Los demagogos del amor
Giorgio de Chirico - Les muses inquiétantes | © WikiMedia

Los demagogos del amor

Que la Iglesia católica acoge a todas las personas, sean cuales sean sus pecados, es algo que no hace falta molestarse en demostrar. Lleva dos mil años haciéndolo. Si alguien lo niega y tiene interés en comprobarlo por sí mismo, puede entrar en la primera iglesia que encuentre y comprobar si al entrar le piden un certificado de impecabilidad o se le somete a algún tipo de interrogatorio.

Pero la Iglesia siempre ha tenido clara la distinción entre pecado y pecador, entre actos y personas. Cada ser humano posee un valor intrínseco por el hecho de haber sido creado y redimido por Dios, y como tal tiene que ser acogido, respetado y tratado con dignidad. Ningún acto, por aberrante o envilecedor que sea, puede desposeerle de esa bondad ontológica. Los actos de cada ser humano no son parte constitutiva de su naturaleza, y menos mal. Porque si nuestros actos fueran constitutivos, esenciales, entonces no tendríamos libre albedrío, seríamos sólo autómatas programados para realizar ciertas acciones según una disposición innata. Por supuesto, como no dependería de nosotros realizar o no esas acciones, tampoco tendríamos ninguna responsabilidad ante ellas. Cualquier crimen quedaría justificado con el pretexto de que ha sido una consecuencia inevitable dada una determinada constitución psíquica o patológica.

Precisamente porque la Iglesia católica siempre ha reconocido el libre albedrío del ser humano, porque rechaza ese infamante determinismo biológico, tiene claro que una cosa es la naturaleza humana y otra muy distinta los actos que el hombre realiza voluntariamente. De ahí que pueda separar lo que debe a una cosa y a otra, acoger a la persona y rechazar sus actos.

La Iglesia tiene un propósito muy claro y definido: ayudar a los hombres a alcanzar la salvación y la felicidad eternas. No es un mero campamento para pasar el tiempo a la espera de que Cristo vuelva. La Iglesia fue instituida con un fin, tiene una misión sagrada y trascendental, por mucho que hoy se intente ocultar ese carácter teleológico y reducir su función a la mera administración de bienes inmanentes.

Para lograr ese fin, para salvar al hombre, la Iglesia debe transmitir insobornablemente cuál es la voluntad de Dios, debe anunciar qué actos condena, qué actos permite y qué actos aprueba, sin importarle lo que el mundo pueda pensar al respecto en determinadas épocas. Y eso es precisamente lo que hace en el caso de las relaciones homosexuales. En la Revelación de Dios, es decir, tanto en las Escrituras como en la Tradición apostólica, el acto homosexual se considera un pecado grave. En el Antiguo Testamento se condena repetidas veces, y de una manera tan contundente que no deja margen para la interpretación. Si esa condena apareciera sólo en el Antiguo Testamento, todavía algunos podrían alegar que no se aplica al cristianismo, que forma parte de ciertas condenas de la ley mosaica que tienen carácter temporal o prefigurativo. Pero san Pablo se encargó de echar por tierra esa hipótesis al condenar la sodomía en el Nuevo Testamento, y los Padres apostólicos al ratificar esa condena.

Todo parece indicar, entonces, que ningún católico sin excepción puede negar que el acto homosexual es un pecado que contraviene la ley de Dios. Es indiscutible, ¿no? Pues no, en el siglo XXI ya no hay nada indiscutible, y así le va. No hay que infravalorar la capacidad del hombre ideologizado para negar lo evidente, su habilidad para creer las teorías más extravagantes con tal de no aceptar la realidad que le incomoda.

Algunos creen que Dios tuvo un lapsus al condenar el acto homosexual. No se acordó de añadir que sólo era pecado para determinada época. Y mira que era fácil. Bastaba un pequeño apéndice al Evangelio con unas cuantas notas aclaratorias, unos superíndices colocados en algunos pasajes y un breve anexo para explicar el texto señalado. Por ejemplo: «Sobre la afirmación de que los sodomitas no entrarán en el Reino de los Cielos, debemos aclarar al amable lector que su validez expira en el siglo XX, a partir del cual pasará a considerarse un acto de amor». Creo que algunos están bastante molestos con Dios por no haber introducido esa nota.

Existen otras teorías para negar la evidente condena del acto homosexual por parte de Dios. Por ejemplo, que las cartas de san Pablo ni siquiera son verdaderas, o que no son verdaderos aquellos pasajes concretos en los que condena la sodomía. Fueron interpolaciones posteriores. El único problema es que siguiendo ese criterio, negando la autenticidad de los pasajes que no coinciden con la opinión o la tendencia de cada uno, no quedaría una sola parte del Nuevo Testamento en pie. Los cleptómanos pondrían en duda aquellos pasajes que condenan el robo, los mentirosos compulsivos aquellos pasajes que condenan la mentira, los adúlteros aquellos que condenan el adulterio, y así sucesivamente, hasta llegar a la conclusión de que en realidad todo el Nuevo Testamento es falso porque no justifica la degeneración favorita de cada energúmeno.

Pero la falacia por antonomasia, la más utilizada tanto entre pseudocatólicos como entre anticatólicos, es esa que nos recuerda –¡mira que somos despistados!– que Dios es amor, para concluir de ahí que no puede condenar las relaciones homosexuales. ¿Por qué? Porque ellos han decidido previamente que las relaciones homosexuales también deben considerarse amor, y es por lo tanto evidente, al menos para todo aquel que no sea un archiintegrista o ultracatólico, que Dios no las condena.

No hace falta ser un santo Tomás de Aquino redivivo para captar la falacia. Se trata de una antanaclasis o falacia de equivocación, y consiste en emplear dos veces una misma palabra en la misma argumentación, aunque cambiando su significado subrepticiamente. Por ejemplo, si digo: «X está a favor de la libertad; quien asesina actúa con libertad; luego X está a favor de asesinar», es claro que estoy aprovechándome del amplio alcance de la palabra «libertad» para concluir lo que yo quiero. Se puede definir la libertad de modo que el asesinato quede fuera de su definición. Y si además X ha rechazado previamente y de manera explícita esa definición, si en el mismo escrito en el que ha defendido la libertad ha negado que el asesinato sea una de sus expresiones legítimas, entonces quien insista en adjudicarle el significado que rechaza es un demagogo.

Es lo que ocurre con la tan citada frase de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Algunos la utilizan para justificar cualquier cosa que hoy se añada a la definición del amor, como una manera de intentar probar que san Agustín también lo justificaría. Pero no se han tomado la molestia de leer las obras de san Agustín donde condena el acto homosexual, los adulterios, la promiscuidad y tantas otras cosas que no consideraba en absoluto amor.

Esa es también la falacia que emplean quienes parten de la premisa «Dios es amor» para inferir de ahí que no condena el acto homosexual. Falacia que no es muy difícil de rebatir. Porque si Dios es amor, y ha condenado las relaciones homosexuales por medio de las Escrituras y la Tradición apostólica, es que no considera que esas relaciones entren en la definición de amor. Y si los mismos que emplean la falacia responden que en realidad las Escrituras y la Tradición apostólica no forman parte de la verdadera Revelación de Dios, entonces tendremos que darles una mala noticia, y es que la premisa que ellos mismos utilizan contra nosotros, «Dios es amor», se encuentra por primera vez en el Nuevo Testamento, el mismo en el que se condena el acto homosexual. Ninguna religión, ningún filósofo, ninguna doctrina había afirmado antes que Dios es amor. Por lo tanto, si consideran que el Nuevo Testamento no es una de las fuentes de la Revelación, no deberían afirmar que Dios es amor; y si creen que sí es fuente de Revelación, entonces deben admitir que Dios no considera que las relaciones homosexuales sean verdadero amor.

Por otra parte, las aplicaciones y consecuencias de esa falacia son fáciles de advertir. Porque cualquier conducta que el mundo decida incluir fraudulentamente en la definición de amor debería ser aprobada entonces por Dios. Si dentro de unos años los progresistas deciden que la zoofilia es amor, entonces Dios no condenará la zoofilia; si deciden que la pedofilia es amor, como algunas ideologías ya están tratando de insinuar, entonces Dios no condenará la pedofilia; si deciden llamar amor al incesto, a la violación o a la dendrofilia, entonces Dios no condenará todas esas aberraciones. Tomando esa falacia como criterio, cualquier acto podrá ser excusado siempre que previamente se le haya etiquetado como amor.

Pero en realidad es sólo eso, una falacia. Porque no es Dios el que debe adaptarse a la definición que los hombres dan del amor, sino los hombres los que deben adaptarse a la definición que da Dios. Si Él es amor, todo lo que condena no lo es. Amar consiste precisamente en no hacer lo que el amor reprueba y en hacer lo que pide, y en hacerlo a pesar de lo que el mundo, las ideologías o las modas puedan decir. Esa es la verdadera prueba en nuestro tiempo. Por supuesto, será entonces cuando te dirán que no amas, sino que odias a las personas. Pero ellos, los que tienen siempre en la boca la palabra «amor», los que pretenden poseer su monopolio, los que le añaden constantemente nuevas acepciones, son en realidad sus mayores enemigos. Leemos en el Evangelio de san Mateo: «No todo el que dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos». Tampoco todo el que dice «amor, amor» entrará en ese Reino.

 

1 comentario

Tito España
¡Clarito, clarito! Muchas gracias.
3/06/26 6:50 PM

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