El discurso del papa León XIV ante las Cortes Generales de España (8 de junio 2026) tiene algunos aspectos que me parecen de gran interés. Ha sido un discurso formalmente bello y conceptualmente rico. ¿Cuáles son los puntos esenciales de su mensaje?
Primero. El centro de la vida política, cultural, económica es el hombre; un ser dotado de una intrínseca dignidad. Cualquier proceso social debe desarrollarse en función de este principio. Esto supone la negación de lo contrario: el hombre no puede estar en función del proceso. No es el medio, sino el fin. «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27).
Segundo. La dinámica en la que se desarrolla este proceso debe tener como aspecto fundamental el diálogo, el acuerdo, lo que hoy se llama el «multilateralismo». No la imposición forzosa o la intolerancia.
El hombre, en su inalienable dignidad, es el objeto y fin de cualquier movimiento social. El diálogo (en un sentido amplio, no sólo como intercambio de información) es la forma. Cuando falla lo primero, se cae en el totalitarismo. Cuando falta lo segundo, se entra en el conflicto.
Estas ideas las expone el papa Prevost con habilidad argumental, riqueza conceptual y el apoyo de valiosas fuentes. A fin de cuentas, tienen (sobre todo la primera) una larga tradición en el pensamiento cristiano.
Ahora bien, cosideremos el contexto, lo que en Lingüística se llamaría la situación comunicativa. El discurso se da ante las Cortes Generales de un Estado aconfesional, de una democracia con un ordenamiento jurídico considerado, desde un punto de vista «progresista», de los más avanzados del mundo. En consecuencia, el papa habla en clave humanista, algunas veces dando un sentido trascendente a sus palabras, casi rozando la doctrina cristiana, sin mencionarla o identificarla abiertamente. No hay mención a Cristo o a Jesús, aunque sí a la fe cristiana y a la tradición cristiana.
Pero los oyentes entienden y aprecian este discurso. Quiere esto decir que entre este humanismo laico del Estado liberal moderno y el cristianismo puede haber contacto, hay un espacio común donde podemos convivir y entendernos, a pesar de las discrepancias. ¿Es esto así?
Es un hecho histórico que el Estado moderno surge en un proceso de secularización. Al tiempo que se van perdiendo las referencias religiosas de lo público, las realidades temporales se hacen autónomas. Ya no tienen su fundamento en lo religioso, sino en sí mismas, en un conjunto de valores supuestamente universales. Diríamos que la Modernidad surge, si no en contra, sí «a contracorriente» del cristianismo. Esto hace que haya rechazos y fricciones entre ambas realidades desde los comienzos del mundo moderno. La encíclica Libertas (1888) de León XIII, hoy tan citado (y tan poco leído) en comparacion con el papa actual, podría servir de texto prográmatico de la cuestión. Después de reconocer que el cristianismo ha sido siempre un defensor de la idea de libertad humana, entendida en el recto sentido, reconoce (párrafo 12) que el liberalismo se fundamenta en principios racionalistas y naturalistas. «Ahora bien: -cito textualmente- el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad». Este planteamiento tiene importantes consecuencias en muchos órdenes, entre ellos, «derivar el poder político de la multitud como de fuente primera» (Ibid.)
Sin embargo, a pesar de estas contradicciones, ¿cómo concebir este humanismo laico fuera del ámbito histórico y cultural del cristianismo? El periodista Jorge Bustos en un artículo reciente («El tonto aconfesional», El Mundo, 09-06-2026) plantea con cierto sarcasmo, ya claro en el mismo título, este debate. Y recuerda la evidencia histórica de que «la laicidad es el paradójico fruto de una concreta confesión»; que esa confesión es el cristianismo y que, fuera de su ámbito histórico y cultural, no se desarrolla el liberalismo ni la democracia. León XIV lo ha dicho: «La libertad moderna ha sido preparada por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana». Si alguien, según Bustos, ve en estas ideas una amenaza a la aconfesionalidad del Estado, es que no ha entendido nada.
Lo que está claro es que el tema no admite simplificaciones. Hay aquí una tensión de fuerzas que son, a la vez, contrarias y complementarias. ¿Qué duda cabe de que existe un espacio común? El brillante discurso de León XIV se sitúa en él y, desde ahì, desarrolla sus argumentos. Un espacio que tiene ya más de dos siglos de antigüedad y en el que hay mucho camino por recorrer. Sin embargo, somos conscientes de que el diálogo que se produce en este ámbito no puede generar la verdad. La verdad, dicho en términos tomistas, es subsistente; tiene carácter ontológico, no deliberativo. El diálogo es útil para convivir, para acercarnos, para limar roces, para ensanchar nuestra visión de los temas, pero... nos falta algo. El conjunto es valioso, pero no se cierra en sí mismo como una obra acabada. La razón de ser de dicho humanismo no puede radicar en sí mismo. A este estupendo puzle le falta una pieza y su ausencia se nota como un vacío notorio. Por eso admiramos y aplaudimos este discurso y comprendemos que es todo lo que permiten las normas de la diplomacia. Mas este humanismo laico se fundamenta en una verdad revelada y, de forma especial, en Cristo, Dios encarnado y revelado a sí mismo. Sin este fudamento, este humanismo termina por secarse como una planta sin raíces. Este es el colorario que se deriva de (falta a) el discurso del papa. Ya escribió san Pablo, 19 siglos antes de León XIII: «Cuando los paganos, que no tienen ley, practican de una manera natural lo que manda la ley, aunque no tengan ley, ellos mismos son su propia ley» (Rom, 2, 14).






