Una breve reflexión sobre la «cultura de la cancelación»

Una breve reflexión sobre la «cultura de la cancelación»

Leemos en el Diccionario de la Real Academia Española que cancelar equivale a abolir, anular. En una tercera acepción, refiere que cancelar es «borrar de la memoria». Atendiendo a la semántica del vocablo cancelación y a su vigencia en la cultura actual, se nos imponen, al menos, dos interrogantes: 1. ¿Qué se pretende borrar de la memoria de los hombres contemporáneos?; 2. ¿Qué contenidos se han elegido para reformatear la mente de estos hombres?»

«Borrar de la memoria»

La operación cultural llevada a cabo a través de diversas vías tiene por finalidad quitar de la memoria, de modo definitivo, dos de los pilares que configuraron nuestra civilización occidental: Atenas y Jerusalén. En este sentido, se pretende borrar del alma de cada hombre actual una concepción metafísica. Esta vehiculiza la idea de la existencia de una trama de esencias y fines que otorga orden a este mundo, y que se denomina «naturaleza».

Este ataque a Atenas ha sido de tal envergadura que, por nuestros días, la palabra naturaleza ha pasado a ser una palabra imprudente, ofensiva. Se afirma, sin prurito alguno, que todo es cultura, que todo es creación humana. El hombre, de este modo, deviene en un auténtico innovador, tanto de su ser como del mundo. Su aparente capacidad le hace creer que no ha recibido absolutamente nada y que todo, incluido su propio ser, es producto de su acción.

Este borrar de la memoria la idea de naturaleza, de orden, de finalidad, conduce de modo ineludible, a la imposibilidad de afirmar que Dios es. Si en este mundo no hay finalidad intrínseca alguna, entonces resulta imposible pensar en una Inteligencia Suprema como causa de este.

Consecuentemente, la memoria no solo se vacía de la idea de naturaleza, sino también de la idea del Dios creador de la nada (el ataque a Jerusalén). Y si no hay Dios creador de la nada, también se derrumba la idea de un Dios Redentor que se le ha revelado al hombre en orden a su salvación. La memoria pierde miserablemente al Dios revelado. De allí que huelguen los diez mandamientos (y con ellos toda la moral cristiana) ya que están fuertemente sospechados de ser expresión de un régimen patriarcal que debe ser definitivamente enterrado.

Contenido del formateo

Ahora bien, ¿con qué contenido llenar a estas cabezas ya desmemoriadas de su auténtica tradición?

En primer lugar, debe pasar a concebirse a la realidad como puro cambio. De ahora en más, no podrá sostenerse que algo permanezca en su ser. Correlativa a esta visión, será una perspectiva relativista de la realidad impedida de alcanzar verdad alguna. Claro está que, sin verdad, tampoco existirán bienes objetivos.

Esta nueva memoria debe carecer tanto de verdad como de bien. Esto equivale a decir que la nueva memoria deberá abandonar todo fin universal, el cual será reemplazado por lo único que ha quedado en pie: el yo y sus exclusivos deseos. La vida del hombre, de ahora en más, no se ocupará de buscar lo verdadero, lo bueno y lo bello, sino solo de satisfacer sus deseos de un orden puramente sensible. Como decía Marx Stirner, nada hay situado más allá del mero vivir biológico y de sus deseos (que, en la actualidad, se denominan «derechos»).

Proclama Stirner: «¡Fuera entonces toda causa que no sea entera y exclusivamente la mía! Mi causa, me dirán, debería ser, al menos, la «buena causa. ¿Qué es lo bueno, qué es lo malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para mí, más que palabras. Lo divino mira a Dios, lo humano mira al hombre. Mi causa ni es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío, no es general, sino única, como yo soy Único. Nada está por encima de mí.»

Todo esto, como lo señala muy bien el mismo Stirner, termina en la nada: «Yo soy el propietario de mi poder, y lo soy cuando me sé Único. En el Único, el poseedor vuelve a la nada creadora de la que ha salido. Todo ser superior a Mí, sea Dios o sea el Hombre, se debilita ante el sentimiento de mi unicidad, y palidece al sol de esa conciencia. Si yo baso mi causa en Mí, el Único, mi causa reposa sobre su creador efímero y perecedero que se consume a sí mismo, y Yo puedo decir: Yo he basado mi causa en Nada».

La necesidad de los vigilantes del pensamiento

Para que el hombre habite, mediante esta memoria formateada, este mundo de la pura acción, sin verdad, sin bien y sin belleza, se necesita ejercer una férrea vigilancia de lo que aquel piense.

De allí que, como decía el gran filósofo de la política, Eric Voegelin, hay que prohibir determinadas preguntas: precisamente las preguntas metafísicas que horadan este mundo vacío del eterno devenir. En lugar de promover interrogantes, se debe imponer un conformismo de respuestas. Así, por ejemplo, si tomáramos el mundo de los expertos en educación, los escucharemos repetir machaconamente: «Hay que incluir»; «todo conocimiento se construye»; «hay que educar para la diversidad»; «el educador es un trabajador»; «el maestro es un facilitador de la educación»; «el método de la investigación en educación es el de la investigación-acción», etc.

Tanto en la escuela como en la universidad será preciso manipular y controlar el lenguaje y la historia. Habrá que empezar destruyendo palabras para que el mundo de quien habla se haga lo más pequeño posible y no pueda incorporar todo el acervo heredado de los clásicos. ¡Romper con la tradición!, he aquí el imperativo.

Al igual que el ministro de la verdad de la obra de Orwel, hay que manipular o destruir los documentos históricos. Es decir, hay que acomodar el pasado a lo que queremos que sea en la actualidad. La falacia debe ser la regla de conducta. La autopercepción debe reemplazar a la verdad de las cosas. Chesterton, hace ya bastante tiempo, expresaba: «Pronto estaremos en un mundo en que un hombre podrá sea abucheado por decir que dos y dos son cuatro, en el que se alzarán furiosos gritos partidistas contra cualquiera que diga que las vacas tienen cuernos, en que se perseguirá la herejía de afirmar que un triángulo es una figura de tres lados y en el que se colgará a un hombre por enloquecer a la turba con la noticia de que la hierba es verde».

La «cultura de la cancelación», como podemos apreciar, responde a una lógica totalmente monista y esencialmente totalitaria. Sin embargo, resulta curioso (o quizás no tanto) que este totalitarismo cultural quiera ser vendido, por nuestros días, como progresismo. En este sentido, las palabras de Michel Onfray son harto elocuentes: «No estoy tan seguro de querer ser progresista. Y creo que ni siquiera el burro Benjamín de ‘Rebelión en la granja’ lo hubiese querido ser».

 

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