¿Lo has notado alguna vez? Momentos en los que cualquier consuelo humano, cualquier apoyo de tus seres queridos parece demasiado débil o demasiado lejano. Es como si entre tu dolor y su posible alivio se abriera una descomunal grieta imposible de salvar. En las noches de insomnio, cuando la angustia pone su mano de Goliat sobre tu pecho y lo oprime; en la indeseada hora de la derrota, cuando hay que morderse los labios para no llorar; cuando los problemas caen sobre ti como una lluvia de flechas, atravesándote por todos lados; cuando tus planes meticulosa y largamente diseñados, repasados una y otra vez en tu cabeza, perfilados, monumentales, son aplastados por los pasos del desconsiderado azar; cuando la traición de un amigo te destroza los tobillos del alma y te retuerces con un dolor sordo; cuando en medio de la fiesta, de las risas y del bullicio te invade de repente una atroz sensación de vacío; cuando al volverte para mirarlos, como jugando al escondite inglés, la muerte se ha vuelto a llevar a uno de los tuyos. En ese momento, junto al dolor, percibes también la presencia del Único que puede consolarlo. ¿Lo has notado alguna vez?
Algunas desgracias nos sobrepasan. Elevan el consuelo a una altura inalcanzable para los hombres, como un niño mayor eleva un juguete para que el menor no pueda alcanzarlo. Las palabras de aliento de la amistad, el apoyo de la familia, el hombro hospitalario del amor no son suficientes. La distancia infinita entre nuestro dolor y su consuelo hace imposible que ningún amor terrenal pueda recorrerla. Porque en este mundo existen amores colosales, heroicos, fieles hasta el sacrificio, pero ninguno es infinito. Y entonces sólo dos caminos se abren ante la experiencia del dolor: la desesperación o la fe.
La desesperación es el camino elegido por aquellos que señalan el dolor en este mundo como prueba de que Dios no existe. Ven la distancia infinita entre algunos dolores y su consuelo, y en eso tienen razón, pero se equivocan al no creer en el Ser infinito que puede salvar esa distancia. Fingen no creer en Dios por compasión humana, pero en realidad dejan de creer en Aquel que puede convertir cualquier sufrimiento temporal en un punto imperceptible en la eternidad; dicen no creer en Dios porque esta vida está llena de dolor, pero son ellos los que absolutizan ese dolor al impedir que pueda cruzar a la otra vida y transformarse. Cortan el puente y después se quejan del abismo.
La fe es el camino elegido por aquellos que creen que todo sufrimiento señala siempre hacia el amor que puede redimirlo. Incluso en las horas de más espesa oscuridad son capaces de percibir el hilo de esperanza que la angustia ha perdido de vista, de sujetarse a él y recorrer a ciegas todo el tramo de vida que no está iluminado. Todo el mal de este mundo les parece sólo el reverso de la existencia. Y no es que sean insensibles. Sienten el dolor propio y el ajeno con la misma intensidad que los desesperados, sólo que detrás de ese dolor presienten el superávit de felicidad que va a extinguirlo para siempre. La brecha infinita que parece abrirse entre el sufrimiento y el consuelo es para ellos la medida del puente que puede salvarla. No ven el vacío, sino que ven a través de él.
Y allí está Dios. Siempre había estado, pero algunos sufrimientos permiten entreverlo por primera vez. Los ojos llorosos ven mejor lo invisible. Entonces todo cobra sentido; los trazos en apariencia más inexplicables comienzan a revelar su verdadera función y a insinuar su carga de significado. Es como si el dolor fuera una sombra que destaca y empuja hacia el primer plano la figura central: Jesucristo. Es Él quien viene a consolarnos, aunque a primera vista parece que somos nosotros los que deberíamos consolarle a Él. Sus amigos lo traicionaron y negaron conocerlo; sufrió el escarnio público y fue tratado como un loco; lo abofetearon y escupieron; abrieron la carne de su espalda en treinta y nueve direcciones diferentes; encajaron en su frente una corona de espinas; lo clavaron en la cruz atravesando sus manos; una lanza sondeó sus costillas; y durante toda esa agonía tuvo que ver su propio dolor reflejado en el rostro de una testigo: su propia madre. Pero aun así, es Él quien viene a consolarnos. Allí está, en los momentos donde parece que todo está perdido y el corazón no tiene espacio para latir, cuando sólo los sollozos explican aquello que impiden contar, cuando nos duelen partes del alma que hasta ese momento ignorábamos que existían. Entonces –aunque sólo nos percatemos años después– unas manos traspasadas por los clavos se posan sobre las nuestras para calmar su temblor. ¿Lo has notado alguna vez?






