mismos de una modernidad esquizofrénica, que por un lado proclama el materialismo como única explicación de la realidad, pero por otro se refugia en un espiritualismo emotivo y relativista que niega la materialidad de la que parecía partir. Estas dos temas son, de un lado, la moral sexual y todas sus derivadas (las grandes cuestiones personales, como son la familia, el matrimonio y la educación de los hijos y que afecta finalmente al concepto mismo de hombre), y de otro, el sentido de la vida, el sentir religioso y la respuesta a las grandes preguntas: ¿qué es el hombre? ¿qué sentido tiene la existencia? ¿qué podemos esperar de ella? ¿qué actitud debemos adoptar frente a ella?

Si acudimos a cualquier librería de cualquier ciudad observaremos una misma oferta editorial en todas ellas, con una nutrida batería de libros de los cuales muy probablemente ninguno sea siquiera implícitamente cristiano y en la que destacará la casi total ausencia de clásicos.

Si seguimos mirando, apreciaremos que la mayoría de los títulos se dirigen a las chicas (las mayores lectoras con diferencia) y tocan temas en apariencia románticos. Sin embargo, si uno comienza a hojear los libros se encontrará con un concepto del sexo materialista y deshumanizado, privado de su sentido natural y sobrenatural, y con una odiosa insistencia en promover su práctica desinhibida y promiscua fuera del ámbito matrimonial. Esta tendencia, que comenzó con Judy Blume y su Forever (1975), puede verse hoy en muchas novelas juveniles accesibles a los adolescentes, como la serie After (2014) de Anna Todd, Gossip girl (2002-2009) de Cecily von Ziegesar, algunos libros de Blue Jeans o los libros de John Green.

En otros estantes podemos encontrar obras que tratan problemas escolares o de relación familiar en situaciones “especiales”, supuestos de abusos y malos tratos, con protagonistas desgarrados, mal integrados, llenos de inseguridades, miedos o disfunciones, y, por supuesto, con diferencias que es preciso integrar. Se trata de una ficción narcisista que parece encaminada principalmente a crear reflejos de una sociedad enferma en lugar de plantear preguntas críticas sobre ella. Cito algunos ejemplos: sobre abusos, Palabras envenenadas (2010), de Maite Carranza y La valla (2000), de Ricardo Chávez Castañeda; sobre el uso de las drogas, Campos de fresas (1997), de Jordi Sierra i Fabra; sobre la depresión y el suicidio, Corazón de mariposa (2014), de Andrea Tomé y Por trece razones (2011), de Jay Asher y sobre la violencia, la serie Divergente (2011), de Veronica Roth o Valkiria: Game Over (2016), de David Lozano Garbala.

 

                                    Hora de estudio, óleo de John George Brown (1831–1913). 

 

Aunque las biografías de grandes personajes, hagiografías de santos o relatos de hazañas de exploradores y deportistas, hace años que desaparecieron del mercado editorial, el feminismo militante ha propiciado una vuelta a este tipo de literatura con la presentación de biografías de mujeres ––sean o no merecedoras de tal distinción, sea o no ejemplar o meritoria su vida––, la mayor parte de ellas falseadas y manipuladas en pro de la causa, con la intención de aleccionar las mentes infantiles y adolescentes. Un buen ejemplo es el pequeño best seller Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes (2017), una buena idea que se extravía por su carga ideológica y su búsqueda incesante de un feminismo incluso allí donde no lo hay. En sus páginas hay demasiadas activistas, revolucionarias y antisistema presentadas como heroicas y emulables, en mezcla desconsiderada con mujeres verdaderamente admirables.

En lo que atañe a la fantasía, un gran número de libros tratan de temas esotéricos y de terror, especialmente de vampiros y otras criaturas monstruosas y demoníacas con claros tintes sexuales y materialistas (un buen ejemplo es la conocida saga Crepúsculo (2005-2008), de Stephenie Meyer, o la de Cazadores de sombras (2007-2019), de Cassandra Clare). De las historias de fantasía tradicionales solo se mantienen, con gran vigor, Tolkien y Lewis, aunque a su vera pululan varios sucedáneos. Respecto a alguno de ellos trataré en un próximo post.

Las excusas no se hacen esperar. Los que defienden esta cultura adulterada, preñada de una adultez prematura metida con calzador, sostienen que se trata de libros que describen de alguna manera la “vida real”. Y por supuesto… ¿cómo se va a alejar a los chicos de la “vida real”? Ocurre que esa “vida real” es en gran medida el oscuro agujero de un desagüe. Y por supuesto, ¿quién en su sano juicio quiere que sus hijos desaparezcan por el agujero de un desagüe?  

También se arguye que si queremos preparar a nuestros hijos para enfrentar esas cuestiones de modo adecuado habrá que mostrárselas, y que algunos de esos libros (no muchos, ciertamente), tratan de incorporar una moraleja. Incluso alguien tan poco sospechoso de moralista como Rousseau señalaba si prestamos atención a aquello que los niños aprenden en los cuentos, comprobaremos “que cuando están en condiciones de aplicar las lecciones enseñadas, casi siempre lo hacen de una manera opuesta a la intención del autor”. Además, ¿creen ustedes que exponer a los chicos a situaciones de alta intensidad emocional y crudeza les ayudará en algo o más bien les acercará a conductas o costumbres de las que, por el momento, no tendrían porque tener noticia, al menos, tan detallada? Yo soy de esta segunda opinión.  

Por último, otros argumentan (de hecho, muchos lo hacen hoy), que el supuesto contenido inadecuado de estos libros es secundario y casi irrelevante, que el grave problema es la falta de lectura. Por ejemplo, sostienen que los libros para adolescentes siguen la regla de Sturgeon del 90% (ya saben, que el 90% de lo que se hace es basura de baja o bajísima calidad) y aunque reconocen que “muchos de estos libros son una perezosa papilla o un popurrí de letras desalentador, centrado en falsos problemas, en soluciones falsas, en romance idealizado, en fantasía de segunda clase, en distopías cansadas”, para ellos no es un problema porque “lo que es fácil de leer es fácil de olvidar” (Anthony McGowan). Con todo el respeto, no creo que esto sea así. Por muy mala que sea la calidad literaria (lo que es un argumento, y no de poco peso, para su descarte), hay temas que una vez vistos no se olvidan, sino que dejan huella. La promiscuidad sexual es uno de ellos, al igual que la violencia, el abuso, las familias rotas o el adoctrinamiento de género,que pretende acostumbrar a las mentes de los jóvenes a la “normalidad” de un nuevo y subversivo modo de vida.

Por tanto, hemos de estar muy atentos y vigilantes ante esta marea cultural que se abalanza sobre nuestros hijos y pretende venderles libros apelando a lo peor de su naturaleza: al resentimiento, al autocompasión, al narcisismo, al ira, a la falta de esperanza o a la desazón, olvidando realizar una llamada, presente en otras obras, a su amor por algo mejor, más grande y más heroico. 

 

Clara Peggotty aleccionando a David Copperfield sobre la lectura, ilustración de Jessie Willcox Smith (1863-1935).

 

Que olviden nuestros chicos esos malos libros y que lean las historias de Odiseo o Eneas, que admiren a Frodo o a Aragorn, al Rey Arturo y al Cid campeador, que sufran con Robinson Crusoe o con Oliver Twist, que se deleiten con las hermanas March o con las hermanas Bennet, que sigan con tensión las peripecias de Phileas Fogg o de Jim Hawkins, que se entretengan con los hermanos Bastable o con los hermanos Pevensie, que se diviertan con las travesuras de Guillermo Brown o de Tom Sawyer, que sigan con atención los misterios de Holmes o de los chicos de Blyton, que admiren las vidas de Edith Stein, Isabel la Católica o Hildegarda de Bingen en lugar de las de Frida Khalo, Margaret Mead o Simone de Bouvoir; que se sorprendan con San Francisco, Don Juan de Austria o el rey Luis IX de Francia y no con Bill Gates, Charles Darwin o Sigmund Freud. Pues esos libros son, como dice Cervantes en su maravilloso Don Quijote, un lugar donde ellos pueden encontrarse con “las astucias de Ulises, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialio, la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zópiro, la prudencia de Catón, y, finalmente, todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos; y siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho”.

En suma, que lean, pero no cualquier cosa, sino buenos y grandes libros, que atiendan, como recomienda el Apóstol, a “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, a todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio” en estos libros, y que aparten a un rincón oscuro esa nueva literatura deprimente y corrosiva que hoy se les ofrece; ayúdenles ustedes a que esto sea así. Se lo agradecerán algún día, estoy seguro.   

 

 

6.06.19

El inimitable Wodehouse: un día soleado y alegre

Ilustración de Herbert Fell Sharp (1880-1972), que bien podría representar una reunión del “Club de los zánganos".

  

  

“Voy a hablaros del caso de mi criado Jeeves. Mucha gente cree que estoy esclavizado por él. Mi tía Agatha ha llegado a decir que es mi carcelero. Bien; a todo esto respondo: ¿por qué no? Jeeves es un genio; un ser único.”

P. G. Wodehouse. Adelante, Jeeves.

 



“Para el Sr. Wodehouse no ha habido ninguna caída del hombre; ningún pecado original. Sus personajes nunca han probado el fruto prohibido. Todavía están en el Edén. Los jardines del Castillo de Blandings son ese jardín original del que todos estamos exiliados”.

Evelyn Waugh

  

  

Hoy voy a hablarles de nuevo de humor. De un humor más maduro que el de la última entrada, sin duda, aunque no menos inocente. De un humor del que me resultaría muy difícil prescindir y del que, además, no tengo intención de privarme. Hoy voy a hablarles de Wodehouse. Pelham Grenville Wodehouse (1881-1975), conocido como “Plum” por su familia y amigos, fue uno de los más prolíficos y longevos escritores del siglo pasado (escribió su primer relato a los 19 años y continuó escribiendo hasta el mismo día de su muerte, a los 93). Pero sobre todo, es el escritor con el que más y mejor me he reído… a veces, incluso a plena carcajada.

Mi acercamiento a Wodehouse es parte de la herencia familiar. Parte de las costumbres de lecturas que, desde la mas tierna infancia, se adhieren a la piel de uno y a las que uno vuelve una y otra vez. Mi padre fue ––y es todavía–– lector de Wodehouse, al igual que sus hermanos, y el entusiasmo casi infantil que dejan entrever sus paginas hilarantes y jocosas nos contagió también a mí, a mis hermanos y a mis primos. Lo mismo ha pasado con mis hijas y mis sobrinos, que devoran sus historias con fruición. 

Puede que algún lector de este blog califique sus libros como chuches. Yo no lo creo. Oigan sino a John Le Carre, cuando le preguntaron por aquellos libros que más amaba y consideraba: “Ninguna biblioteca, por humilde que sea, está completa sin un ejemplar de “De acuerdo, Jeeves”, de P.G. Wodehouse, con la inmortal escena de Gussie Fink-Nottle, borracho hasta los tuétanos, entregando premios a los encantados eruditos de la Escuela Secundaria Market Snodsbury, construida alrededor de 1416. A partir de ahí, amplíe el cupo a las dos grandes obras maestras del golf de Wodehouse: “El corazón de un tonto” y “El éxito de Cuthbert”. Eso es sólo para recordarte a ti mismo lo divertida que es la lectura”.

Y es que Wodehouse puede que sea diversión y evasión, pero como dijo alguien “encontró con sus escritos un algo que vale más que lo que las palabras pueden decir: una pequeña isla de felicidad que se mantenía brillante en un mundo que parecía oscurecerse a su alrededor”. Así que su obra no es solo trivialidad, también es, y en mayor medida, felicidad. Algunos de sus colegas más renombrados así lo reconocieron, como Evelyn Waugh, cuando en un programa de la BBC observó que “el mundo idílico del Sr. Wodehouse nunca puede estar pasado de moda. Él continuará liberando a las generaciones futuras de una cautividad que puede ser más fastidiosa que la que padecemos hoy. Ha creado un mundo propio para que vivamos y nos deleitemos en él”. Y no crean que Waugh está en esto solo: también fueron sus admiradores, Hilaire Belloc, Rudyard Kipling, Arnold Bennett, A. E. Housman, Aldous Huxley, Ludwig Wittgenstein, Sinclair Lewis, Edgar Wallace, Martin Amis, John Updike o Agatha Christie (que dijo de él que sus libros e historias le habían iluminado la vida durante muchos años). 

Y no pensemos equivocadamente que se trata de un autor clasista y retrógrado. No voy a negar que hay sesudos eruditos que dicen que sus novelas solo se ocupan de las clases ociosas e ignoran los problemas de los pobres, los desamparados y los desempleados. Pero… ¿Por qué estropear una cosa buena? Después de todo, Wodehouse opinaba que la escritura debía disfrutarse, no analizarse, y a lo largo de su vida de escritor dedicó todo su esfuerzo a arrancar cuantas sonrisas pudiera. No es un Dickens o un Dostoievski. No, Wodehouse es simplemente divertido. Y eso es suficiente. Ya lo creo que sí.

Jeeves y Bertie rodeados de algunos otros entrañables conocidos: Psmith, Bingo, Ukridge, tía Agatha y Lord Emsworth (dibujos de Arthur Wallis Mills  (1878-1940), T. D. Skidmore (1884-1956), Alfred Leete (1882–1933) y May Wilson Preston (1873 – 1949)).

 

Una característica de sus historias es que son intemporales, y no solo por la curiosa perdurabilidad del interés que despierta generación tras generación, sino también porque sus libros no conocen el paso del tiempo, con tramas reunidas alrededor de un período de unos treinta años (que se corresponde aproximadamente con el reinado de Eduardo VII, pero que en realidad se prolonga a través de los años 20 o incluso los 30) y con personajes que tampoco envejecen en absoluto. En palabras de Kingsley Adams, “los libros de Wodehouse persisten en su camino único, invulnerables al paso del tiempo”. Y Evelyn Waugh de nuevo se pronuncia con palabras elogiosas: “Lo primero que hay que destacar del arte de Wodehouse es su universalidad, única en este siglo. A excepción de las palabrerías políticas, pocas formas de escritura son tan efímeras como la comedia. Tres generaciones enteras se han deleitado con él. Cuando era joven, alivió las preocupaciones del Primer Ministro Asquith, después las mías y ahora veo a mis hijos convulsionados de risa por los mismos libros. Satisface el gusto más sofisticado y el más simple. Belloc, para consternación de Hugh Walpole, lo declaró abiertamente el mejor escritor de prosa de la época; Ronald Knox, el más meticuloso de los eruditos y estilistas, se regocijó con él. Al mismo tiempo sus traducciones son enormemente populares entre los noruegos…”. Poco más puede decirse. 

Además, está la importante cuestión de cómo aborda el humor. Estamos demasiado acostumbrados a que la risa esté asociada a la malicia, a la grosería irredenta y a la distancia intelectual. En el caso de Wodehouse no es así: sus ficciones son resultado y forma de un espíritu de bondad y sus personajes son deliciosamente frágiles y difícilmente separables de eso que llamamos compasión y gentileza, cualidades a las que permanecen pegados casi como con un engrudo.

Y para acabar, una advertencia: es opinión muy extendida la que tiene al mundo wodehousiano por una droga muy potente que genera dependencia, pero no teman, se trata solo de un bálsamo cuyos únicos efectos secundarios se reducen a una adicción benevolente. Como le digo siempre a mis hijas: “si tenéis un mal día, arregladlo con Wodehouse: os transportará a un mundo idílico donde todo es soleado y alegre, y tras la lectura os sentiréis renovadas y como nuevas; vuestro ánimo renacerá como un ave fénix”. Con sus hijos sucederá lo mismo, se lo aseguro. 

 

  

                          Algunas de las múltiples ediciones de Wodehouse en español.

   

P.D. El mundo de Wodehouse es, afortunadamente, inmenso (si solo contáramos las novelas, nos iríamos a la asombrosa cifra de 71 libros). Por ello resulta difícil destacar a algunos personajes de entre todos aquellos a los que dio vida, pero si me viera obligado a hacerlo, creo que elegiría, cómo no, la serie del incomparable ayuda de cámara Jeeves y su afortunado objeto de cuidados, Bertie Wooster (escoltado por los demás miembros del exclusivo y nada agotador Club de los zánganos: Freddy Widgeon, Bingo Little y Gussie Fink-Nottle). También añadiría las historias que se desarrolla en el castillo de Blandings, donde disfrutaremos del fantástico Psmith, del estrafalario tío Fred y su taciturno sobrino Pongo y del extravagante y distraído Lord Emsworth y su afición porcina. A continuación, paso a relatar una guía de lectura de ambas series (limitada a aquello que se encuentra traducido al español, que lamentablemente no es todo y sujeta a corrección por los wodehausianos, que sé que los hay y muchos).

 

 

Jeeves y Bertie Wooster. Lista de Lectura

 

El Inimitable Jeeves (1923) Anagrama, Lauro ediciones, José Janés, Plaza y Janés, Anagrama ––Ómnibus Jeeves I–– y Círculo de lectores.

 

Adelante, Jeeves (1925) Plaza y Janés, José Janés, Lauro ediciones, Anagrama ––Ómnibus Jeeves II––.

 

Muy bien, Jeeves (1930) Ediciones Versal, José Janés, Plaza y Janés, Lauro ediciones y Círculo de lectores.

 

De acuerdo, Jeeves (1934) Anagrama, Anagrama ––Ómnibus Jeeves II––, José Janés, Lauro ediciones y Círculo de lectores.

 

Gracias, Jeeves (1934) Ediciones Versal, Anagrama ––Ómnibus Jeeves I––, Plaza y Janés, José Janés, Lauro ediciones y Círculo de lectores.

 

El Código de los Woosters (1938) Ediciones Versal, Anagrama ––Ómnibus Jeeves I––, José Janés y Lauro ediciones.

 

Júbilo matinal (1946) Anagrama, José Janés, Anagrama ––Ómnibus Jeeves II––.

 

Llamen a Jeeves (1953), ––Jeeves sin Bertie Wooster–– Ediciones Versal.

 

Jeeves y el espíritu Feudal (1955) Anagrama y Ediciones Versal.

 

Ya viene Jeeves (1960) Ediciones Versal y Plaza y Janés ––como Jeeves está de vacaciones––.

 

Jeeves, tú eres mi hombre (recolección de varios relatos de Muy bien, Jeeves, Gracias, Jeeves, Adelante, Jeeves, De acuerdo, Jeeves, El inimitable Jeeves y El código de los Wooster). Editado por José Janés en 1947. 

     

 

Blandings. Lista de Lectura

 

Algo fresco (1915) José Janés y Plaza y Janés.

 

Dejádselo a Psmith (1923) Anagrama y José Janés.

 

Mal tiempo (1933) Anagrama, Bruguera y José Janés.

 

El Castillo de Blandings (1935) Ediciones Versal y Ánfora ediciones.

 

Ola de crímenes en el castillo de Blandings (1937) Anagrama.

 

Tío Fred en primavera (1939) Anagrama, Ediciones Versal, José Janés y Ánfora ediciones. 

 

Luna llena (1947) Anagramay José Janés.