«De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza, Señor» (Sal 8, 3). Esta bella oración que rezamos, con frecuencia, en la Liturgia de las Horas, me inspira todo el tiempo.¿Cómo se escucharán en los oídos de Dios los cantos de sus hijos más pequeños? ¿Cómo no imaginar la plena sonrisa divina, ante los elogios de quienes apenas conocen unas palabras, o que ni siquiera llegan a hablar? Por eso, vivo repitiendo que en el templo no molestan los niños. Los que sí fastidian son los celulares de los adultos...
Tres episodios, registrados con diferencia de pocas horas, me estremecieron. En el hospital, luego de rezar la Misa vespertina, Lucas, un niño que vino con su papá y una de sus abuelas, ya que su mamá y su recién nacido hermanito, José Antonio, permanecieron, en reposo, en la habitación, se mostró exultante frente a la imagen de la Virgen María. Y con sus manitas, sostenidas por su papá, la acarició una y otra vez, mientras repetía, «¡mi mamá del Cielo, mi mamá del Cielo!».
Obviamente, me acerqué a saludar a padre e hijo. Y al pichón de apóstol le regalé uno de los rosarios «luminosos», que se encienden en la oscuridad; que traje del Vaticano. «Hijito, este rosario es para vos. Es la 'dulce cadena' que nos une con Dios y con la Virgen. ¡A rezarlo siempre!». Su papá y la abuelita remataron: «Gracias a Dios, lo rezamos en familia, todos los días».
Al día siguiente, después de la Comunión, en la Misa que rezo en un hogar de ancianos, con el marco del silencio meditativo, desde el fondo del templo, otro niño, gritó «¡Gracias, Jesús!». El más pequeño de los seis hijos del matrimonio de Damián y Natalia, perforó con sus palabras el corazón de todos. Varones maduros y mujeres curtidas, por múltiples sufrimientos, no pudieron ocultar sonrisas de satisfacción y hasta furtivas lágrimas. Una criatura que aún no comulga, se había zambullido de lleno, en el Corazón de Aquel que dijo: «Dejad que los niños vengan a mí» (Mt 19, 14).
Y el broche de oro tuvo lugar en otra parroquia, donde echo una mano con las confesiones. El templo, uno de los más concurridos de la región, con un párroco íntegro y abnegado, cuidadoso de la Liturgia, tiene fieles hasta en la vereda, en las Misas de Domingos. Al momento de la Comunión, por lo tanto, lo ayudo a distribuir las Sagradas Formas. Emociona ver a niños, con sus padres y abuelos, acercarse a recibir al «Rey de reyes, y Señor de señores» (Ap 19, 16). En familia, en la gran Familia de la Iglesia.
Venía César, con su hijito, del mismo nombre, en brazos. Su esposa, con otra niña también a upa, y otro en su seno, venía detrás. Cesarito, a los pocos metros del Altar, estalló en gritos de felicidad. Y, con los dos bracitos, saludó eufórico, a las Hostias elevadas por el párroco y un servidor. «¡Hola, padre! ¡Hola, padre!», repetía, mientras sus manitos iban y venían hacia ambos lados. Y, sí: también corrieron lágrimas por nuestros rostros.
Pocos meses antes, convocado por sus padres y abuelos, concurrí a imponerle el Santo Escapulario del Carmen, al hospital. Presa de fuertes convulsiones, estuvo con riesgo de vida. Obviamente, todavía no era la hora de su partida. Vi, entonces, en sus ojitos, reflejados en los de sus padres, una Fe purísima. Que solo Dios sabe cuántos frutos está llamada a dar.
En la sacristía, mientras me quitaba la sobrepelliz y la estola, el Señor me mostró, en segundos, mi propia historia de fe. Estaba cumpliendo, en esas horas, 65 años de mi Bautismo, en la parroquia San Antonio de Padua, de mi Rosario natal. Y recordé, asimismo, mi Primera Comunión, en 1968, en mi inolvidable Colegio Sagrado Corazón de Jesús, también en Rosario. Y volvió a resonar en mis oídos, aquel bello canto: «Oh, santo Altar, por ángeles guardado. Hoy llego, al fin, con júbilo a tus pies». Y, por supuesto, evoqué mi Ordenación Sacerdotal, hace 13 años y medio, en la Catedral de La Plata. Y tantos regalos que el Señor me dio en este tiempo; a la hora de hacer nuevos hijos de Dios, sanarlos, y nutrirlos en su peregrinar. Y un montón de abrazos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que encienden mi corazón, y lo colman de felicidad; especialmente, en las horas de prueba.
Y el Señor me mostró los rostros encendidos de tantos niños e, incluso, adultos, a los que les di su Primera Comunión. Y, desde lo más entrañable de la historia de la Iglesia argentina, mi corazón también hizo memoria del imponente Congreso Eucarístico Internacional, de Buenos Aires, en 1934; en el que cien mil niños hicieron su Primera Comunión. Ver las imágenes de ellos, con impar piedad e impecablemente vestidos, lleva sí o sí a la elevación del alma hacia las moradas angélicas.
¿Cómo será el camino de Fe de Cesarito? Obviamente, no está en nosotros saberlo. Mientras tanto, seguimos disfrutando de la espléndida lección de teología, que nos dio, aún sin saber leer ni escribir. Él, sin poder todavía explicarlo, tiene la seguridad de que en la Sagrada Hostia está realmente presente Jesús, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. No hay nada que inventar: la Fe se transmite, generosa, en familias bien constituidas, con padres y niños fervorosos. Y, por supuesto, con sacerdotes y religiosos honrados de serlo, y que se muestran como tales. ¡Gracias, Señor, por permitirnos escuchar la mejor de todas las alabanzas!
+ Pater Christian Viña.
La Plata, 5 de junio de 2026.
San Bonifacio, obispo y mártir.
Primer Viernes.
Mes del Sagrado Corazón de Jesús. -







