La policía, el orden y el bien común
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La policía, el orden y el bien común

En todo Estado bien constituido existe una institución necesaria; la que cumple la función policial. La policía se ocupa de prevenir y perseguir el delito, y encarcelar a los delincuentes. Pero el delito, en los Estados modernos se encuentra organizado, en especial, cuando la materia que naturalmente conduce a la organización es la droga, su comercio y difusión. El conflicto es, entonces, internacional.

La función policial exige una diligente preparación. ¿Existe una vocación a ser policía? Es posible que los medios de comunicación y, sobre todo, el cine, despierten en los niños una espontánea identificación con la figura del policía; esta referencia al bien ha de ser cultivada en la familia y en la escuela.

En algunas épocas y lugares se ha reservado la función policial a las capas más bajas de la sociedad; lo cual ha determinado el desprestigio de la función y de quienes la cumplen. En esos casos tal desprestigio se manifiesta en el bajo salario. Al comienzo de esta nota he hablado de Estado bien constituido; en este caso, se elige para ejercer la persecución del delito a lo mejor de la juventud. Desgraciadamente, en muchos casos los funcionarios son corruptos, y el orden político representa una carrera por el enriquecimiento, que no mira al bienestar de la población. Pero éste requiere la eficacia de una policía bien adiestrada, que constituye una élite privilegiada.

La cuestión del salario es fundamental, como también que la policía cuente con los instrumentos más eficaces para cumplir su función, que incluye sostener el orden social y asegurar que no se imponga el delito. La policía, por su organización interna, no puede protestar públicamente; a veces lo hacen las familias de los efectivos. Por cierto, existen policías corruptos; pero ello no legitima una mala opinión generalizada.

El desarrollo de una función policial exige que ésta sea equiparada a la de otras instituciones formadas en el nivel universitario. El papel del policía ha de reconocer el mismo prestigio que el del médico o el maestro. Corresponde, entonces, mejorar el nivel de preparación de quienes deben cumplir esa función esencial. En la Argentina de hoy la sociedad se encuentra, muchas veces, asediada por el delito. Los políticos, especialmente quienes tienen responsabilidades de gobierno, tienen que hacerse cargo de la situación. Nos debemos una policía eficiente y bien formada; para lo cual es preciso elevar siempre el nivel de los Liceos y Escuelas Policiales. E, incluso, potenciar la formación universitaria; que ya se está dando en determinados estamentos.

En el argot porteño --claro está, de la ciudad de Buenos Aires-, se han adoptado varios términos para designar a los miembros de la policía, y a ésta como cuerpo. Así, por ejemplo, se llama cana, tanto al agente cuanto al cuerpo; la palabra procede del francés canne (vara o bastón), aludiendo al que llevan los policías a la cintura. De allí el aviso «¡guarda, la cana!». Y, también, la expresión «ir en cana», por «marchar preso». Además, se llama al agente «botón», aludiendo a los llamativos botones que lucían los antiguos uniformes. Se hablaba, entonces, de tirarle al botón. Y, todavía, suele decirse «ahí viene el botón». Otra expresión singular, para referirse a la policía, es «la yuta» --de yunta-; aludiendo a que los efectivos solían ir siempre de a dos.

La presencia y acción de la policía es fundamental en la sociedad para la persecución del crimen. Por eso, insistimos, deben ser bien pagados, cuidadosamente formados y dotados de buenas armas. Siempre se ha hablado de la posibilidad de que la policía se asocie con la delincuencia. Esto no puede ocurrir si el cargo de policía es prestigioso; y se escoge para el oficio a lo mejor de la juventud. La gente, en general, no comprende esto; y a la función policial se la mira con desconfianza y desprecio. Las mujeres constituyen una porción importante del cuerpo policial. No es fácil que alcancen las características necesarias para el cumplimiento de la función. La «perspectiva de género» tiene su peso; puede decirse, entonces, que el oficio policial no es la mejor ocupación femenina.

Últimamente, la tarea se complica por la ramificación del narcotráfico y su menudeo. Es esta otra razón para que el sueldo de los efectivos policiales sea elevado; para evitar, así, las posibles tentaciones. En la Argentina de hoy esto no ocurre, y este hecho desventurado es una causal de suicidio. Resulta impresionante el número de suicidios policiales; y que causa principal sea el magro salario, que impide a los uniformados sostener dignamente a su familia. Otra vez debo insistir en que el Estado debe ser consciente de la importancia de la policía, lo cual impedirá que la delincuencia se enseñoree de la sociedad. Es un fenómeno tristísimo que no se vea el posible sentido cristiano de la función policial; este problema debe plantearse en los institutos de formación, y la Iglesia, especialmente a través de sus capellanes policiales, debe ofrecer su aporte.

+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata.

Buenos Aires, martes 14 de abril de 2026.
Tiempo Pascual. -

 

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