La naturaleza bajo la perspectiva medieval cristiana frente a la perspectiva griega.

Si queremos destacar el aspecto que caracteriza la filosofía medieval, hay que reconocer que ésta tiene como característica fundamental el hecho de que el orden natural se apoya en el orden sobrenatural. De hecho, en la filosofía medieval, el orden natural depende del orden sobrenatural tanto en su origen como en su fin. En la concepción medieval el hombre es imagen de Dios y su fin es la beatitud divina conforme a la naturaleza de su inteligencia y su voluntad abiertas a la trascendencia. Por eso, el hombre cristiano ha de obrar de cara a Dios ante quien tendrá que responder por sus obras. Pero además, bajo la perspectiva medieval cristiana, el mundo material, también fue creado por Dios y en él se encuentra su imagen. El mundo físico fue creado para gloria de Dios y lleva intrínsecamente el amor ciego hacia Él que le atrae. Cada ente, cada operación depende, en todo momento, en su ser y en su eficacia de la Voluntad divina amorosa que lo conserva.

En lo que se refiere a un conocimiento científico experimental, el universo era muy mal conocido en la Edad Media. Sin embargo, la Edad Media fue un período muy agudo en lo que se refiere a las características esenciales de la naturaleza que la hacen objeto de conocimiento racional. El conocimiento medieval superó el determinismo y el azar propio del pensamiento griego. A diferencia del mundo griego, para el mundo medieval, no hay casualidad, porque la perspectiva medieval parte de la existencia de Dios. Y es que lo fortuito griego es todo aquello que no tiene causas o que no depende de un orden racional.[1] Pero en el universo cristiano, nada ocurre que no tenga un orden racional y que no reciba de él su existencia puesto que nada se substrae e la providencia. Por eso los filósofos medievales aceptaron y reconocieron a Aristóteles, pero con una validez condicionada. Para el medieval, el azar es la intersección accidental de dos series de causas que no tienen un fin humano, pero como nada de lo que sucede escapa a la providencia de Dios, la materia misma, desde su creación no deja nada a la ciega necesidad como sucede en el mundo increado de Aristóteles. No hay casualidad en el plano divino porque Dios hace que cada cosa llegue en el tiempo y en el lugar que le ha señalado.[2] Mientras el pensamiento griego concibe una indeterminación azarosa producto de una falta de racionalidad, la filosofía cristiana reduce el aparente desorden de la naturaleza a las leyes de una razón superior. Pero, además, en la Edad Media, los actos humanos son libres y en consecuencia escapan de la necesidad. Todo ese aparente azar griego, que no explica el destino, en los filósofos cristianos medievales encuentra su razón de ser en la providencia divina. Y todo el determinismo fatal griego encuentra su salida en el reconocimiento de la libertad.

En el pensamiento aristotélico hay futuros contingentes porque hay casualidad. Lo que por esencia es accidental, escapa al orden de lo necesario y entra en el orden de lo contingente. Lo fortuito, al no tener causa, no es objeto de ciencia ni de previsión. Por su parte, en el pensamiento estóico, la previsión del futuro es posible porque se basa en la doctrina del destino cuya función es eliminar del universo todo elemento contingente. Así se debatió el mundo griego, escondiendo la contingencia; negando que lo contingente sea previsible, o afirmando que la previsión es posible negando la contingencia. En cambio, la filosofía cristiana afirma la contingencia y su previsibilidad, porque separa lo contingente de lo azaroso, y separa la noción de determinación de la noción de destino. El azar aristotélico irracional e imprevisible, en el pensamiento cristiano es racional y previsible. Y el destino estóico previsible en cuanto elimina el azar y la contingencia es superado por la providencia que prevé como el destino, pero respeta la contingencia.[3] En el cristianismo todo entra en un orden racional sin alterar su esencia. Y el hecho de que Dios tenga ciencia perfecta del orden de todas las causas, no implica que no quede nada al libre albedrío de nuestra voluntad. El que Dios tenga presciencia de los actos de nuestra voluntad no implica que no haya libertad. Todo es conocido perfectamente por Dios porque todo es obra de su inteligencia creadora que ha creado lo necesario como necesario, lo contingente como contingente y lo libre como libre.[4]

Pero además en el cristianismo existe el milagro. Y los milagros no son necesariamente más admirables en sí que el que sucede cotidianamente en la naturaleza. Dios gobierna al mundo hasta en los mínimos detalles y eso es mucho más maravilloso que resucitar a un muerto. Lo que sucede es que los milagros dependen de un orden de la naturaleza que sólo Dios conoce. Lo milagroso es milagroso sólo para nosotros, pero no lo es para Dios. Porque en realidad, el milagro no va en contra de la naturaleza, pues la naturaleza siempre será lo que Dios hizo. La naturaleza no procede de Dios por una emanación necesaria, sino que es resultado de su libertad y por eso Dios es dueño de producir los efectos de las causas segundas sin estas causas, o de producir efectos que las causas segundas son incapaces de causar. No es que Dios vaya contra la ley natural sino que esa ley tiene un orden más alto que es Él mismo.[5] En el universo hay una potencia obedencial que es la posibilidad inherente a la naturaleza creada, de llegar a ser lo que Dios podrá hacer y querrá que sea. Se trata de posibilidad que espera sin tener aptitud natural de realizarse, pero que corresponde a lo que Dios puede actualizar en ella. Y es aquí donde entra el milagro. Por eso, para el cristiano, todo es, en cierto sentido, milagro y todo es, en cierto sentido, gracia.  Además de lo que la naturaleza es capaz en sí misma, está aquello que la naturaleza es capaz de llegar a ser por la voluntad de Dios.

La naturaleza cristiana tiene un carácter instrumental. Pero en el caso de la naturaleza humana no la utiliza como un mero instrumento porque esa naturaleza es libre y Dios respeta la libertad que Él mismo ha creado. Sin embargo, Dios puede mover esa libertad desde adentro, invitándola a colaborar con Él. Como vemos, aunque los griegos alcanzaron grandes alturas en el conocimiento, la visión medieval cristiana del universo difiere y supera por mucho la visión griega.



[1] Cfr. San Agustín. De civ. Dei, V, 1.

[2] Cfr. Aquino, Tomás de. Comp. Theol., I, 137.

[3] Cfr. Aquino, Tomás de. In VI Metaph., Lect.3.

[4] Cfr. San Agustín. De civ. Dei, V, 9,3.

[5] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q105, a.6, Resp.

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