Isabel, ora pro nobis

Isabel, ora pro nobis

¿Cómo habría sido el mundo si ella no hubiera existido?

Recordarán la escena de Qué bello es vivir en que George Bailey desea no haber nacido, y el ángel --el bueno de Clarence, «ángel de segunda clase»-- se lo concede. ¿Qué habría sido del mundo si George no hubiera existido? La respuesta que sigue es una endemoniada pesadilla: su ciudad, degenerada; las vidas que él había sostenido, truncadas; el orden entero de las cosas, convertido en caos.

El experimento que plantea Frank Capra, esa intuición de hacer visible una vida a través del vacío que dejaría su inexistencia, nos acerca más que ningún otro camino hacia la comprensión del sentido de una existencia. Preguntar qué habría sido del mundo sin la huella de alguien en concreto es una pregunta de un calado abisal. Es la prueba del nueve del valor de una vida.

Apliquemos ahora esa prueba a la reina Isabel: ¿cómo habría sido el mundo si ella no hubiera existido? Pues bien, una vez que eliminamos mentalmente a Isabel del curso de los acontecimientos de su época, lo que nos muestra la imaginación es un derrumbe no menor que el de la ciudad de George Bailey, una pesadilla igualmente diabólica.

Calificarlo de «pesadilla» es pertinente, pues hablamos de una alteración del curso de la historia que afecta a la existencia de pueblos enteros. La América que conocemos habría podido correr la suerte de otros territorios donde la presencia indígena fue reducida hasta lo residual. Millones de hombres y mujeres que hoy forman la Hispanidad no habrían existido; y de haber sobrevivido, difícilmente lo harían integrados en una civilización común.

Es difícil exagerar la relevancia histórica de Isabel en la expansión de España, porque lejos de limitarse al sufragio del descubrimiento, fue la piedra angular sobre la que se construyó una empresa civilizatoria que colonizó las Indias desde la fe.

Que fuera la España de Isabel y no la Inglaterra de la otra Isabel la que llegara a América fue un hecho providencial para las personas que ocupaban aquellas tierras, pero también lo fue, téngase muy presente, para la extensión y fortalecimiento de la fe católica en un momento muy crítico: justo en vísperas de la ruptura luterana, la mayor agresión sufrida por la Iglesia desde el apogeo de Arrio hasta la infiltración modernista de la masonería.

Decimos «providencial», sí, y en sentido estricto. Porque este término, cuya raíz latina es providere --ver antes, disponer anticipadamente-- remite a una inteligencia que ordena los acontecimientos hacia un fin que los trasciende. La Providencia es el modo en que Dios gobierna el mundo. Decir que Isabel fue providencial no equivale a atribuirle una actuación feliz, sino a reconocer en esa actuación feliz los designios de Dios en el mundo.

Veamos ahora ese «impulso» isabelino. Quienes se limitan a resaltar que Isabel financió el viaje de Colón reducen su categoría a una anécdota. Lo decisivo es que fue ella quien estableció el marco que se mantendrá después. Y ese marco, que aparece con claridad tanto en sus disposiciones como en su testamento, no es otro que la ley de Dios por encima de las leyes de los hombres.

Isabel ordena que los naturales de las Indias sean tratados como vasallos libres de la Corona, no como siervos; que se les instruya en la fe; que se les administre justicia; que no se les haga agravio. Por ella el descubrimiento no se concibe como una empresa de saqueo, sino como una misión que incluye la evangelización y la incorporación a un orden jurídico. En términos del propio lenguaje de la época, no se trata solo de conquistar, sino de poblar, ordenar y convertir.

Gracias a Isabel el Imperio español no se concibió como empresa comercial, sino como la proyección de una idea: una unidad política y espiritual que hundió sus raíces en la tradición cristiana y en la concepción providencial del poder. Y esa idea se tradujo en hechos providenciales: España fundó ciudades en América a su imagen y semejanza, con el mismo amor y desde la misma fe que las de la península. Fueron ciudades con plaza mayor, cabildo, iglesia, hospitales, universidades... Ciudades del interior, no enclaves comerciales ubicados en la costa para facilitar la extracción. En ellas se implantó un derecho común, se articuló una vida social completa. Lo que España llevó a América no fue solo su lengua o su religión, sino una estructura civilizatoria completa. No hubo una metrópoli que explotaba colonias de ultramar, sino una ampliación del propio cuerpo político: una España peninsular y una España americana, una misma comunidad histórica reconocible a ambos lados del Atlántico.

Si toda comparación es odiosa, el contraste con lo sucedido allí donde llegaron otros con otro impulso lo es de manera eminente. Los varios millones de habitantes originarios de América del Norte fueron progresivamente exterminados o confinados en reservas, como ilustra de manera paradigmática el Trail of Tears; en Australia incluso, para legitimar la ocupación del territorio, se procedió a la formulación jurídica de la terra nullius, una siniestra profecía autocumplida, pues esa falsa etiqueta de «tierra despoblada» acabó materializándose en la eliminación efectiva de la población indígena. Frente a ello, el mundo hispánico desarrolló sociedades en las que la población indígena se integró en un orden común, hasta el punto de que, en el momento de la independencia, ciudades como México figuraban entre las principales del Imperio, con un nivel de desarrollo superior al de capitales europeas como París.

Pero esa comparación no se agota en la oposición entre mestizaje y exterminio --¡lo cual ya sería decisivo!--, sino que remite, insistimos, a dos modelos civilizatorios distintos. Gustavo Bueno acuñó los términos para explicarlo: el Imperio español fue generativo, no extractivo; generó estructuras, integró territorios, produjo sociedad, y sociedad fundada en la fe católica.

Ese impulso inicial de Isabel modeló una manera de hacer y una manera de pensar que se despliega con coherencia en el tiempo. De su manera de hacer hallamos un eco singular cuando su nieto Carlos V, en un hecho sin precedentes ni subsiguientes en la historia, incluso detuvo la conquista para someterla a examen en Valladolid, y no permitió seguir adelante hasta no estar seguro de que la empresa colonizadora era conforme a la ley de Dios. En cuanto a su manera de pensar, España dio al mundo una cristalización magnífica en la formulación intelectual de la Escuela de Salamanca, donde, en el contexto de la expansión americana, se elaboraron los fundamentos de un orden jurídico que hoy consideramos fundamentales: derecho de gentes, reconocimiento de la dignidad de la persona, límites del poder, primacía de la ley de Dios.

A la luz de este recorrido, ¿visualizamos la «pesadilla» sin Isabel? Y su condición de figura providencial, ¿la entendemos? Muchos lo consideramos así, y defendemos que su paso por la tierra tiene olor de santidad. Sin embargo, en torno a la causa de su beatificación se acumulan testimonios de devoción junto a una oposición endémica, cuyos tentáculos no da tiempo de tratar en el marco de este artículo. Baste con decir que, habida cuenta de su ejecutoria, resulta del todo comprensible que, como ha dicho recientemente el padre Rubio Willen, director de la Comisión de la Causa de Beatificación, «el demonio odia a Isabel».

La reina que pidió ser amortajada con el sayal franciscano y enterrada al ras del suelo en Granada vivió su vida desde la certeza de que habría de rendir cuentas ante Dios, y esa conciencia que atravesó su acción de gobierno dejó una huella en el mundo comparable solo a la de los santos más principales.

Cuando se contempla el estado actual de lo que se ha dado en llamar Occidente, ese mundo levantado sobre los cimientos que colocaron los mismos que derrotaron el modelo fundado por Isabel, uno no puede menos que mirar con devoción su figura. Pero sin nostalgia, porque bajo las capas podridas subsiste un depósito que no ha sido erosionado por completo, y en un contexto en el que el modelo dominante, por fin, se desmorona, ese depósito, la idea de una comunidad política ordenada al Bien, aparece estable como un faro: stat crux dum volvitur orbis.

Isabel es el mandatario que más ha hecho en la historia para que Dios reinase en el mundo; así que, si tal es nuestro deseo, si oramos adveniat regnum tuum, si anhelamos que Su voluntad se haga sicut in caelo et in terra, pocas intercesiones se me ocurren más oportunas que la de Isabel la Católica, más allá de la de Nuestra Señora.

Este 22 de abril, con ocasión del próximo 575 aniversario, se celebrará en su natal Madrigal de las Altas Torres una Misa solemne presidida por el Nuncio Apostólico. Quizá sea el momento de renovar el impulso a su beatificación. De momento, quede aquí nuestro «Isabel, ora pro nobis».

 

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